La huella de Donostia en el lago Kivu

Un viaje al Congo muestra los frutos de la ayuda en el quinto país más pobre del mundo. La educación y la sanidad que impulsa la asociación Kinyabalanga Nyamizi en estas islas desde 2001 están cambiando un panorama de miseria

CRISTINA TURRAUKASHOFU (RDC).

A la República Democrática del Congo no viajan turistas. Y las noticias que llegan del país hablan de brotes de ébola, guerras y violaciones. Así que sumarse al viaje de las fundadoras de la asociación Kinyabalanga Nyamizi sonaba a aventura arriesgada. Pero la actitud positiva de unas donostiarras que trabajan desde 2001 en varias islas de la provincia de Kivu Sur, en la frontera con Ruanda, pesó más.

«Con miedo es mejor que no vengas», respondía Loli Valls, presidenta de la asociación a preguntas de esta periodista.

«La zona de Likati está muy lejos», decía Maite Iceta, religiosa de la Compañía de María, respecto al lugar donde habían aparecido varios casos de ébola. «Si te anima, me tocó convivir con la enfermedad, pero tan lejos que ni te enteras».

Maite Iceta es una autoridad venerada en las islas del lago Kivu. A las puertas de la misión de Kashofu, donde fundó y dirigió un instituto de Secundaria, siempre había durante el viaje, realizado en junio, estudiantes o familias esperando turno para estar con ella. En sus 12 años de estancia en Kashofu (localidad de Idjwi, una isla de 200.000 habitantes) ha visto hambrunas, enfermedades y guerras. Se dice en Kivu que las religiosas son las únicas que no se van cuando suenan las armas. Y prueba de ello es Adela Sarabia, religiosa cordobesa de 81 años, que regenta los talleres de costura y fabricación de jabón en Kashofu. También Tere Sáez, de 84, responsable de Heri Kweto, hospital para niños con discapacidad, que incluye rehabilitación para adultos, escuela, talleres de costura y de fabricación de prótesis en Bukavu, capital de Kivu Sur. En esta ciudad de 2 millones de habitantes, con chabolas de muchos huidos de la guerra, dirige Franca la residencia Ushirika para universitarias sin recursos, construida y financiada por la Fundación Mamoré de Donostia. Franca, que vivió en Ruanda cuando el genocidio, tampoco se va de África.

La que sí ha regresado es la donostiarra Maite Iceta, de 80 años. Su congregación, la Compañía de María, le envío al Congo con 56 años para poner en marcha la misión de Kashofu. Se quedó 12 años. Ahora vive en el convento de Bergara, da clases a emigrantes y trabaja para el Congo. Del viaje -siempre dice que es el último- comenta que «es duro ver una realidad que cambia poco». «Es un impacto fuerte ante la injusticia que vive nuestro mundo. Es como si en esta parte del globo no se quisiera ver lo que ocurre más allá de nuestras fronteras. Algún día la historia nos interpelará».

En Bukavu, «las carreteras están con los agujeros de siempre, solo que más profundos; no hay agua potable y la corriente eléctrica la dan a ratos durante el día o durante la noche». «La gente no se rebela. Cuando preguntamos por qué aguantan sin protestar nos dicen que al que levanta algo la cabeza, se la cortan».

Pero en las islas del lago -1.546 habitantes en Kinyabalanga y 1.314 en Nyamizi-, a las que está volviendo la gente que se fue por falta de recursos, se ven los frutos del trabajo. «La sanidad es un logro, las mujeres dan a luz en las enfermerías y el cólera brota de tarde en tarde», dice Iceta. «Todos los niños están escolarizados en Primaria, bastantes en Secundaria y algunos van a la Universidad, algo impensable hace unos años. La autoridad de un hijo universitario en una familia de padres analfabetos es enorme».

Los microcréditos que la asociación presta a las mujeres están funcionando. «Dan de comer a la familia, hacen jabón, cosen sus propios uniformes... Ya no están paradas cuando no se puede trabajar el campo. Pero seguimos necesitando de la colaboración de muchos. Es importante para poder avanzar».

Loli Valls, presidenta de la asociación Kinyabalanga Nyamizi, tiene claro que todo lo que construyen en el lago Kivu desde San Sebastián se basa en la confianza. «Somos una asociación de amigas y estamos muy encima de todo lo que se hace. Hemos ido por tercera vez a África, pero el contacto con nuestras personas de confianza allí es permanente».

La asociación tiene 38 colaboradores que pagan una cuota mensual de 30 euros de media y recibe donaciones, como la barca sufragada por el restaurante Kaia de Getaria, que aparece en la imagen. «La gente confía en nuestro buen hacer», dice Maite Irurueta, contenta de ver en el lago los frutos de la cooperación.

En 2017, la asociación financia el sueldo de profesores (17.600 dólares al año), dispensarios de sanidad (8.000 dólares), microcréditos y becas de secundaria (6.000 dólares). En total, 31.600 dólares al año. «Nos gustaría que el gobierno se hiciera cargo de los sueldos de los profesores, pero pagan tarde y mal, así que seguimos para asegurar nuestro proyecto educativo», explica Valls. «El dinero lo mandamos cada tres meses. Nuestro gran reto es ahora la construcción de una escuela de Secundaria en la isla de Ihre».

«Los ruandeses queman las redes de los pescadores congoleños del lago: haremos piscifactorías»

«Cuando nos entra la desazón por la desidia de su gobierno, nos dicen: 'Tenemos que vivir'»

«En Congo la alegría se magnifica; no pierden oportunidad de cantar, bailar o dar las gracias»

Empobrecer al Congo

No es trabajo fácil el de las donostiarras. En este viaje han podido comprobar cómo los vecinos ruandeses queman las redes que la asociación compró a los pescadores congoleños del lago. Ruanda busca empobrecer esta zona Este del Congo, donde están las minas de coltán, oro y diamantes, porque busca su anexión, según se dice en el Congo. «Llevan con ello desde 1996 y quieren desmotivar a la gente para que no luche», relata Iceta. «Ruanda es un país muy pequeño y pobre en recursos. Lo que tienen es lo que roban del Congo. Y se dice que Kabila, el presidente del Congo, lo facilita».

No pueden pararse. «Cuando manifestamos nuestra desazón, ellos nos responden: 'tenemos que vivir'». Por eso, la asociación se plantea ahora construir piscifactorías en las islas, a iniciativa de un colaborador congoleño lleno de ideas. Maite Iceta acaba de presentar el proyecto en IC-LI, la oenegé del Colegio de Ingenieros de Gipuzkoa.

En la isla de Ihre, María Eugui Iceta, estudiante navarra de Arquitectura, sacó su bloc para esbozar la futura escuela de Secundaria de la isla. El viaje la ha cambiado. «Allí los problemas son qué comer hoy o prescindir de una pastilla de jabón para comprar comida», dice. «Pero en el fondo los valores son como los nuestros. La alegría se magnifica. Nunca dejan escapar una oportunidad para cantar, bailar o dar las gracias. Me fui con la impresión de que, poco a poco, las cosas van mejorando gracias al trabajo de la asociación».

En la capacidad congoleña de transmitir alegría se fijó también Isabel Alfonso, estudiante navarra de Psicología. «Viven en condiciones infrahumanas, en especial en las grandes ciudades, lo que te hace agradecer muchísimo el lugar en el que vives», dice. «Tengo la suerte de sentir que he conocido personas increíbles, que a pesar de sus carencias no han dejado de sonreír y ser hospitalarios ni un segundo».

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