La historia de una ciudad sedienta

Acueducto. A comienzos del siglo XVII empezó la construcción del acueducto que permitiría conducir las aguas de varios manantiales de Morlans hasta las murallas./KUTXATEKA
Acueducto. A comienzos del siglo XVII empezó la construcción del acueducto que permitiría conducir las aguas de varios manantiales de Morlans hasta las murallas. / KUTXATEKA

El pasado de Donostia está marcado por la necesidad de agua y sus esfuerzos por conseguirla | Solo algunas fuentes que hoy sobreviven fueron testigos de una época en la que su función era mucho más que servir como mero ornamento

DANI SORIAZUSAN SEBASTIÁN.

Hoy en día son meros elementos ornamentales de la ciudad, pero hace unos siglos las fuentes eran el único lugar donde recoger agua para su consumo. Y no sólo eso, también se erigían como puntos estratégicos de la ciudad y de encuentro de muchos donostiarras. Durante años, y aunque parezca mentira, San Sebastián fue una ciudad que a menudo pasaba sed. Si nos remontamos al siglo XVII, dentro de las murallas que protegían la pequeña urbe, había algunos pozos, pero la mayoría de ellos eran medio salinos y su agua no era apta para ser bebida.

«Ante esta situación, podemos imaginarnos la revolución que supuso en aquel entonces la puesta en marcha de la primera gran traída de agua a la ciudad», relatan los historiadores Lola Horcajo y Juan José Fernández Beobide, que ilustran este repaso a la historia de la ciudad a través de la evolución de sus canalizaciones de agua.

La construcción de un acueducto a comienzos del XVII en Morlans fue lo que permitió traer, por primera vez hasta la muralla, una gran cantidad de agua recogida de varios manantiales que se encontraban en este barrio. De hecho, todavía queda allí algún resto de esta estructura que se puede apreciar en la foto principal de este reportaje. A través del acueducto se llevaba el agua hasta una fuente de seis caños, situada junto a la Puerta de Tierra en de la plaza Vieja.

Durante los siglos XVIII y XIX el enemigo atacaba las canalizaciones para privar a la ciudad de suministro

Debido a la escasez, a comienzos del siglo XX se optó por traer agua desde Artikutza

Durante los conflictos bélicos que azotaron Donostia entre el siglo XVIII y XIX (como la primera invasión de los franceses en 1719, la batalla de 1813 que provocó el incendio de la ciudad o la primera Guerra Carlista), las canalizaciones sufrían los ataques del enemigo para privar a la ciudad de agua.

Esto llevó a que el Ayuntamiento, ya a mediados del siglo XIX, en 1848, y en plena reconstrucción de la ciudad, decidiera acometer las obras necesarias para proveer a los vecinos del agua potable que era tan necesaria. Fue a partir de ese año cuando Donostia empezó a incrementar el número de fuentes de la ciudad. No obstante, en años posteriores y sobre todo a principios del siglo XX, Donostia seguía pasando escasez de agua, y más aún en verano. Los pozos y manantiales cercanos a la ciudad no eran suficientes para abastecerla y se estudiaron nuevas soluciones y se empezó a traer agua desde Artikutza.

Fuentes con historia

Al compás de la reconstrucción de la ciudad tras el incendio de 1813, Donostia fue creciendo, y en ella se fueron colocando diferentes fuentes, o dando mayor valor a las que ya existían. Algunas todavía están presentes hoy en día y muchos las reconocerán. Otras desaparecieron, pero la memoria escrita de muchos ilustres donostiarras como Pascual Madoz o Dionisio Azcue Arregui, también conocido como 'Dunixi', permiten traerlas al presente. Horcajo y Fernández Beobide recogen parte de sus relatos y ayudan a ilustrar la historia de algunas de ellas.

«Y tenemos que empezar hablando del donostiarra más viejo», apuntan. Se refieren al león que actualmente está situado en la plaza Lasala. Ya no funciona como fuente, pero sí que lo hizo durante muchos años. Seguramente tras la traída de agua de 1848, fue instalado junto a la Puerta de Tierra, donde se recogían las aguas del acueducto de Morlans.

«Cuenta también Dunixi que las criadas preferían salir de la zona amurallada para ir a la antigua fuente del Txofre, porque decían que el agua era más saludable y provista además de lavadero. También era punto de encuentro y de citas», destacan estos dos historiadores. En 1848 es cuando se acomete la mejora en la distribución y se traen las aguas desde Altza, de los antiguos caseríos de Moneda y Lapazandegi. Esa agua llegaba hasta la plaza Esterlines -donde hoy están las terrazas de los bares Danena y Juantxo-. La fuente de la plaza de Esterlines era muy elegante. Elevada sobre escalones y de base octogonal, el agua salía de las bocas de dos cisnes de hierro colado, empinados sobre el pilón de mármol.

De ahí se repartía a otras fuentes secundarias, algunas que todavía podemos encontrar hoy en otras partes. Una de ellas es la que se hallaba en la antigua Pescadería situada en el extremo de la calle del mismo nombre y que tenía una escultura de un niño agarrando una oca. Hoy en día la podemos encontrar en la plaza Xabier Zubiri, frente al Hotel Londres. Otra es la fuente de Kañoietan, una de las más antiguas de la ciudad, que ya existía en tiempos de la San Sebastián amurallada.

«Una fuente de la que se ha perdido completamente la pista es la que existía en el patio central del primitivo mercado de La Bretxa de 1870 que representaba la efigie de una mujer llevando un cántaro en la cabeza», señalan Horcajo y Fernández Beobide. «Primero se la llevaron a la plaza de Las Escuelas -ahora plaza Sarriegi- y después a la plaza Cataluña en Gros», apuntan, a la vez que recuerdan que no se debe confundir con la que hay en la plaza Zubieta, que es muy parecida a ésta.

La Donostia moderna

De la pura necesidad se pasó en dos siglos al concepto de fuente decorativa, que hoy también reina en muchas plazas y paseos donostiarras. Una de las primeras fue la fuente que hubo en Alderdi Eder desde 1882. Fue obra de Mr. Duclos, que vino a la ciudad para actuar en el teatro cuando la electricidad constituía un espectáculo de magia. Convenció al Ayuntamiento para construir una fuente luminosa. Consistía en un estanque circular con chorritos de agua que salían de ranitas de hierro y que aunque su iluminación parece que nunca funcionó, permaneció en los jardines hasta 1913, cuando se erigió el monumento del centenario.

Otro ejemplo curioso son las fuentes diseñadas por Charles-Auguste Lebourg, que llevan el nombre de Richard Wallace, el filántropo británico que financió su construcción en París. Se instalaron en Donostia, al estilo de la capital francesa a finales del siglo XIX. Son fuentes de hierro forjado de más de dos metros de altura con cuatro cariátides, sosteniendo una cúpula. Primero estuvieron en el paseo de La Concha, con su pote metálico para servirse el agua. Posteriormente se trasladaron a su ubicación actual, en el paseo de Francia ya sólo como esculturas decorativas.

En este mismo lugar, se encuentra una fuente de mármol blanco realizada por los talleres 'Mármoles Altuna' que previamente ornamentaban el jardín de Evaenea. Cuando se vendió la villa a la Universidad de Navarra, el Ayuntamiento adquirió la fuente trasladándola a su actual ubicación.

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