Donostia multará con 200 euros a quienes se salten los cortes de seguridad en temporales

Un grupo de personas cruza la valla de prohibición para ver las olas en directo en el Paseo Nuevo.

También cobrará los rescates para salvar a ciudadanos que hayan cometido imprudencias

Arantxa Aldaz
ARANTXA ALDAZSan Sebastián

Las imprudencias se pagan y, a partir de ahora, supondrán una multa de 200 euros a las personas que se salten los cortes de seguridad en casos de alerta meteorológica en Donostia. La decisión la ha tomado el Ayuntamiento de la capital guipuzcoana en vistas a que, temporal tras temporal, siempre hay una parte del público que hace caso omiso a las indicaciones de seguridad. Por desconocimiento o temeridad, la muerte de los dos vecinos de Vitoria, arrastrados por una ola en Mutriku el pasado miércoles, ha sido determinante. En este caso, y no es un detalle menor, la zona, un rompeolas al que se accede desde la carretera, no estaba perimetrada, pero la preocupación de las autoridades por los peligros de exponerse a un mar embravecido se ha acrecentado y ha empujado a redoblar las medidas de precaución y control.

El Ayuntamiento de Donostia llevaba tiempo meditándolo y ya no concederá más margen. Más allá de las meras indicaciones que suelen dar los policías municipales cuando alguien se salta las normas y cruza la cinta de seguridad, a partir de ahora pasará a sancionar las infracciones, como con las multas de tráfico. «No se cortan las calles y los paseos por capricho. Hemos tenido sobrados precedentes del peligro del mar. Hay olas que te pueden matar», zanja Martin Ibabe, concejal de Seguridad Ciudadana y Protección Civil de Donostia.

La tragedia que se ha cobrado la vida de Diego Verdejo, nacido en Eibar pero vecino de Vitoria, y de la vitoriana Dolores Kintana, no es un hecho habitual, pero situaciones reales de peligro, con desenlaces menos dolorosos, se cuentan a pares cada vez que las olas empiezan a saltar. El miércoles, cuando la costa guipuzcoana se encontraba en alerta naranja por el embate de las olas de más de seis metros, sobraron los ejemplos. Cuenta Ibabe que en la pleamar se cerró la acera más próxima al mar del puente del Kursaal. El peligro lo representaban las olas y la altura del agua, más elevada de la habitual por coincidir con las mareas vivas. Pues bien, tres chavales prefirieron la imprudencia a la seguridad. ¿Qué pasó? «Saltó la ola y ellos corrieron hacia la carretera. En ese momento, por suerte, el semáforo estaba en rojo y los coches no circulaban. Una carrera y un chapuzón. Pero, ¿qué hubiera pasado si hubieran sido atropellados?», plantea con seria preocupación.

En Año Nuevo, a mediodía y con los paseos repletos de gente en un día de fiesta, la cosa pasó a mayores. En el Peine del Viento, que permanecía cortado porque se había decretado el aviso amarillo -el menor nivel, que obliga a tomar precauciones-, la Guardia Municipal tuvo que desalojar a decenas de personas que buscaban el selfie perfecto, el más cerca todavía. Ese mismo día, en el paseo Leizaola de la Zurriola, varios paseantes se echaron las manos a la cabeza al observar a un padre con su hijo pequeño en brazos subido al pretil, al otro lado del precinto policial. «Vale ya de conductas imprudentes», se exalta y deja claro que no hay ningún afán recaudatorio, sino que el objetivo es el de disuadir de comportamientos arriesgados.

La ordenanza de civismo donostiarra ya contempla sanciones de 200 euros para aquellas personas que cometan esas imprudencias, pero hasta la fecha no se ha multado a nadie. A partir de ahora, si un guardia municipal sorprende a alguien haciendo caso omiso de las indicaciones por las alertas meteorológicas, podrá abrir la libreta y despachar la correspondiente sanción.

Aquellos franceses dormidos

Esta ofensiva municipal contra las imprudencias tendrá un segundo capítulo. El consistorio también está preparando una ordenanza para empezar a cobrar los operativos de rescate que se despliegan para salvar a ciudadanos que se ponen en peligro al cometer una irresponsabilidad. La imagen grabada en la retina en Donostia es la de aquellos dos vecinos franceses, ebrios, que se quedaron dormidos en las rocas del espigón del Paseo Salamanca y que los bomberos tuvieron que rescatar porque empezaba a subir la marea. Solo se dan una decena de casos en la capital guipuzcoana que puedan atribuirse a imprudencias, y no a accidentes, pero los responsables deberán sufragar la factura. Ibabe explica que los departamentos de Hacienda y Seguridad Ciudadana ya están trabajando en cuantificar cuánto cuesta el despliegue de emergencias -la movilización de un camión de bomberos, por ejemplo-, para que luego se gire ese coste al responsable. Ibabe recuerda que maniobras peligrosas y temerarias no solo ponen en riesgo la vida del protagonista, sino también la de quienes luego acuden a su rescate. Esta medida ya se adoptó por parte del Gobierno Vasco para los rescates en montaña.

¿La ciudadanía se ha relajado ante la proliferación de alertas por fenómenos meteorológicos? «No hablaría de relajación -responde Pedro Anitua, director de Atención en Emergencias y Meteorología-. Lo que ocurre es que el poder del espectáculo de las olas le gana la partida a la prudencia». Igual que ha ocurrido con los accidentes de tráfico, el uso de los teléfonos móviles ha disparado las imprudencias. «Lo que la gente no percibe es que una ola gigante puede llevar una tonelada o dos de agua que, lanzadas hacia arriba, te puede destrozar». No se ve el peligro. Pero existe.

«Llega un momento en que no sabes ya qué hacer. La gente se pone en riesgo innecesariamente», sostiene con resignación Maialen Carrión, secretaria de dirección y voluntaria de DYA Gipuzkoa. A pie de calle, ha sido testigo de sobradas situaciones en que parte del público desatiende las indicaciones. «Incluso teniendo información de antemano de que hay peligro, se lo saltan». Cuando la situación pasa a mayores, suelen avisar a la Guardia Municipal, porque ellos no son agentes de la autoridad y, más allá de aconsejar, no pueden bloquear el paso a nadie. «Insisto, hay desgracias que se pueden evitar». El peligro añadido de las olas, destaca, es que «a veces dan una falsa sensación de tranquilidad. Y de repente, cuando el mar parece estar en retirada, vuelve con fuerza» y embiste, a veces, con resultado mortal.

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