Centenario de la muerte del Duque de Mandas

El legado de Fermín Lasala fue excelso: cuatro millones de pesetas, Cristina Enea, su biblioteca con 13.000 libros...

Centenario de la muerte del Duque de Mandas
CARLOS BLASCO/ J.J. FDEZ. BEOBIDE/LOLA HORCAJO

«Instituyo mi único y universal heredero a la Provincia de Guipúzcoa, representada por su Diputación provincial y foral. Soy el único superviviente de todos los que fueron Diputados Generales en ejercicio en las tres Provincias vascongadas mientras estuvo en su plenitud el régimen foral que tanto amamos todos y quiero dar a mi tierra natal en la que tanto fui, este fehacientísimo testimonio de que ni injusticias e injurias por una parte, ni por otra, el haberme consagrado durante el último periodo de mi vida al servicio de toda mi patria, cuyos más elevados puestos he tenido, han alejado, disminuido ni entibiado mi cariño filial de Vasconia». Así expresaba en su testamento D. Fermín Lasala, el duque de Mandas, su amor por su tierra. Hombre de gran fortuna y trayectoria política envidiable, murió en Madrid a los 85 años, tal día como hoy, 17 de diciembre, de hace un siglo.

Legó su fortuna, que ascendía a 4.000.000 de pesetas, a la Diputación. Una cifra muy considerable si tenemos en cuenta que el presupuesto de ese año del Ayuntamiento de San Sebastián ascendía a 4.073.024 pesetas. A su querida «Donostiya» le dejaba su hermosa finca Cristinaenea y su extensa biblioteca de más de 13.000 libros, que se conserva en el antiguo ayuntamiento de la Plaza de la Constitución.

Orígenes y familia. Fermín Lasala y Collado nació en la calle Puyuelo (Fermín Calbetón) en 1832 en una familia acaudalada y de gran influencia política tanto en Gipuzkoa como en Madrid.

Su padre, Fermín Lasala Urbieta (1798-1853) fue uno de los principales impulsores del resurgimiento de la ciudad. Apoyó y realizó, adelantando grandes cantidades de dinero, obras fundamentales como la nueva carretera general que por Lasarte llegaba a San Sebastián, o las obras de renovación del puerto donostiarra. Siendo alcalde en 1842, logró abrir la plaza de la Parte Vieja que tras su muerte llevó el nombre de Lasala. Su carrera política prosiguió como presidente de la Diputación (1843) y diputado a Cortes desde 1846 hasta su muerte en Madrid en 1853.

Su tío, José Manuel Collado y Parada, tuvo también altos puestos políticos llegando a ser ministro de Hacienda en 1854 y posteriormente de Fomento. Su hija Dolores, se casó con el duque de Bailén, y serían los propietarios de la finca de Ayete.

La villa en la zona alta de Cristina Enea hacia 1926 y en la actualidad. :
La villa en la zona alta de Cristina Enea hacia 1926 y en la actualidad. : / Fototeka Kutxa y DV

Político de altura. Con estos antecedentes y habiendo obtenido con gran brillantez el título de abogado en 1854, es lógico que Fermín siguiera la senda familiar. En 1857 ya representaba a San Sebastián como diputado en Cortes y participaba en la fundación del partido Unión Liberal del general O’Donell, en el que también militaba su amigo Cánovas del Castillo, con el que seguiría su carrera como político conservador y promonárquico, apoyando la restauración de Alfonso XII. Ministro de Fomento, embajador en París y en Londres, y Senador Vitalicio fueron algunos de los puestos de alta responsabilidad que desempeñó.

En 1859 se casó con la aristócrata Cristina Brunetti, quien heredaría el ducado de Mandas y Villanueva en 1884, convirtiéndose Lasala en duque consorte.

Fueros y euskera. En el País Vasco fue muy criticado por los fueristas estrictos, ya que Lasala participó en gobiernos abolicionistas. Sin embargo él defendía la reforma de los Fueros por la vía del pacto, tratando de preservarlos lo máximo posible. En su testamento se dolía de la intransigencia de los fueristas, que a su juicio impidieron el acuerdo, si bien reconocía los buenos principios en defensa de su país que les habían guiado a todos.

Hombre de gran cultura, euskaldun y vascófilo, ayudó a Resurrección Mª Azkue a realizar sus investigaciones en el extranjero. Siendo embajador en París se carteó con Ramón Brunet en euskera, y aludía que pocas personas eran capaces de escribirlo.

Lasala defensor de los intereses donostiarras. Lasala siempre fue un apoyo seguro para las reivindicaciones de San Sebastián en Madrid. Intervino para conseguir el permiso de derribo de las murallas y procuró la cesión del monte Urgull a la ciudad, llegando a un acuerdo de compraventa que se cumplió cuatro años después de su fallecimiento. Impulsor del ferrocarril en el País Vasco, también facilitó la apertura de la carretera a Aranzazu.

Cristinaenea. Fermín Lasala quiso tener en su ciudad natal una finca de recreo, que llevaría el nombre de Cristinaenea por su esposa. Entre 1863 y 1869, adquirió ocho fincas, sumando 8 hectáreas, para realizar un gran parque paisajístico. En la zona más alta construyó su palacete en estilo pintoresco con decoraciones de ladrillo, rocalla y entramados de madera en la fachada y ornamentados balcones y guardamalletas. A su lado y unido por un túnel subterráneo, otro edificio destinado a cocinas y capilla. Fueron proyecto de José Clemente Osinalde, quien fue también su administrador y hombre de confianza.

Un legado incumplido. En su testamento, al morir sin descendencia, cedió Cristinaenea a la ciudad, “para dotarla de un parque de paseo” que no tenían los donostiarras.

La cesión de la finca conllevaba unas condiciones muy estrictas que la ciudad aceptó, y hay que decir que con el tiempo, no se han sabido respetar. Era su voluntad preservarlo íntegramente tanto el parque como sus edificios atendiendo a su mantenimiento, pero sin alterarlos, para lo que dejaba incluso una dotación anual:

«Le lego los cuadros, plata, muebles, ajuar de casa, prohibiendo que se regale, cambie, venda cosa alguna de lo que hay en la casa. Hasta prohíbo que se mueva cosa alguna del sitio en que está… No se tolerarán almuerzos, -comidas ni meriendas… prohíbo terminantemente que se juegue en el parque… sea la pelota, el football... Prohíbo absolutamente todos, todos los juegos en Cristinaenea. Tampoco podrá el Ayuntamiento variar, ni rectificar el actual trazado del parque…»

El 3 de junio de 1926 se abrió el parque al público «un paraje de vegetación abundante, con jardines y bosque, sol en abundancia y sombra apacible. Un trozo de naturaleza a las puertas de la ciudad».

Hasta 1980 el palacete estuvo habitado, cuidado y conservado por una familia de guardeses. Desde entonces y hasta finales de los noventa, la casa sufrió un severo deterioro tanto en su estructura como en su contenido, produciéndose robos y vandalismo. Es a partir del año 2000 cuando se inicia una restauración del edificio inaugurándose en el 2005 el ‘Centro de recursos Medioambientales’ en un palacete protegido del s.XIX, desposeído casi en su totalidad de sus pertenencias. En la fachada posterior se construye una moderna estructura acristalada, que alberga nuevas escaleras y ascensor.

No es lugar ni momento para juzgar aquí la bondad o la estética de las obras realizadas en su restauración, pero sí para reafirmar que no se ha respetado el deseo del donante a lo que se comprometió la ciudad cuando aceptó el legado.

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