Diario Vasco

Legajos y radiofrecuencias

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La plaza se refleja en el crista de la puerta que da acceso a la sede de la Unidad Técnica Central de Bibliotecas. / FOTOS: LOBO ALTUNA

  • Edificio tan noble como popular. Civíco, pues fue ayuntamiento. Jaranero, pues en él hospeda el departamento Donostiako Festak. En el 1 de la Plaza de la Constitución miles de libros duermen y viven

  • Hace mucho tiempo (1999) que no se prestan ni se leen libros en este histórico edificio, pero allí son custodiados, amados y conservados

Miles. Miles de pergaminos, legajos, libros, periódicos. Revistas. Folletines. Tebeos. Donaciones. Compras. Cesiones. Miles de miles de miles. ¿50.000? Más también. Pongamos 82.000 82.000 seres vivos que de tiempo en tiempo hay que acariciar, limpiar, acicalar. Maestras encuadernadoras, auténticas lamias protectoras de tomos, volúmenes, guardas, guías, hojas y ex libris mantienen a raya a las más de 60 especies de criaturas devoradoras de papel, celulosa, fibras. Entre ellas, una de hermoso nombre: 'Pececillo de plata', 'Lepisma saccharina'. 82.000 libros, miles de miles de páginas. Millones de palabras. Trillones de letras se conservan en este edificio obra del arquitecto aragonés de impronta neoclásica Silvestre Pérez que trabajó junto a Ugartemendia, reconstructor de la ciudad quemada. A 'Dunixi', pintor y escritor callejeante, le parecía 'viejo y tristón'. En realidad es hermosura de recuerdos y memorias. Sus piedras, sí, son sillares de las canteras de Ulia, Igeldo, Mutriku y Tolosa pero en su argamasa se mezclan, precisamente, el olor y la textura de tanto libro leído, (h)ojeado, deseado, revisado desde 1951 (cuando la Biblioteca Municipal se trasladó desde San Telmo) hasta 1999 cuando se abrieron las dependencias de Alderdi Eder. Unos años antes los chavales habían dejado de subir y bajar las últimas escaleras de madera que crujían bajo chirucas y bambas. Ya en 1994 los tebeos. los Tintines y los Astérix se leían en Fermín Calbetón 25, lugar soñado por una bibliotecaria que fue, con honores, Medalla al Mérito Ciudadano: Concha Chaos.

Ya no se leen libros en el edificio que hasta 1947 fue Ayuntamiento de esta ciudad. Pero se custodian. Se estudia el paso del tiempo por ellos. Hoy en la Consti, aparte de otros departamentos de Donostia Kultura se localizan los fondos históricos, la unidad técnica, la sala de actividades y la dirección bibliotecaria. Ahí se viven los últimos avances, descubrimientos técnico-filosófico-científicos de la Biblioteconomía, el campo multidisciplinar por el que se mueven los bibliotecarios, gestores, administradores, investigadores (letraheridos todos) del XXI.

1922. Fecha de la anotación más antigua de los libros conservados en la Biblioteca de San Sebastián. Primorosamente caligrafiada pero también mecanografiada pulcramente en 'máquina mecánica', es presentada a la consideración del director de la Biblioteca de aquel entonces, Práxedes Diego Altuna y del pleno del Ayuntamiento, presidido por Francisco Mendia. El volumen, apaisado en hojas de rejilla se titula: 'Catálogo por orden de materias y alfabético de autores con comentarios de las obras existentes en la Biblioteca Municipal de San Sebastián' y comparte estantería con las últimas investigaciones sobre la estabilidad del papel realizadas por Ruth Viñas, profesora de la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Madrid.

RFID. En lo alto, a unos pocos pasos de la soberbia terraza desde la que se contempla toda la plaza (sus 20 arcos, sus balcones ininterrumpidos a lo largo de las fachadas, sus 13 metros de altura...), terraza dominada por el reloj que marca el tiempo de la fiesta en esta ciudad, un puñado de empleados amantes de los libros reciben, centralizan y preparan para su envío a casas de cultura y centros de lectura todo libro, folleto, objeto impreso que llega a la Constitución. Los que vayan a pasar más de mano en mano de los lectores se forran con fino plástico. Todos quedan fichados, etiquetados y protegidos contra un posible hurto. Y, 94 años después de aquel primer catálogo, se les incorpora el chip RFID (Radio Frequency Identification), sistema de almacenaje e identificación de objetos por radiofrecuencia que mejora el del código de barras y agiliza el proceso de auto préstamo.

María Cristina leía novelas. Entre todos los tesoros conservados en la Plaza de la Constitución imponente es el llamado Fondo del Duque de Mandas que ocupa una sala que en la década de los 60 era salón de lectura para los donostiarras (largas mesas corridas de madera, flexos de luz, silencio, solo el susurro de las hojas al ser pasadas...). La donación de la biblioteca de quien fuera Diputado General de Gipuzkoa, Ministro de Fomento y Delegado Regio en los Terremotos de Andalucía empezó a ser catalogada por el Grupo Baratz y personal adscrito a la Biblioteca en octubre de 2004 y se terminó en agosto de 2005. En el proceso quedó al descubierto que mientras el senador y ciudadano manejaba y atesoraba obras de política internacional, historia, ciencia y derecho en distintos idiomas, su esposa, Cristina Brunetti y Gayoso de los Cobos era la encargada de mantener al día en la biblioteca la literatura de ficción de su época (1831-1914). Leía ella a las Brönte en inglés. Y a Victor Hugo en francés .

La piedra de 'El Deseado'. No fue Fernando VII el rey que quienes le invocaban como 'El Deseado', los que se enfrentaron a Napoleón o los constitucionalistas de las Cortes de Cádiz habían soñado. Sin embargo, cierto es que cumplió la palabra dada a la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de San Sebastián. Se declaró su 'protector' y apoyó su reconstrucción tras el incendio de 1813. Asistió al momento en que se colocó la primera piedra del edificio, que consideraba de 'imprescindible necesidad'. Una losa da fe en latín de aquella fecha. Se halla en el pasillo que va de la cripta de San Jerónimo al almacén tecnológico de miles de miles de libros, almacén subterráneo mantenido en el punto exacto de humedad y temperatura para que tanto volumen, revistas y periódicos soporten el paso de los siglos.

El reloj. Es uno de los 23 contadores monumentales del tiempo al aire libre que existen en esta ciudad. Rivaliza en sonoridad con el de la Relojería Internacional y con el del Boulevard en vistosidad. Pétreos animales leonados custodian su marco, dos campanas hacen sonar las horas y en el interior de la cueva que lo sostiene se guardan las herramientas del maestro relojero que cuida sus ritmos. Como vestigio de épocas cuando el 19 de enero era atrevimiento izar la bandera desde el balcón pues peligraba la integridad física y mental del alcalde de turno, queda la argolla para un mástil. Hubo años que la enseña donostiarra se izó desde lo más alto de la Biblioteca que fue Ayuntamiento. En esa terraza desde donde Urgull parece más cercano y la plaza, lejana.

Tejuelos. Recorrer hoy las dependencias de ese edificio que fue Ayuntamiento, que fue Biblioteca con archivadores fabricados en las grandes empresas cerrajeras de Gipuzkoa, con fichas rellenadas a mano por funcionarios municipales que amaban el Cine y adoraban a Ingrid Bergman, es también atravesar distintas eras del arte y la ciencia de clasificar y conservar los libros. La misma Wikipedia define la palabra 'tejuelo' como 'etiqueta pegada en el lomo de un libro cuyo rótulo sirve para identificarlo y localizarlo'. Sin embargo, ningún licenciado moderno en Documentación, Archivo o Restauración daría por válida la expresión 'pegada'. La tendencia, más bien la ley, actual es evitar toda maniobra que pueda resultar agresiva o invasiva hacia la materia misma de la que están hechos los libros. Nada se 'pega', ningún código se 'encola' sobre el lomo de, por ejemplo, los diminutos tomos que contienen en el despacho de la directora Arantza Urkia las obras de Cervantes editadas en 1925. Los tejuelos de hoy sobresalen de entre las hojas atados por delicadas pitas. Tampoco se raspan las huellas bibliográficas de siglos pasados, cuando las teorías de la conservación eran otras. Se espera a que el Tiempo las desprenda. No se actúa agresivamente sobre, por citar un título, ese frágil volumen de 1728 que trata 'De la antigüedad y universalidad del bascuence en España: de sus perfecciones y ventajas sobre otras lenguas: demonstración previa al arte que se dará a luz desta lengua'.

El bravo almirante. La impresionante escalera de mármol que lleva a lo que hasta la década de los años 40 del siglo pasado fue el Salón de Plenos de la Casa Consistorial de esta ciudad, enmarcada por un pasamanos de doradas florituras, muestra a ambos lados épicos cuadros de una batalla naval en la que como relata la horlada placa, 'El invencible Almirante don Antonio de Oquendo tomó al abordaje la Capitana holandesa. El general Hanspater se arrojó al mar desesperado'. En 1607, al mando de la llamada 'Escuadra del Mar de Poniente' alejó de nuestra costa a una flota de navíos holandeses que querían atacar los puertos de Vizcaya y Gipuzkoa En la cristalera cercana a los cuadros surge el escudo de la ciudad restaurado por exquisitos maestros vidrieros.

Ni polvo ni luz. En las cámaras subterráneas, bajo el suelo de la plaza, libros, revistas, diarios y cuadernos en euskera están protegidos no solo de la humedad y las temperaturas extremas sino de la luz que quema las letras y del polvo en suspensión que podría acumularse sobre sus ya debilitadas páginas.

Otras criaturas del subsuelo. En esas cámaras subterráneas alejadas del ruido de la plaza exterior trajinan muchos días operarios de la red eléctrica. Entre viejos transformadores conservados allá para siempre. Nadie entiende cómo fueron introducidos puesto que hoy sacarlos es práctica y espacialmente imposible. Están también las prensas de la restauradora y encuadernadora Helena Jiménez de Aberasturi. Y de sus alumnos. Una extraña puerta con barrotes y cerrojo hace intuir que cuando este lugar era Casa Consistorial había en su interior un calabozo donde pasaría la noche algún que otro liante antes de ser llevado ante el juez.

París Match. El dolor máximo de documentalistas, archiveros, bibliotecarios ha de ser decidir si lo que de continuo se descarga en el interior del número 1 de la Plaza de la Constitución merece ser recuperado, conservado, catalogado, enviado a otros lugares o... convertido en pulpa de celulosa. ¿Quién osaría, por ejemplo, rehusar la colección completa de la revista 'París Match', cuyas imágenes hicieron soñar a generaciones enteras de afrancesados donostiarras?

El papel es inmortal. En la Unidad Técnica Central de Bibliotecas nadie teme la desaparición del papel como soporte. Ningún otro sitio mejor que el edificio de la Plaza de la Constitución para comprobar día y noche que, protegidos, los libros envejecen bien y con orgullo y el tiempo les convierte en objeto de deseo y culto.

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