Diario Vasco

El Ayuntamiento se abre a la ciudad

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El Salón de Plenos, en su origen salón de baile del Gran Casino, es el espacio más representativo de la época y motivo de admiración para quienes ayer lo visitaron. / LOBO ALTUNA

  • «Pasen y dejen volar la imaginación», aconseja uno de los guías al recibir a los visitantes que entran al antiguo Gran Casino

  • Las jornadas de puertas abiertas permiten descubrir hasta mañana el rehabilitado interior del edificio

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El Ayuntamiento celebró ayer su primera jornada de puertas abiertas y la respuesta de la ciudadanía fue masiva. El goteo de visitantes no cesó durante todo el día, primero de los tres que el consistorio permanecerá abierto al público. Esta tarde y mañana también se podrá entrar y descubrir los rehabilitados interiores de un edificio que en 1887 se inauguró como Gran Casino y que desde 1947 sirve como cuartel general para los asuntos municipales.

«Pasen y dejen volar la imaginación», recomienda uno de los guías al recibir a su grupo mientras evoca los tiempos de la reina María Cristina y habla de la Belle Epoque, Mata Hari o la prohibición del juego. El recorrido arranca en el exterior, donde hasta el siglo pasado estaban las escaleras de acceso al Círculo Easonense, club privado surgido a finales del XIX. Los agujeros de las balas, cicatriz de la Guerra Civil que no se ha reparado para que no caiga en el olvido, y las estufas o invernaderos que existían en las terrazas del Salón de Plenos -cuando funcionaba como salón de baile para la alta sociedad-, son otros de los hitos señalados al espectador.

El visitante accede al Ayuntamiento por Alderdi Eder -la entrada es libre- y sube por las escaleras que antiguamente ascendían desde las caballerizas. La panorámica del Salón de Plenos es tan diferente a la conocida que pocos se resisten a sacar el móvil del bolsillo. Los flashes y el murmullo de voces hace más sencillo viajar con la mente hasta los fastos aristocráticos celebrados en este espacio, sin duda el más representativo de lo que fuera el Gran Casino, tuvieron lugar.

La transformación salta a la vista. En una intervención de cuatro meses liderada por el artista y pintor Víctor Goikoetxea, se ha tratado de recuperar el espíritu y el ambiente de 1887. Se han eliminado los viejos cortinones granates que oscurecían el conjunto y ahora la luz natural penetra por los ventanales. Se ha recuperado el mármol de las columnas y la piedra arenisca del atrio de entrada -con técnicas de trampantojo- y se ha reproducido el motivo del suelo en la pared, de manera que se crea un continuo visual que dirige las miradas desde la puerta hacia las dieciséis cariátides aladas -obra de Marcial Aguirre- y la bóveda.

Los corredores superiores, que se habían convertido casi en un almacén, presumen otra vez de su suelo original y de nuevos pasamanos de roble en la barandilla que sustituyen a los anteriores de terciopelo rojo. En cuanto a los radiadores, antes estaban al aire, como los tubos, y han sido cubiertos con muebles de rejilla a medida. En las ventanas, ya sin cortinas, se han instalado unos filtros solares que protegen el interior de los rayos.

Billares en la Sala Amarilla

En el hall de Alcaldía -abierto solo a las visitas guiadas-, la atención se centra en las pinturas de Ignacio Ugarte con escenas costumbristas del Muelle. Aquí, donde se localizaba la llamada Sala Amarillo del Gran Casino, había mesas de juegos permitidos -la ruleta, el bacarrá y demás juegos de azar estaban, paradójicamente, prohibidos- y populares como los Caballitos, un tipo de ruleta de apuestas fijas de poco importe, o el billar. Para apostar fuerte había que ir a los salones de juego, de acceso restringido, vedado a los donostiarras y con carnés especiales para los foráneos, la mayoría extranjeros.

¿Y cómo se pasó de bailes y escaleras de color a comisiones y plenos? Cuentan los historiadores que en 1924 la la dictadura de Primo de Rivera decretó el cierre de todos los casinos. Sin los ingresos que generaba el juego, el Ayuntamiento tuvo que hacerse cargo de grandes infraestructuras como la Perla, el Hipódromo o el propio Gran Casino, lo que resultó insostenible y ruinoso para las arcas de la ciudad.

En el año 1938, el edificio pasó a ser de propiedad municipal y para darle un uso práctico se decidió trasladar aquí las oficinas del Ayuntamiento, que ya no cabían en el viejo consistorio de la plaza de la Constitución. El arquitecto Luis Jesús Arizmendi diseñó la «respetuosa» transformación de los interiores y se habilitó la entrada por la calle Ijentea, tal y como ha llegado hasta nuestros días.

El escenario del salón de baile fue reemplazado por un estrado para los concejales y el alcalde. Fue entonces cuando se colocaron los cortinones y desapareció el acristalamiento de las terrazas. La nueva casa consistorial se inauguraba el 20 de enero de 1947.

«Me ha encantado»

Las reacciones de los primeros afortunados en redescubrir las entrañas del Gran Casino eran coincidentes en alabar la belleza y suntuosidad de las estancias. «No conocía el Ayuntamiento por dentro, ni el nuevo ni el viejo. Y me ha encantado. Habría querido ver más, como todos, supongo, pero la visita ha estado muy bien», expresó a la salida la antiguotarra Conchi Sarasola, quien explicaba que «el guía nos ha pedido que nos pongamos en la situación de aquella época y ha sido muy interesante».

Desde Egia se acercó hasta Ijentea Mari Jose Zabala, de Egia, un camino que cubre a menudo por motivos profesionales. Su valoración del antes y el después de la rehabilitación nace pues de fundamentos de peso. «El cambio experimentado por la zona noble se percibe claramente. Ahora lo veo todo más brillante, más luminoso, parece más limpio... Me acuerdo de las cortinas rojas del Salón de Plenos y tras la reforma ha quedado más moderno». A su juicio, organizar estas jornadas de puertas abiertas «ha sido un acierto y deberían repetirlo más veces. No hay más que ver cuánta gente ha venido».

No solo los donostiarras aprovecharon la oportunidad de disfrutar de los tesoros que encierra el Ayuntamiento. Mari Carmen Viana, de Vitoria, ha venido a pesar el puente y, aunque no es la primer vez que pisa San Sebastián, sí es la primera que entra al consistorio. «La visita ha sido preciosa. La arquitectura es maravillosa, un edificio fastuoso. Hemos recorrido la zona noble y nos ha gustado mucho. Podrían volver a poner un casino perfectamente porque está precioso».

Pedro Albizu, de la localidad vizcaína de Munitibar, también salía encantado. «Ha sido interesante por la historia que tiene. Es un edificio muy bonito por dentro y por fuera».

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