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Las edades del miedo

Los monstruos dentro del armario, los respingos al escuchar ruidos extraños o las tormentas que les hacen refugiarse en la cama de los padres forman parte del proceso de maduración

29.03.13 - 09:21 -
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Las edades del miedo
Los juegos imaginativos ayudan a los niños a expresar sus miedos. FOTO: ELVIRA MEGÍAS.

Una emoción tan básica como necesaria. Eso es el miedo. El problema es que ni todos son iguales ni se manifiestan por vez primera a la misma edad, por lo que diferenciarlos es un arma útil a la hora de saber si un niño tiene un proceso de maduración normal o pudiera padecer algún trastorno, ya desde edades tempranas los signos de ausencia o desviación de los hitos del desarrollo normal pueden ser los primeros indicios de una patología grave.

Empecemos pues por los miedos más primitivos, aquellos que se llaman «de protección» y que vendrían a ser como una especie de alarma contra peligros que vienen del exterior. «Si un niño no temiera el fuego se quemaría. Son miedos que se dan cuando empiezan a descubrir su entorno», explica el presidente de la Sociedad de Psiquiatría Infantil de la Asociación Española de Pediatría (AEP), Josep Cornellà Canals.

Claro que no todos los miedos son así de sencillos y claros. De hecho, muchos forman parte del crecimiento, por lo que hay que irlos superando, como si se tratara de una carrera de obstáculos. «A estos miedos les llamamos evolutivos. Nada que ver con los ‘adaptativos’, que aparecen tras sufrir un hecho traumático. Justo ahora estoy tratando uno de ese tipo. El caso en esta ocasión es el de un preadolescente que ha vivido hace poco el suicidio de su tío y ahora tiene miedo de que eso mismo le pueda suceder a él», afirma el doctor Cornellà.

No a los extraños

Si al nacer el bebé tiene su mayor apoyo en la madre, es entre los 7 y los 12 meses cuando parece no querer estar con nadie más. Es en ese momento cuando empiezan a notar ese primer miedo a las personas extrañas. En muchas ocasiones, esta situación desconcierta y preocupa a los padres, quienes no entienden por qué antes no lloraba con nadie y ahora es lo único que hace cuando no es la madre quien le sostiene en sus brazos. «Ya en esa edad el niño es capaz de reconocer la figura materna y lo que esta supone para su apoyo y su estabilidad, por eso le da miedo que le coja otra persona», asegura el doctor.

Precisamente, es ya este miedo uno de los organizadores de la personalidad que determinarán cómo sociabilizaremos y nos comportaremos, según la clasificación del médico pediatra y psicoanalista Renné Spitz (1887-1974). El científico norteamericano, (aunque nacido en Viena) descubrió que existían tres organizadores de la personalidad vinculados a las primeras manifestaciones afectivas: la sonrisa social, la ansiedad ante el extraño y la negación.

La primera se da durante el primer mes de vida y comienza cuando el niño reconoce ya el rostro materno. La segunda se daría sobre los siete meses y aparece ante el miedo de que la persona que siempre le ha cuidado deje de hacerlo, le abandone. Y, por último, llega la negación a partir del noveno mes. Comienza con los límites que la madre debe poner al bebé para protegerlo y con el aprendizaje de este para seguir las normas y obedecer (está relacionado con la capacidad de juicio).

Uno tras otros se van sucediendo los miedos (a los monstruos y seres fantásticos, a las catástrofes naturales, a las guerras nucleares…) hasta llegar al fin a uno que en muchas ocasiones también preocupa y seriamente a los adultos: la muerte.

Juegos y conversaciones, la solución

El diálogo es la mejor solución para que los padres ayuden a sus hijos a superar sus miedos. «Uno de los problemas actuales es que no se habla en casa y, como decía mi profesor, el prestigioso psiquiatra infantil Lluís Folch i Camarasa, una comida al día, la familia junta y la televisión apagada es el mejor remedio, el que va a evitar muchos problemas», agrega el experto.

Hoy en día, y por cuestiones laborales, las familias se ven poco. Pero, además, cuando ya están todos los miembros juntos se disgregan: uno enciende la televisión, otro la consola, un tercero se mete en Internet… No existe la comunicación. Sin embargo, esa comida que proponía Folch i Camarasa sirve para que cada uno explique lo que le ha pasado en el día, para poner los conflictos o miedos sobre la mesa y para animar al niño a explicar cosas que le han sucedido en el colegio y que le preocupan o le maravillan.

Los padres deben provocar el diálogo. Preguntarle qué se habla en su escuela de temas de actualidad que puedan percibir de un modo inquietante o cómo se sienten ante una situación determinada que saben que de un modo u otro puede afectarles. «Es necesario establecer un clima de comunicación porque ayuda mucho al niño a mantener sus vínculos de seguridad. Y, cuando se mantenga ese diálogo con el niño, no hay que tratarle como si fuese un ser inferior. Un niño es solo un niño, una persona en edad evolutiva, sin embargo la mayoría de las veces se le infantiliza demasiado, con lo que se evita mucha parte educativa y eso no debe hacerse», afirma el doctor.

Además de ese diálogo tan necesario, para el que los adultos se pueden apoyar en cuentos, imágenes o en todo canal necesario que les resulte efectivo, los juegos también ayudan a los niños a dar respuesta a sus miedos. «Conozco el caso de unos niños acostumbrados a jugar mucho con los Playmobil que, con 5 y 6 años, organizaron todo un salvamento tras escuchar la noticia de un atentado de ETA. Las imágenes eran muy duras y los padres no tenían muy claro cómo iban a hablar con ellos sobre el tema, pero la respuesta fue inmediata. Cogieron sus juguetes y dieron solución al problema: pusieron ambulancias que recogían a heridos, médicos, policías… », cuenta Cornellà.

Por eso el doctor recomienda ese tipo de juegos libres e imaginativos como método para que los niños puedan plantear y vencer sus miedos, aunque aconseja que lo mejor es que cada padre vaya descubriendo lo que es más adecuado para su hijo.

Identificar miedos enfermizos

Eso sí, jamás hay que forzar al niño a superar su miedo, ya que esto es algo que deberá ir haciendo muy poco a poco. En todo momento hemos hablado de miedos normales que tienen fáciles soluciones, pero ¿cómo identificar cuando no es así?

Si un miedo es muy intenso y causa un problema en la vida del niño es patológico y requiere de tratamiento, al igual que muchos de los adaptativos. Los padres lo identificarán porque el niño estará irritable, no podrá dormir, dejará de comer o incluso bajará su rendimiento académico, por ejemplo. Manifestaciones de ese tipo son la voz de alarma de que es hora de acudir a un psiquiatra infantil, ignorando los tabús que en nuestra sociedad sigue teniendo acudir a uno de estos especialistas.

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