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Treinta años sin el 'príncipe del soul'

MÚSICA | ANIVERSARIO

Treinta años sin el 'príncipe del soul'

Devorado por sus demonios internos y convertido en una sombra de lo que fue, la vida de Marvin Gaye expiraba el 1 de abril de 1984, cuando su padre le descerrajó dos tiros en el transcurso de una discusión

29.03.14 - 07:34 -
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La historia de la música está repleta de tramas más propias de un guión de Hollywood que de otra cosa. Rivalidades llevadas al extremo, vertiginosos descensos a los infiernos y no menos espectaculares renacimientos tras los consiguientes exorcismos, asesinatos, suicidios y alguna que otra guerra. Pero lo que le ocurrió a Marvin Gaye admite poca comparación. Héroe de la blaxploitation, abanderado del sonido Motown y 'príncipe del soul', permitió que sus demonios internos devorasen la gloria que tanto le había costado conquistar. Adicto a la cocaína y al porno, se refugió en la casa de sus padres, paranoico ante lo que creía el urdimiento de planes para acabar con su vida. Y allí, en el hogar de su familia, acabó encontrando al enemigo encargado de amartillar la pistola del calibre 38 de la que saldrían los dos disparos que apagarían para siempre la voz del hombre cuyas canciones habían alimentado -y siguen haciéndolo aún- el corazón de varias generaciones. Su propio padre fue el brazo ejecutor del fin que le tenía reservado el destino, rubricando con el crimen una relación que siempre fue tormentosa. La fecha, el 1 de abril de 1984, quedaría grabada a fuego en la memoria de una legión de devotos que aún se emocionan cada vez que suenan los acordes 'What's going on', el disco que le asentaría para siempre en el panteón de un género que él llevó a sus cotas más sublimes.

Había sido precisamente el rigorismo de su progenitor, que andando el tiempo desembocaría en tan fatal desenlace, el que había conducido a Gaye hasta la música, apartándole de otra de sus pasiones, el deporte. Ministro de una congregación cristiana que predicaba la necesidad de someterse a estrictas normas de conducta, Marvin Gay, Sr. -su hijo añadiría la 'e' final a su apellido tanto en señal de homenaje a su admirado Sam Cooke como de rechazo a quien le dio la vida- trató de atar en corto a su vástago desde su más tierna infancia. Permitió que cantase en el coro de la iglesia, mas ello no sirvió para acortar la tremenda distancia que siempre les separó. Las zurras que le propinaba iban parejas con las loas que el pequeño recibía de la congregación. Y los palos estaban lejos de surtir el efecto deseado.

Por el contrario, Marvin Gaye se empeñó en seguir su propio camino, formando parte de varios grupos hasta que el líder de uno de ellos, Harvey Fuqua, optó por darle cobijo dentro de Tri Phi Records, el sello que había fundado junto a su esposa y que acabaría siendo absorbido por la Motown. Sería bajo el paraguas del gran motor de la música negra cuando Gaye iniciaría su carrera en solitario. Se había curtido escuchando a los grandes y era diestro tanto con el piano como con la batería. Su melodiosa voz acariciaba las palabras como si de una madre tranquilizando a su retoño se tratara. Sus letras, lejos de rehuir el compromiso social, lo acogían con gusto. Pero, sobre todo, hablaban de amor, ese que tanto le había faltado en casa. Eran los versos perfectos para enamorar a la chica amada, las estrofas anheladas por quienes soñaban con un mundo más bello.

Auge y caída del 'Sinatra negro'

La Motown tenía un nuevo diamante, pero aún debía ser pulido. Su primer disco, 'The soulful moods of Marvin Gaye', apenas si hizo ruido. Necesitaba a su lado otra gema que incrementase su brillo. Lo intentaron los ejecutivos con Mary Wells y Kim Weston, otras de las estrellas de la compañía. Pero no sería hasta la llegada de Tammi Terrell cuando encontrarían la luz que tanto andaban demandando. Con ella conformaría una de las parejas más deslumbrantes de la industria. Y aunque los rumores proliferaron, su asociación se ciñó al terreno profesional. 'Ain't no mountain high enough', 'Your precious love' o 'Ain't nothing like the real thing' serían los frutos más relevantes de una colaboración a la que pondría fin la muerte, en 1970, de la cantante a causa de un tumor cerebral.

Devastado por lo ocurrido a su compañera, Gaye, que había firmado el mayor éxito de ventas de la Motown en esos años con 'I heard it through the grapevine', se sumó a quienes alzaban sus voces contra un sistema cuyas alcantarillas había puesto al descubierto la guerra de Vietnam con 'What's going on', un álbum que hubo de vencer la reticencia inicial de Berry Gordy, mandamás de la compañía que temía que el cambio aplicado al estilo del cantante no funcionase. No podía andar más desencaminado. Hoy, cuatro décadas después, sigue siendo reverenciado como el mejor trabajo del artista y uno de los discos imprescindibles en la casa de cualquier melómano que se precie.

Gaye había alcanzado la cima, en la que se mantendría algunos años más. Pero su vida no tardaría en desmoronarse. Divorciado de Anna Gordy, hermana del hombre que había auspiciado su carrera, volvió a casarse enseguida con Janis Hunter, a la que conoció durante la grabación de 'Let's get it on' cuando ésta tenía apenas 17 años, pero el matrimonio tampoco sería feliz. 'In our lifetime', un disco publicado en 1981, marcaría el fin de su relación con la Motown. Gaye se pasaría a Columbia Records, pero para entonces la cocaína ya se había convertido en una compañera de la que nunca más se separaría. Aún le daría tiempo a firmar otro tema inmortal, 'Sexual healing', antes de toparse con la intransigencia de su progenitor. Restaba un día para su 45 cumpleaños cuando Marvy Gay Sr., en medio de su última trifulca, cogió su pistola y acabó con el también llamado 'Sinatra negro'. Alegó que había actuado en defensa propia y le cayeron cinco años en libertad condicional. Abandonado por su mujer, falleció, ya anciano, en una residencia, no sin antes dejar claro la falta de afecto que profesó siempre por el artista. "Digamos que no me desagradaba", espetó cuando le preguntaron si le había querido. Un sentimiento muy distinto del que albergan sus incondicionales cada vez que escuchan algunas de las joyas que legó.

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Ilustración que recrea la figura de Marvin Gaye. / Archivo
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