Ninguno quiso ganar en La Romareda

Zaragoza y Sevilla ofrecieron un partido sin apenas alternativas que deja la eliminatoria abierta en el Pizjuán

LUIS F. GAGOSEVILLA
Negredo (ce) cabecea entre dos jugadores del Zaragoza./Javier Cebollada (Efe)/
Negredo (ce) cabecea entre dos jugadores del Zaragoza./Javier Cebollada (Efe)

El graderío de La Romareda se unió a esa fantasmagórica moda en la que se han convertido los campos de España y recibió los cuartos de Copa con un aspecto desolador. Las butacas vacías fueron las que tuvieron más suerte, al ser inertes ante el soporífero espectáculo que ofrecieron Zaragoza y Sevilla. Dos equipos a la par en Liga y que en esta eliminatoria demostraron no ser acreedores de un puesto en las semifinales.

Emery debutaba en el lado visitante. Lo hacía con un equipo que no se alejaba del que hubiese sacado Míchel. Prueba de que en tierras andaluces la culpa no es tanto del que se sienta en el banquillo, sino del que lo hace en sillones de cuero en el palco. Con el guipuzcoano averiguando dónde se había metido, Jiménez lo tenía más claro. El sevillano, sabedor de los defectos y virtudes de los suyos tras muchos meses en el cargo, antepuso lo defensivo a la delantera. Postiga, muy solo arriba, era el encargado de buscar oro entre una montaña que solo daba hierro.

Fue tan insustancial la primera mitad que lo más novedoso corrió a cargo de un fallo a bocajarro de Maduro y una amarilla a Álvaro que le impedirá disputar la vuelta. Dos muestras de lo que iba a deparar la segunda mitad. Bien es cierto que sí se pudieron sacar algunas conclusiones. Los rojiblancos parecían más ordenados que antes, a pesar de continuar con la misma candidez de cara a puerta. Los maños se mantuvieron aguerridos en la defensa, con frescura en la medular, pero buscando milagros mediante pases al cielo.

El entrenador zaragocista terminó por brindar el balón a su rival, como muestra más de temor a sí mismo que de respeto. Los nervionenses no supieron muy bien qué hacer ante tal regalo, ya que Rakitic no se entendía con sus dos guardaespaldas, Medel y Maduro. Movilla y Apoño se sumaron a los espectadores aburridos al ver que la pelota sobrevolaba sus cabezas, sin pasar por sus pies. En mitad de los bostezos de aquellos que aún quedaban sentados firmes en sus asientos hubo momentos para sacarlos de la congoja. Postiga hizo despertar de su letargo a Palop, mientras Navas galopaba la banda sin obstáculos.

Un leve intercambio de golpes, más propio de dos 'sparrings', que abrió las posibilidades en el tramo final a unos y otros. Los aragoneses se soltaron de la tensión de esperar atrás y pisaron más el campo rival. Los sevillistas, bien ordenados, vieron en el contragolpe su arma más poderosa. La realidad para ambos equipos fue que ninguno quiso, pero tampoco pudo.

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