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El cachorro enjaulado

11.01.13 - 12:20 -
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Hasta el pasado 22 de julio, la popularidad de Ángel Carromero prácticamente no excedía los límites del PP madrileño. Las incontables horas robadas de su tiempo y dedicadas al partido, al que se afilió antes de alcanzar la mayoría de edad, le han servido para labrarse una fama de chico espabilado, simpático y bien dispuesto entre sus compañeros. También le han valido para iniciar una carrera política: ahora, con 27 años, es presidente de Nuevas Generaciones (NNGG) en el distrito de Salamanca -uno de los de mayor peso en la capital, conocido por sus exclusivos establecimientos- y un serio aspirante a conquistar el mando de la organización en la Comunidad. Liberado desde los 23 años, ocupa el puesto de asesor técnico en el Ayuntamiento de Madrid, a las órdenes de la concejala Begoña Larraínzar, en Moratalaz.
Su trayectoria en el PP se ha desarrollado a la sombra de Pablo Casado, su valedor, un joven político apadrinado por Esperanza Aguirre y José María Aznar que actualmente ocupa un escaño en el Congreso. Hace cinco años, el propio Casado viajó a Cuba para mantener contactos con los disidentes del régimen de Castro, entrevistarse con algunos de ellos y entregarles, entre otras cosas, medicinas y dinero. Es posible conjeturar que Casado tuviera algo que ver con el viaje de Carromero a la isla caribeña, adonde acudió con idéntico propósito. Sea o no el caso, lo cierto es que la "misión" demuestra la confianza que el PP depositaba en él.
Sin duda se trataba de una recompensa al trabajo de Ángel Carromero en el partido. Siempre animoso, era uno de los encargados de movilizar gente para asistir a manifestaciones o participar en actos en los tiempos difíciles en el País Vasco. Es, a la vez, una de las caras visibles de NNGG ante los medios de comunicación e impulsor de las múltiples actividades que la organización pone en marcha en su distrito.
La verdad es que Ángel se ha preparado a fondo para asumir nuevas responsabilidades; para empezar, dejó a su madre como administradora única de su pequeño gimnasio, Vanitas Fitness, para dedicarse al PP en exclusiva. A pesar de no concluir sus estudios de Derecho en la Universidad Pontificia de Comillas, sí que se ha preocupado por mejorar los conocimientos que le podrían hacer crecer en política. Su perfil en Linkedin incluye entre sus habilidades su capacidad para desenvolverse en el terreno de la informática, sus dotes para el planeamiento estratégico y su dominio del inglés y el francés. Todo ello, puesto al servicio del Ayuntamiento de Madrid, le reporta unos ingresos de 56.000 euros anuales (2.788,64 euros netos al mes, que desde septiembre se han reducido a 961,78 por no acudir a su puesto de trabajo).
Incluso había salvado una de sus asignaturas pendientes: adquirir soltura a la hora de hablar en público. En abril, participó en un curso de comunicación pública impartido por FAES al que asistieron afiliados de toda España. Uno de ellos, miembro del Comité Ejecutivo Nacional y dirigente de esa sección joven en Cantabria, habla de Carromero como de "una persona afable y sencilla". El curso se impartía en la sede del barrio de Salamanca, así que ejercía de anfitrión. "Me pareció que estaba muy pendiente de facilitarlo todo".
Javier Laínez, joven militante del PP en León, habla maravillas de él. Aunque su amistad con Ángel data de hace apenas un año, ha tenido ocasión de conocerle de cerca. "Coincidimos en la campaña de las generales de 2011; a partir de ahí hicimos amistad y siempre que iba a Madrid me quedaba en su casa". "Ángel es bastante generoso, la verdad; es buena gente, creyente, y le tengo por una persona honrada. ¿Que qué le gusta? Pues lo que a cualquiera con 27 años: comer, salir, viajar... pero, sobre todo, la política".
Javier, como los demás amigos de Carromero, ha reprimido sus ganas de incendiar la red para exigir su libertad. ¿Una consigna? "A mí no me ha dicho nadie nada, pero hemos sido todos bastante prudentes para evitar males mayores".
Mejor callados
No hacen falta grandes conocimientos de política internacional para comprender que los cubanos tienen la sartén por el mango en el caso y que lo mejor es permanecer callado. Desde aquel aciago día en que el joven político español sufrió un accidente en la isla, causando la muerte de los disidentes Oswaldo Payá y Harold Cepero, el régimen ha exprimido el suceso al máximo.
Para una dictadura abonada al victimismo, el infortunio de Carromero supuso un regalo impagable. En primer lugar, borró del mapa a dos incómodos miembros de la "gusanera" -como allí califican a los disidentes-; después, facilitó argumentos para denunciar un nuevo complot internacional contra la revolución, esta vez a cargo de una especie de James Bond patoso.
Aunque desde España se ha tratado de politizar el incidente, la detención y procesamiento de Carromero y, por último, el juicio, los argumentos no parecen excesivamente consistentes.
Las primeras teorías que apuntaban a un accidente provocado por una especie de servicio secreto castrista, propagadas por los deudos de los opositores fallecidos, rápidamente quedaron en entredicho, en favor de la prosaica explicación de que el coche circulaba con exceso de velocidad en un tramo de carretera pésimo. No ayudó mucho que desde España se airease que Carromero acumulaba más de cuarenta multas de tráfico desde 2009, por las que pagó 3.700 euros, y que Tráfico tramitaba la retirada de su carné tras dejarle sin puntos.
Que la Fiscalía cubana lo acusase de homicidio por conducción imprudente tampoco puede considerarse un ensañamiento: todos los años el Consulado español de La Habana tiene que bregar con casos semejantes protagonizados por compatriotas. De hecho, Asuntos Exteriores recomienda en su web que, en prevención de desgracias, se contrate a un chófer para viajar por el interior de la isla. Lo del juicio es otra canción. En un país de libertad restringida como Cuba, esperar independencia es pedir peras al olmo.
Carromero fue condenado a cuatro años de cárcel de los siete que solicitaba la acusación. Paradójicamente, aunque dura, la pena despeja su horizonte. A la espera de que la sentencia sea firme, se abren para el joven cachorro popular dos opciones para regresar a España. La legislación cubana contempla la posibilidad de expulsar a un condenado, con lo que quedaría libre automáticamente; es la práctica más habitual en casos similares (de hecho, su familia confía en que esté de regreso en noviembre, a más tardar). Una segunda posibilidad pasa por que se aplique el convenio vigente entre Cuba y España para que cumpla la pena en casa. En todo caso, se descarta que Cuba exija a Carromero permanecer en prisión, aunque, para que así sea, es previsible que Castro obligue a engullir una buena cantidad de sapos a la diplomacia española, en danza desde el día del accidente.
A falta de que se esclarezca el futuro próximo de Carromero, se abre ya una incógnita sobre su destino a más largo plazo: queda por saber si el partido lo convertirá en símbolo o si lo defenestrará por el follón que ha montado. Sea como sea, lo importante, ahora, es que vuelva a casa.
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El juicio
Ángel Carromero conducía el coche en el que viajaban los disidentes cubanos Oswaldo Payá y Harold Cepero, y Jens Aron Modig, presidente de la Liga Juvenil Cristianodemócrata de Suecia. El vehículo se salió de la carretera cuando circulaba por La Gavina -cerca de la ciudad de Bayamo, a 700 kilómetros de la capital- y chocó contra un árbol. Payá y Cepero murieron, en tanto que Carromero y Modig sufrieron heridas de escasa importancia. Una vez recuperado, Modig abandonó la isla sin problemas.
Sus opciones
La Fiscalía cubana acusó a Carromero de homicidio por conducción imprudente, y pidió para él una pena de siete años de cárcel. Se refirió a él como "una persona francamente temeraria como conductor" que circulaba a 120 km/h en una zona en que la velocidad máxima permitida era de 60. El tribunal lo condenó a cuatro años de prisión.
Una vez la sentencia sea firme, Carromero tiene dos opciones para volver a España: que Cuba lo expulse directamente o que le permita cumplir la pena en casa. La posibilidad de que se le conceda un indulto es poco probable. En caso de que se negase a liberarlo, podría acceder al tercer grado penitenciario.
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Ángel Carromero. / Ismael Francisco (Efe)
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