REENCUENTRO
Una familia tolosarra se reencuentra con un sobrino al que perdió de vista durante la Guerra Civil gracias a una imagen publicada en este periódico

Carlos, con sus tíos Esteban y Victoriano, y el resto de su familia.
DV. Imagine que un día cualquiera abre el periódico con el gesto rutinario de cada mañana, pasa las páginas a golpe de titular y, de repente, su mirada se clava en una fotografía que en pocos minutos le cambia la vida. «Huy, ¡cómo se parece éste a mi hermano!», exclamó el pasado 14 de junio Esteban Larrayoz mientras leía un reportaje publicado en este diario sobre el homenaje que tributó la fundación Idi Ezkerra a los niños de la guerra guipuzcoanos. Sin salir de su asombro, el hombre repasó una y otra vez la cara de un señor entrado en años, ensombrecido en el papel por unas gafas de cristales ahumados. Era un rostro que se le hacía extrañamente familiar.
A Esteban no le falló la vista, lo que sí le faltó, a sus 85 años muy bien llevados, fue algo de tino en el árbol genealógico de la familia. Porque frente a él sonreía para la foto Carlos Larrayoz, que en realidad no es su hermano sino un sobrino al que había perdido de vista durante la Guerra Civil, cuando fue enviado a Francia con apenas dos años de vida.
El hombre llamó a voz en grito a Petra, su mujer. «Pues sí que es él», asintió ella al leer su nombre entre la lista de homenajeados. Toda la casa se volvió «loca de alegría» con la noticia. Aquel chaval que escapaba de la guerra en mayo de 1937 junto a su hermana y su madre seguía con vida, afincado en Saint Eloy les Mines, un municipio de apenas 5.000 habitantes cerca de Clermont-Ferrand. Era el único superviviente de la familia Larrayoz-Tome que había partido hacia el exilio.
Semanas después de aquel descubrimiento vital, Esteban intenta recrear sus sensaciones desde su casa de Tolosa y al contarlo, salta de un recuerdo a otro, como si viviera desde entonces en una montaña rusa de emociones que seguro tardarán en borrarse de su mente. «La última vez que supe de ellos fue en 1946. La madre de Carlos vino a pasar unos días a Tolosa con su nuevo marido. Se quedó viuda de mi hermano, que murió en la guerra con sólo 29 años. Pero a Carlos no volví a verle nunca más», relata con aflicción.
¿Cómo es posible que una familia haya estado separada setenta años y nunca se hayan visto? ¿Por qué nunca tuvieron noticias del exilio? «La guerra, la maldita guerra», responde tajante Estaban.
La de la familia Larrayoz es una de esas historias que parecen sacadas de una película en blanco y negro, un periplo salpicado de amargura bélica, separaciones forzosas, muerte, supervivencia y reencuentros. Como el de Carlos con sus familiares de Tolosa.
Ese guión dramático empezó a escribirse a finales de mayo de 1937, cuando el pequeño Carlos, entonces un niño de año y medio, su madre, Nathalie Tome; su abuela, Joaquina Alfajeme; sus dos tías maternas, Antonia y Carmen; y su hermana Pilar embarcaban en La Habana, uno de los buques que evacuaban a niños y mujeres hacia Francia desde el puerto de Santurtzi, tras la ofensiva del ejército nacional sobre Vizcaya. «No, yo no recuerdo nada de aquello», suspira Carlos a través del hilo telefónico.
Aquel éxodo masivo, que llevó al país vecino a 32.000 niños sólo entre 1937 y 1938, partió en dos a la familia Larrayoz-Tome. En tierra quedaron los hombres, con Benito Larrayoz como cabeza de familia. Esteban, el culpable del reencuentro, era el pequeño de aquella extensa prole de nueve hermanos, por eso apenas conoció a Benito, el mayor de todos ellos fallecido en mayo de 1937 dentro del bando republicano, y las pocas imágenes que guarda nacen de historias y viejas fotografías que más tarde heredó.
Y mientras la mitad de su familia se asentaba a marchas forzadas en el exilio, Esteban modelaba su vida en Tolosa. Allí creció, trabajó y conoció a su mujer con la que ya ha cumplido 61 años de matrimonio. «Ahí es nada», suelta con sorna. Pero ni él ni sus hermanos Victoriano, de 91 años y Antonia, también nonagenaria, tuvieron nunca noticias de su sobrino Carlos. Hasta el pasado domingo 15 de junio.
En Bilbao
Aquel fin de semana, Esteban y su familia movieron cielo y tierra para dar con el sobrino resucitado, que continuaba su periplo por Euskadi sin presagiar lo que le aguardaba al día siguiente. «No sabes la que montamos», dice Esteban entre carcajadas. Fue la jueza tolosarra Garbiñe Biurrun, que participaba en un segundo homenaje a los exiliados en el palacio Euskalduna, quien les puso sobre la mejor pista: el hotel de Bilbao donde se alojaban los homenajeados por unas horas más.
El plan para el reencuentro se urdió en casa de los Larrayoz el domingo a mediodía. Y a las cuatro de la tarde, ya emprendían el viaje en dos coches. «Toda la familia se metió en el ajo», cuenta siempre sonriente.
El GPS les guió sin problemas hasta las puertas del edificio. «Eran ya las cinco pasadas. Yo ya andaba mosca y lo único que teníamos para reconocerle era la foto del periódico». Esteban se plantó en la puerta del hotel, baldosa arriba baldosa abajo como en la sala de espera de un hospital. Mientras, la familia establecía el puesto vigía en una cafetería contigua. Pasaron los minutos. Un cuarto de hora. Media hora. Hasta que asomó por la acera esa cara tan familiar que le había llamado la atención en el periódico.
- ¿Tú cómo te apellidas?, le abordó sin dilación Esteban.
- Larrayoz, contestó Carlos con marcado acento francés.
- Pues yo soy tu tío, le respondió Esteban henchido de orgullo.
Carlos no entendió esas palabras, pero el abrazo surgió espontáneo. También se escaparon lágrimas. «Es que tenía muchas ganas de verle -dice Esteban como excusándose de la emoción-. No sabíamos si había muerto o si seguía vivo, ni dónde estaba, ni qué vida había llevado. Tengo una foto de familia en la que salen mis padres y mis hermanos que he repartido a mis hijos y nietos para que recuerden a su familia. A Carlos también se la quería dar antes de... Ya sabes. No sé por qué, pero eso me ha reconfortado».
Carlos, evidentemente, siguió esos primeros minutos sumido en el más profundo de los asombros. «Fue raro. De repente se me acerca un hombre y me dice que es mi tío. Yo no hablo castellano y él no habla francés. Tuvimos suerte porque una chica de la organización nos hizo de traductora», cuenta.
La hora de partida se presentó rápido, pero a todos les dio tiempo de ponerse al día, de descubrir que Carlos había viajado en un par de ocasiones hasta su localidad natal, Tolosa, disfrazado de turista, de reír con el buen humor de Esteban, de fotografiarse todos juntos -las mujeres con claveles rojos en las manos-, de llorar con el recuerdo de los familiares difuntos, de anotar las direcciones para cartearse, de prometer un próximo reencuentro y de sellar con cariño el final de una historia que les ha mantenido durante años tan lejos, ahora tan cerca. aldaz





