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RSS | ed. impresa | Regístrate | 5 septiembre 2008

Opinión

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E l positivo de Ricardo Riccó, unido a la retirada del equipo Saunier Duval y los casos de presunto dopaje de los corredores Moisés Dueñas y Manuel Beltrán, representan otro duro golpe para el Tour y un deporte, que sufren una nueva erosión de su credibilidad. El ciclismo profesional y la práctica deportiva de alta competición están viéndose sacudidos una y otra vez por presuntos casos de dopaje, cuyo descubrimiento, lejos de anunciar el final de la utilización fraudulenta de métodos que incrementan el rendimiento deportivo, resulta casi premonitorio de nuevos escándalos futuros. La persistencia de este tipo de comportamientos tiene que ver, sin duda, con la profesionalización del deporte y, sobre todo, con la conversión de determinadas pruebas y competiciones en un negocio con sustanciales intereses económicos. La épica deportiva se mide ya en términos de audiencias y de rentabilidad. Y es ésta una ley que se apodera de la voluntad del deportista hasta el punto de que le empuja al absurdo de jugárselo al todo o nada.
El deporte necesita generar beneficios para sostenerse y sostener a quienes participan en la competición. Defender lo contrario sería demagógico. Pero de una adecuada gestión de los intereses en juego dependerá en gran medida que se rebaje también la presión o el interés por doparse o por mantener todo un circuito comercial del fraude. En este sentido, resulta imprescindible que el consenso médico y científico se vuelva más activo contra quienes hacen un uso tan censurable de sus conocimientos, poniendo en riesgo la salud de sus clientes deportistas. Siempre será mejor que el deporte organizado se responsabilice de regular y garantizar una práctica sana del mismo. Sin embargo, no parece que esta alternativa sea suficiente. En una cuestión tan delicada, y siempre primando el respeto que merece la presunción de inocencia sobre cualquier persona afectada por un caso de presunto dopaje, resulta indispensable afirmar que son los ciclistas, junto a sus responsables médicos y técnicos, quienes deben asumir la responsabilidad primordial en la lucha contra cualquier práctica fraudulenta de dopaje, porque son los más interesados en erradicar este tipo de comportamientos, que ponen en serio peligro la supervivencia de un gran deporte, que es al mismo tiempo su sustento profesional.

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