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RSS | ed. impresa | Regístrate | 6 septiembre 2008

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Nostalgia de lo pintoresco
Esta columna podría empezar como Historia de dos ciudades, de Dickens: «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos». Es el mejor de los tiempos porque nunca estuvimos mejor alimentados, vestidos y aseados, tuvimos mayor esperanza de envejecer, la educación pública gozó de tal extensión, ni el afán de justicia fue tan universal.
Pero es el peor de los tiempos porque la estandarización de las formas de vida nos está empobreciendo hasta extremos patéticos. El jardín de las delicias en el que habitamos parece como recubierto por una capa de ceniza, por una monótona grisura. Salgamos al exterior: nuestras calles son más limpias, más ordenadas, acaso más seguras... pero su insulsez es descorazonadora. Hoy, todo es previsible en la ciudad occidental.
El vasco-parisino Charles Yriarte lo evocaba hace ya un siglo: «Los ingenieros llegaron, y la Corte de los Milagros fue expropiada por causa de utilidad pública. Adiós a la alegría de nuestras plazas, adiós a los trajes abigarrados, las canciones extrañas, los dentistas al aire libre, los músicos ambulantes, los filósofos, los malabaristas, los estrafalarios, los visionarios, los zanfonistas, las floristas. Os juro, señores concejales, que París se aburre. Sufre la nostalgia de lo pintoresco».
Si usted también padece esta nostalgia, le recetaré una página web que acaba de crear la Diputación Foral de Gipuzkoa donde se reúnen más de 150 antiguos oficios recopilados con laborioso acierto por el economista y etnógrafo debarra Carmelo Urdangarín. Por www.oficiostradicionales.net desfilan fabricantes ambulantes de fideos, paragüeros, mamadores (técnicos en la succión de la leche de las puérperas), areneros, montadores de toricos de ruedas, campaneros, elaboradores de lejía, serenos...
No es que el modus vivendi de aquella gente tenga mucho de envidiable, ni que el consumidor haya salido perdiendo con la desaparición de tantas ocupaciones absorbidas por la técnica o laminadas por el triunfo del usar-y-tirar. Pero lo cierto es que aún se escucha a los mayores evocar con emoción a León Salvador, el último gran charlatán de feria, y que los no tan mayores sentimos que desde que se fue Txantxillo aquí todos parecemos figuritas de troquel. Y así un poco por todas partes.
Pensemos que, antes, la gente se pasaba el día asomada a la calle por donde transitaba el recogedor de colillas, el cruzador de charcos y el voceador de prensa, el viático y el atorrante, las mundanas, las cerilleras y los dandis, el buhonero y el fotógrafo. Ahora, en cambio, miradores y balcones sirven nada más que para apilar trastos. Porque muy poco interesante hay de ver.
Ya digo, es el mejor de los tiempos, es el peor de los tiempos...

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