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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Opinión

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En memoria de Henrike Knörr, liberal y humanista

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En ocasión muy reciente Henrike nos manifestaba que le gustaría conocer la zona del monte Ventoux en Provenza. Pensaba, claro, en la mítica montaña de Petrarca y del Tour de France. Ya no podrá realizar esta ascensión pero sí efectuó otras muchas en compañía de familiares y amigos.
En las necrologías y artículos publicados estos días se insiste en el acendrado vasquismo -con lucha antifranquista incluida-, en su carrera y docencia universitarias, en sus trabajos de filología vasca, así como en su labor en Euskaltzaindia o en la sociedad Landazuri de la que fue iniciador y principal impulsor. A través de estas y otras actividades político-culturales muchos compañeros de claustro, lectores de periódicos de aquí y de allá, paisanos y extraños guardarán la imagen de un Henrike nacionalista vasco, vascólogo, hombre culto, educado y afable. Esta imagen pública es indiscutible pero reductora. Henrike era mucho más que todo eso: el humanismo era un rasgo fundamental de su personalidad, y este aspecto debemos subrayarlo porque vivimos en un país ensimismado donde se cuelgan etiquetas, cuando no sanbenitos.
El humanismo de Marsilio Ficino, Erasmo y Montaigne forma parte de los programas escolares de historia en Europa aunque es dudoso que este componente del espíritu universal europeo haya calado hondo en la sociedad vasca donde, en demasiados casos, las pasiones tribales privilegian lo visceral en detrimento de lo racional. El eco del humanismo no resonó fuerte entre nosotros, algo nos tocó de la ilustración y del liberalismo que, recientemente, quedaron anulados por catecismos nacionalistas y marxistas. Conviene recordar aquí que Henrike Knörr entronca de alguna manera con el vasquismo liberal fuerista del siglo XIX, publicó textos en este sentido y mantuvo una copiosa correspondencia con José Miguel de Azaola. En su intento de adaptar el fuerismo liberal a nuestra época, para encontrar así una solución al problema vasco, nadaban contra corriente.
Koldo Mitxelena, su maestro, quien lo introdujo en la universidad del País Vasco, decía que antes que vasco era hombre. Siguiendo el ejemplo Henrike fue también hombre: hombre tolerante, universal y vasco.
Henrike era extremadamente abierto de espíritu y altruista. Generoso con sus amigos, por supuesto, pero también con toda clase de personas que se acercaban a él, por ejemplo, en demanda de una pesquisa sobre el origen o la etimología de su apellido. Alguna vez le comentábamos que ni nosotros, ni tampoco los demás, merecíamos ni merecían que perdiese su precioso tiempo. Pero a Henrike -y eso lo sabe muy bien su mujer Txari- era imposible cambiarlo.
Las discusiones de historia, filosofía, o literatura eran uno de sus placeres favoritos y organizaba excursiones o banquetes para intercambiar puntos de vista, para admirar un paisaje, para compartir. ¡Qué admirable agitador cultural! El solía bromear sobre su agencia de viajes. Y ¡qué decir de su asesoramiento en materia de libros! Imaginamos ahora a Henrike subiendo los escalones que llevan a una gran biblioteca. En esta escala del saber ha llegado al último peldaño, aquél al que muy pocos acceden y en el que reina la concordia, la paz y la armonía de los platónicos griegos. Francesco Petrarca que escribía tanto en latín como en italiano, dos lenguas que Henrike amaba y practicaba, dejó escrito: «un bel morir tutta una vita onora». Daremos vuelta a la frase del poeta recordando a nuestro amigo y diremos que un «un bel vivere» enaltece toda una vida. Y, ciertamente, la vida de Henrike fue hermosa: amor, familia, amistad, universidad y universalismo.

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