Siempre me revelaré ante la incapacidad de los dirigentes guipuzcoanos para hacer de nuestra provincia un lugar pujante, moderno y competitivo. Las discrepancias políticas sobre infraestructuras, sobre políticas sociales, estrategias de desarrollo o formas de entender o incluso sentir nuestra sociedad son, además de legítimas, necesarias. Aportan un reflejo de la complejidad de cualquier comunidad y lejos de ser algo «malo», pueden dar un resultado mejor que la ausencia de esos debates.
Pero una cosa es debatir, dialogar, y confrontar opiniones, y otra es marear la perdiz hasta llegar al hastío y la parálisis. Y eso precisamente, parálisis, es lo que pasa en Gipuzkoa. Aquí los debates son eternos y la ausencia de decisiones importantes, también. La incapacidad de liderazgo es endémica, y el nivel de gestión, salvando alguna honrosa excepción, mediocre.
Ahora asistimos al lógico proceso de negociación para la configuración del gobierno en la Diputación Foral. En el centro del debate no están nuestros grandes retos y oportunidades, sino que una vez más, el centro del debate lo protagoniza el reparto del poder, como un fin en sí mismo. Lo mismo que el diálogo no es un fin, si no una herramienta, con el poder sucede lo mismo. Aún no sabemos qué es lo que pretenden hacer PNV, EA ni PSE con el poder que aspiran alcanzar o revalidar. Aún no sabemos qué pretenden y qué planes tienen para el aeropuerto, para el Puerto de Pasajes y la renovación urbana de su entorno; aún no sabemos qué políticas sociales quieren desarrollar; como tampoco sabemos cómo pretenden mejorar nuestras carreteras y minimizar el tráfico-calvario que soportamos día sí y día también los quipuzcoanos.
Siempre he creído que copiar no es malo, siempre que se copie lo bueno de otros lugares. El recurso a la comparación con Bilbao y Vizcaya, el recurso de la comparación con Vitoria es recurrente, pero siempre esclarecedor. Son ciudades donde hay metro, tranvías, inversiones multimillonarias en puertos y museos, en carreteras, en modernización de infraestructuras; donde los debates no son eternos y donde se toman decisiones. Los guipuzcoanos, o al menos muchos de nosotros, miramos con cierta envidia cómo en otros lugares la sociedad avanza y sus gobiernos ofrecen a los ciudadanos soluciones y alternativas.
El mercadeo político, convertir las negociaciones en un bazar donde se cambian incineradoras, puertos o museos por cargos de libre designación, además de insistir en el «más de lo mismo», hace más grande aún la distancia que los políticos adquieren de los ciudadanos.
Mi compromiso como presidenta del Partido Popular de Gipuzkoa siempre será el de poner a Gipuzkoa donde se merece; hacer de nuestro Territorio Histórico un lugar que pase de mirar con admiración y cierta envidia a otros lugares, a una tierra que sea admirada por su pujanza. Todos y cada uno de los concejales del Partido Popular de Gipuzkoa, todos y cada uno de nuestros junteros, parlamentarios vascos y diputado nacional están y estarán en ello, aunque nuestro trabajo sea difícil, aunque llegar a muchos lugares resulte incluso peligroso, porque creemos en esta tierra y porque, nos hemos dejado mucho en ello.