ZARAUTZ. DV. Una familia rota por la situación política vasca, con un hermano amenazado por ETA y otro abertzale hasta la médula; los jóvenes hijos de ambos, con miradas muy distintas sobre las vidas de sus padres; la pelota como símbolo de esa familia y de su país; y el paísaje del País Vasco «que es un personaje más», son algunos de los elementos que forman La casa de mi padre. El primer largometraje del donostiarra Gorka Merchán se rueda estos días en distintas localidades de Gipuzkoa, con Carmelo Gómez y Juan José Ballesta, que han tenido que aprender a jugar a pelota y numerosas frases en euskera; y con Emma Suárez y Verónica Echegui, que ha desarrollado un asombroso acento argentino.
«Todo el mundo tiene una razón para hacer lo que hace, por muy rara o lejana que nos parezca», explica el director Gorka Merchán. «Yo creo que hay que intentar comprender, que no es lo mismo que compartir. He intentado comprender qué es lo que le ocurre a todo el mundo aquí, y contar las cosas de la manera más equidistante posible. Pero lo que me importa son los sentimientos, más que la política. El dolor no debe ser privatizado por nadie, aunque sí hay ciertas personas que utilizan el dolor en su beneficio, cosa que me parece horrible. Yo intento poner sobre la mesa todas las circunstancias y sentimientos que envuelven a la familia Garai», añade Merchán.
Y en la familia Garai están Txomin (Carmelo Gómez), que por estar amenazado tuvo que emigrar a Argentina junto a su mujer Blanca (Emma Suárez) y su hija Sara (Verónica Echegui); y su hermano Koldo, que se está muriendo y encarga a Txomin que se ocupe de su hijo Gaizka, un joven abertzale. El regreso de Txomin y su familia al País Vasco revive las tensiones familiares, pero la pelota ayudará a crear un diálogo entre Txomin y Gaizka.
«En realidad es una historia de amor, todo el mundo hace lo que hace por amor. Blanca viene a una tierra que le causa sufrimiento por amor a su familia; Txomin ayuda a Gaizka por amor a su familia y a su tierra; Gaikza cambia porque se da cuenta de que lo que importa son las personas, no las banderas ni los partidos políticos a los que están afiliados. Es un chaval que se da cuenta de que el camino de la violencia sólo engendra violencia».
En ese espectro de actitudes también está Ane (Irene Bau), la madre de Gaizka: «Ella tiene sus motivaciones para actuar como actúa, a ella le rompieron la cara cuando era joven por hablar euskera, que es una circunstancia real que le pasó a mi padre. Y luego está el personaje de Bittor, que no sale más que en fotos, pero es muy importante en la evolución de Gaizka. Fue un miembro de ETA y lo mataron torturándolo en la cárcel. Y esas cosas pasan también. En ese sentido entiendo a Ana, aunque no comparto su forma de encauzar ese entorno en el que ha vivido».
Amor y odio a la tierra
Muy distinta es la reacción de un personaje como Blanca, que al regresar a la tierra que tuvo que abandonar, «siente una mezcla de amor y odio, que es algo que me he encontrado en muchas personas a las que he entrevistado. Tienen una necesidad de tener contacto con su tierra, pero eso les hace ser conscientes de su situación tan dolorosa como amenazados. He hecho mucho trabajo de campo, he hablado con mucha gente relacionada con las circunstancias que han hecho que tantas familias hayan quedado rotas en esta tierra maravillosa que tenemos. He estado con políticos, empresarios, con familiares de personas asesinadas por ETA, y con familiares de miembros de ETA.».
El título La casa de mi padre hace referencia al poema de Gabriel Aresti: «Indica que todos venimos del lugar donde nos hemos criado. Y si te has criado con un padre abertzale cien por cien, y con una madre que odia tanto al Estado español, porque tiene sus motivos, es normal que surja un personaje como Gaizka. El problema es que ese odio se encauce hacia la violencia y eso es siempre un error», dice Merchán.
El proyecto nació cuando Merchán preparaba otra historia con Michel Gaztambide. «Pero hubo un momento en que no me podía seguir ayudando y me recomendó a Iñaki Mendiguren. A mí siempre me ha gustado escribir con otra persona, me ayuda a trabajar más y mejor. Leí la primera versión de La casa de mi padre y me enamoré de esta historia. Y nos pusimos a trabajar juntos. El guión lo ha parido él, y lo hemos criado los dos», explica Merchán, cuya mayor obsesión es que «todo sea muy real y creíble».
Después de tres semanas rodando en Pasajes San Juan y Hondarribia, estos días Merchán ha filmado en el cementerio de Zarautz. El rodaje continuará durante cuatro semanas más en Hernani y Tolosa. «Hemos hecho un pueblo ficticio sumando algunos de los sitios más bonitos de Gipuzkoa. Es increíble lo bien que nos ha tratado la gente, nadie ha protestado aunque hicieramos ruido por la noche».