Sábado, 23 de junio de 2007
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EDICIÓN IMPRESA

ANÁLISIS
BUT WE LIKE THEM
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* Fernando del Val Sanz (29 años). Estudios de Música y licenciado en Periodismo. Ha trabajado en radio y como articulista en prensa escrita. En el campo literario ha publicado el poemario Amanecer en Damasco y espera la publicación en breve de su segunda obra. Entre sus galardones figuran el Ateneo de Poesía Ciudad de Valladolid o el Gustavo Martín Garzo de relato corto.

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Dijo Truman Capote que Mick Jagger (26/07/1943) sobre las tablas se movía como una mezcla de majorete y de Fred Astaire. Si los Stones son mucho más que un grupo, Jagger también es mucho más que un frontman al uso. Caballero del Imperio Británico, lidera una banda en la que todos y cada uno de sus miembros se revelan imprescindibles. Todavía no somos conscientes de la fortuna que supondrá ver a Ron Wood, Charlie Watts, Keith Richards y al propio Jagger subidos a una tarima cósmica sobre el césped del estadio Anoeta.

Si el 'rock' se ha convertido en la expresión cultural más importante de la segunda mitad del siglo veinte es gracias, sobre todo, a la chispa que alimentaron ellos. El grupo británico tomó el testigo de Elvis -"Antes de Elvis no había nada", llegó a declarar John Lennon- para trascender todo contexto musical y convertirlo -convertirse- en un indudable fenómeno sociológico. Los Stones han representado, mejor que nadie, la versatilidad de un género promiscuo y bastardo, que bebe de las fuentes del 'blues', se roza con el 'jazz', coquetea con el pop, tiene asumido el 'reggae', Pero que nunca abandona la fiereza eléctrica y las contundentes bases rítmicas que lo caracterizan. Mutadas en piezas que van desde ofertorios barrocos -'You can´t always get what you want'- hasta trepidantes secuencias de 'garaje' -'Too tight'-.

La increíble y manifiesta perdurabilidad y el éxito al por mayor de los que siguen tirando los Stones como renos incansables no es sólo atribuible a sus mágicos ritmos sincopados, a sus acordes en quinta y en séptima, a su 'pentatónica' exprimida hasta parecer 'septatónica' o 'heptatónica' y a todo el arsenal de recursos técnicos y sonoros presentes en su obra: 'slide', 'bottleneck', frases con notas dobles y desplazamiento, 'pedal steel', etcétera, etcétera.

Basta echar un vistazo a algunas letras de canción para darse cuenta de que el talento 'stone' excede lo estrictamente musical para dar en lo literario. Recorrer sus textos supone un paseo desde el Everest -'Sympathy for the devil' es una de las mejores canciones jamás escritas- a geografías por debajo del nivel del mar -la descarada y banal 'She´s my little rock and roll'-. Y todo sin solución de continuidad. En el camino se suelen dar cita lo urbano -'Star, star'-, los ajustes de cuentas amorosos, tan literarios ellos -'Under my thumb'-, el lamento hedonista -'Always suffering'- y la confusión de sentimientos -'Mixed emotions'-. Que ello no despiste al oyente de estrofas realmente elaboradas: algunas, inspiradas en pasajes bíblicos, como es el caso de 'Shine a light' o el de 'Saint of me'.

Política

Mención especial merece su posicionamiento político. Sin necesidad de complicarse la vida, siendo conscientes de su privilegiada posición, no han desaprovechado la oportunidad de criticar las consecuencias sociales de ciertas maneras de ejercer el poder. A pesar de dormir en camas propias del monte Olimpo nunca han sido insensibles a la realidad que los ha rodeado. Y no se trata de jugadas preestablecidas por la mercadotecnia. Ciñéndonos a sus dardos, casi siempre la derecha política ha sido el blanco de su diana. Sus letras más contestatarias han tenido siempre como protagonista al gobierno de Estados Unidos, asumiendo la censura que ello les pudiese acarrear. Mentemos tres ejemplos. 'Street fighting man' -1968-, contra la invasión en Vietnam; 'Highwire' -1991-, contra los bombardeos en el Golfo Pérsico a principios de los noventa; y la reciente 'Sweet neocon' -2005-, dedicada irónicamente a Condolezza Rice y, por extensión, a la condición ética neoliberal. Finos retratos sicológicos comparables en la pintura a los realizados por Lautrec o en la literatura por Pío Baroja.

Para no dormirse en pajas de laurel, los Stones renuevan permanentemente el 'set list'. Cada noche difiere de la anterior en cuatro o cinco temas. Tienen ensayados más de un centenar. Finalmente tocan diecinueve o veinte. Si la ocasión lo merece, rara vez, veintiuno. Total, alrededor de dos horas. Y parece mentira lo bien que suenan. En todo momento es perceptible lo que cada cual está interpretando: todas las notas, todos los arreglos. Lo que tocan ellos más lo que toca la lujosa banda de acompañamiento que los arropa. En parte, es de reconocer, gracias a los ingenieros de sonido que llevan de gira. Pero sin trampa ni cartón, Stones cien por cien, tocando sin concesiones, como lo hacían en el Marquee.

La fuerza social del 'rock'

Melodías envolventes, bases musicales pegadizas y letras punzantes con las que el personal se fustiga a placer. Con ellos 'rock' trascendió la radiofórmula, dejó de ser mero lenguaje musical para convertirse en lenguaje social. Esta fuerza es la que lo separa del pop, asimilado por el sistema. Por eso musicazos flamencos de la talla de Mercé o de Enrique Morente confiesan que lo que de verdad les hubiese gustado es poder hacer 'rock'. Como curiosidad, el maestro Paco de Lucía admite que son lo que más le gusta fuera del flamenco.

Igual que ocurriese gracias a los Beatles, los Stones también sirvieron en nuestro país para que mucha gente 'aprendiera' inglés o sintiera interés al menos por la lengua de Shakespeare. En décadas en las que, como retrata Gustavo Martín Garzo en 'Mi querida Eva', lo único que se oía era francés, con películas dobladas y un poco de canción italiana, el inglés "tenía una fonética casi tan desconocida como la del más exótico de los idiomas". Aquel contexto es en el que se iban traduciendo de manera más o menos propia 'Ruby Tuesday' o 'Jumping Jack Flash'.

Aprendiendo inglés de forma, a menudo, tan literal, claro: llegaban las confusiones. Dos ejemplos: 'sympathy for the devil' quiere decir 'compasión por el diablo', y no 'simpatía'; el propio nombre del grupo no significa 'cantos rodados', tal como muchos creyeron durante años -y siguen creyendo-, sino 'balas perdidas'. Cosas del idioma, no obstante, Sus Satánicas Majestades superaron también esta barrera. Cuando actuaron por vez primera en España, en 1976, lo hicieron en un país en estado de emergencia y con las entradas a precios inasequibles. El equipo de sonido, diseñado íntegramente por la agencia espacial estadounidense Nasa, hizo que el público escuchara un directo tan limpio como si procediera de una grabación en estudio. Tan limpio y a la vez, por supuesto, tan sucio, con el 'reverb' de las guitarras a tope.

En definitiva, los Stones son una orquesta que, aun desafinada algunas noches, sigue mejorando año a año sus propias partituras, sabiamente guardadas en barrica. Cada noche es única. Estos mitos vivientes son personajes que han cambiado el rumbo de la Historia siendo protagonistas de ella. Nadie les contó el siglo veinte: lo vivieron en primera persona antes de decorar las portadas de las enciclopedias. Y aunque parezca hiperbólico no es menos cierto: los Rolling Stones han hecho del mundo un lugar mejor. Su rebeldía ha acompañado ya a varias generaciones. Con ellos tendremos la fortuna infinita de convivir dos horas en un mismo recinto. La banda más potente, más importante, más influyente, más grande, más todo, de la Historia hace parada en San Sebastián. Los cimientos del estadio Anoeta temblarán de emoción para ponerse en pie después, una vez salgan al escenario.

Todas las circunstancias personales y no personales hacen de esta cita un momento muy especial. Si atendemos a las leyes naturales -y a los años en barbecho que suelen dejar entre disco y disco-, no quedan muchos años de Rolling Stones. La próxima gira -de existir- los pillaría rondando la 'setentena'. Aquello que empezó a lo tonto y a lo bobo en 1962 -año en el que dieron su primer concierto- tiene ya ¿cuarenta y cinco! años de vida. Los Stones son una ración de verdad en los fogones de un mundo falto de certezas. Su probada autenticidad hace que ni los movimientos de culo de Jagger sean impostados: como Raphael, aunque pueda creerse lo contrario, tampoco es un artista de espejo. En todo caso, el único cristal en el que se mira es la inmensa platea de hierba que componen los estadios de fútbol más grandes del mundo. Ningún equipo, ninguna selección, ha pisado tantos céspedes como ellos. Ni de lejos. Tampoco, ninguno de ellos ha despertado tantas emociones. Señoras y señores, el 23 de junio de 2007, fecha ya para el recuerdo, The Rolling Stones en San Sebastián.

 
Vocento

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