Jueves, 14 de junio de 2007
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Ciudadanos contra la violencia
Casi resulta obligado referirse a ETA en este comentario. Se acabó la tregua. Se acabó la tranquilidad. Se acabó lo mejor. Comienza la amenaza. Ya están aquí el miedo y la cautela. Los otros ya no son ciudadanos que me caen más o menos bien; los otros no sólo tienen posiciones políticas contrarias a las mías; los otros son mis enemigos.

La violencia en política tiene esta consecuencia inmediata: convierte a quienes la ejercen o la justifican en personas que sólo conocen dos palabras: seguidores y enemigos.

Una vez elegida la vuelta a la violencia, ya no cabe evitar sus consecuencias: o fidelidad ciega, o enemistad visceral, o silencio. Me interesa sobre todo lo del silencio. Poco antes del alto el fuego, allá por marzo del año pasado, la sociedad civil vasca, toda la gente de a pie -usted, usted y yo-, en mil lugares distintos, hervía contra la violencia. Encargamos a la política que diera con una salida razonablemente justa. No ha sido posible. Habrá que ver los porqués e intentarlo de nuevo en su momento.

Pero lo que nos corresponde ahora es volver a tomar la calle para la sociedad civil y hacer de ella un clamor contra la violencia de ETA. Palpo en el ambiente, más que miedo o desesperanza, hartazgo de la gente contra ETA y sus pretensiones de dirigirnos como pueblo.

Su comunicado final, que nadie piense que es un texto estúpido o desquiciado. No, no es así; a mi juicio está hecho por gente que cuida las formas; más parece el lenguaje de un movimiento cívico que el de una organización militar. Pero hay algo que me parece definitivo, y es ver cómo, tras ese lenguaje refinado, nos ven como un pueblo que les debe agradecimiento a sus servicios, obediencia a sus encargos y sacrificio personal en aras del bien de la causa. Toda una religión nacional trasnochada, en la que ellos ejercen de pontífices de una verdad superior, la de Euskal Herria, que los demás debemos obedecer y, ante el asesinato, callar. Increíble pero cierto.

Pues bien, no habrá tal silencio, porque la inmensa mayoría de los vascos ya no tiene tanto miedo de ETA como en el pasado. Tras la barbarie y las dimensiones del atentado de Al-Qaida en Madrid, el terrorismo de ETA asusta a las personas, como individuos, pero no a la sociedad como colectivo. Es ya imposible que ETA nos asuste a todos y nos haga cambiar de opinión. Creo, en este sentido, que ETA no tiene futuro.

Nos puede hacer sufrir, pero son el pasado. Otra cosa es la izquierda abertzale y lo que pueda suponer en el conjunto de la sociedad vasca; y dónde y cuánto representa sin el amparo de la violencia. Eso se verá por fin un día. Porque al final, sin duda, todas vendrán a la sola política. Pero los días de ETA, los días de su influencia social decisiva, han pasado.

La calle, la ciudad, la opinión pública ya son «nuestras». Son de quienes ni temen, ni odian a sus adversarios políticos, ni callan ante sus amenazas. Deberían recorrer su «querido» país y hacerse cargo de que la inmensa mayoría de la gente no quiere su violencia y de que, poco a poco, ya ni los teme. ETA es ya nuestro pasado. Pero, ¿cómo pueden tardar tanto en verlo!

 
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