Puede que algún día no muy lejano, los tranvías vuelvan a surcar las calles de San Sebastián. De momento, la ciudad no ha olvidado ni enterrado los recuerdos de aquellos trenes urbanos que, durante la primera mitad del siglo XX, monopolizaron el transporte público. Han pasado más de cincuenta años desde su desaparición pero algunos edificios de la Bella Easo se resisten a perder aquellas insignias que recuerdan que, por allí, discurría una línea de tranvía.
Bastará un paseo por el área romántica de la capital guipuzcoana para comprobarlo. Ello, un ojo avizor y una pequeña dosis de paciencia es más que suficiente para dar con los numerosos rosetones de anclaje que lucen las fachadas del centro de San Sebastián. ¿Y qué son los citados rosetones? Se trata de las piezas que sostenían el cableado de la línea en aquellos lugares en los que no había postes. Gracias a estos aparatos, era posible que la telaraña de hilo de cobre que conducía la electricidad se sostuviera en el aire, a unos seis metros de altura. Rosetones hay unos cuantos en las calles de la ciudad. No son estéticamente bellos, ni tienen la capacidad de hacernos viajar a un tiempo pasado pero los cachivaches en cuestión tienen el atractivo de la supervivencia: tras medio siglo de desuso siguen ahí, olvidados, oxidados y esperando a ser retirados en sucesivas obras de restauración. Prácticamente, todas las calles del ensanche Cortázar por las que discurrió el antiguo tranvía -y el hijo de éste, es decir, el trolebús- cuentan con unos cuantos rosetones. Así, levante la vista en la calle Urbieta con San Marcial, fije la mirada en el edificio grisáceo a la altura del primer piso y verá uno junto a un cajetín amarillo de una alarma. Lo mismo ocurrirá en Prim con Moraza, en Fuenterrabía a la altura del número 9 o en San Martín con Loyola, sobre los arcos de los soportales que se hallan frente a la catedral del Buen Pastor: allí mismo veremos tres ejemplares de rosetones, todavía con restos de filamentos metálicos.
El poste que feneció
Estos maltrechos artilugios no son las únicas cicatrices que el tranvía dejó. Hasta hace apenas cuatro años, en la Avenida de Ategorrieta se mantenía incólume al paso del tiempo un poste de madera de la línea que unía San Sebastián con Errenteria. Se encontraba situado a la altura de las antiguas cocheras pero las recientes remodelaciones urbanísticas de la zona provocaron que el fetiche pasara a mejor vida y acabara sus días en una escombrera. Él fue el último de todo un ejército de postes que, antaño, pobló la ciudad.
Para conocer más detalles sobre estas reliquias urbanas nos pusimos en contacto con Juanjo Olaizola Elordi, Director del Museo Vasco del Ferrocarril en Azpeitia y apasionado erudito en todo lo relacionado con raíles, vagones y catenarias. Él nos confirmó la finalidad de los rosetones y arrojó algo más de luz sobre los tranvías eléctricos que funcionaron en San Sebastián. «Había dos formas de sostener el tendido de cables: con postes o con rosetones. Siempre que se podía, se recurría a lo segundo por cuestiones de economía y estética. En otras zonas de la ciudad, en el paseo de la Concha, por ejemplo, no había más remedio que utilizar postes de fundición pues no había edificios y había que mantener las apariencias. En el extrarradio, en cambio, los mástiles utilizados eran de madera, más modestos». En la primera mitad del siglo XX, por San Sebastián no sólo discurrieron tranvías sino también ferrocarriles, como en el caso del que unía la capital con Hernani o el que llegaba a la Frontera con Francia, popularmente conocido como el Topo. Ambos trenes tenían parada en la plaza de Gipuzkoa, como prueban los rosetones que sobreviven en Churruca con Andia y en Peñaflorida con Elcano. «Estaban al cargo de la SEFT, la Sociedad Explotadora de Ferrocarriles y Tranvías, aunque algunos se referían a ella como 'Se Espera Fuerte Trompazo' por el mal estado en el que se encontraban los vehículos», recuerda Juanjo Olaizola. Lo que no ha llegado hasta nuestros días son los rieles por los que circulaban los vagones. Muchos de ellos fueron arrancados con la llegada de los trolebuses y otros, en cambio, fueron soterrados, de ahí que, seguramente, bajo el asfalto que pisamos, descanse más de una vía de acero. «No es raro que, durante una obra, aparezcan restos del antiguo trazado. Así ocurrió en Bilbao durante la instalación del nuevo tranvía eléctrico: a medida que se levantaba el suelo iban apareciendo los antiguos rieles del que fue el primer tranvía eléctrico de todo el país », apunta el director del museo. El de San Sebastián fue el segundo y comenzó su andadura en 1897, un año después que el de la capital vizcaína. Su reinado se extinguió en 1948.