Líder de una causa perdida Tony Blair transformó el ideario laborista, recreando la vieja política de una gran coalición reformista  Blair manda un beso a sus seguidores al abandonar el Club Laborista de Sedgefield.[REUTERS] | | Imprimir Enviar | | | REACCIONES | George Bush
El presidente norteamericano lamentó la marcha de Blair, si bien se mostró confiado en que su sucesor, Gordon Brown, igualmente apoyará el actual rumbo estratégico en Irak. De Blair destacó su capacidad para «pensar más allá del horizonte», una figura política, dijo, que «piensa a largo plazo» y siendo «un hombre de palabra», a su juicio, «algo que a veces resultar raro en los círculos políticos».
bill clinton
El predecesor de Bush reconoció el mérito de Blair por «revitalizar su partido, modernizar la economía de su país y su acercamiento a los problemas sociales», sin olvidar, recalcó «la paz en Irlanda del Norte y Kosovo».
j.m. durao barroso
El presidente de la Comisión Europea destacó que Blair ha sido quien ha llevado al Reino Unido «de la periferia al centro» de la Unión Europea, y lo ha hecho con compromisos, no con vetos. Ha dejado un impresionante legado.
javier solana
El responsable de la política exterior de la UE subrayó que Blair «ha hecho muchas cosas por la Unión Europea, y si tuviera que señalar una de ellas, sería la cumbre franco-británica de Saint-Malo, en la que París y Londres acordaron dar cuerpo a la política defensiva europea.
irak
En Irak, el anuncio de la marcha de Blair ha provocado reacciones encontradas. Mientras que la mayoría suní recuerda que Blair apoyó la invasión de Irak en marzo de 2003, lo cual, sostienen, se ha manifestado desastroso, otros aseguran que su renuncia no tendrá ningún impacto en el futuro del país. «Esperamos que Bush le siga», dijo contundente Ali Kredi, un residente suní de la capital iraquí de 55 años, mientras que el clérigo chií, Abdul-Karim Khalaf, de 50 años, tachó la decisión de Blair como «la mejor que Blair ha tomado», ya que, a su juicio, «sus errores en Irak ha empeorado el sufrimiento» del país. | |
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LONDRES. DV. Fue en noviembre de 1917, en la atmósfera europea creada por la Revolución de Octubre, cuando el partido Laborista aprobó la Cláusula IV de sus estatutos, en la que sus miembros se comprometían a promover «la propiedad común de los medios de producción, distribución e intercambio». Tal afán perduró hasta los años setenta, hasta el ahogamiento económico del país provocado por un sector público con grandes empresas nacionalizadas fuertemente sindicalizadas, la crisis de los precios petrolíferos y la resistencia de los hombres a contener sus salarios o reducir su jornada laboral ante la masiva incorporación de mujeres al mercado laboral. La incapacidad de los laboristas para encontrar un camino que sortease esos obstáculos abrió una avenida a Margaret Thatcher, que cambió la agenda política de su país y de otros cuantos al mismo tiempo. El estado debía ser menor, los mercados abiertos y desregulados, los sindicatos más débiles y la riqueza alcanzada por la competencia y el mérito.
Los laboristas concurrían a las elecciones durante los dieciocho años de Gobierno conservador en Londres y en cada contienda sus rivales deletreaban la Claúsula IV, se mofaban de su ideal. Sucesivos líderes -Neil Kinnock, John Smith- recuperaron el control del partido para el posibilismo contra agrupaciones izquierdistas. Pero no se atrevieron a hincarle el diente a la Cláusula IV.
Tony Blair se aupó al liderazgo tras la muerte súbita de Smith, en 1994, y en su primera conferencia anual anunció a los miembros del partido que la cambiaría. Lo hizo al año siguiente, en una conferencia especial. La nueva cláusula era un híbrido de religión y política. El partido creyó a partir de entonces en que «por la fuerza del empeño común logramos más de lo que podemos lograr solos».
Resurrecciones
«En cualquier país protestante, el licor, la religión y la política suelen ir juntos», escribió George Dangerfield, en The Strange Death of Liberal England (La extraña muerte de la Inglaterra liberal), en 1935. Es una obra maestra de la literatura política, que da cuenta del elemento fundacional de la política de Blair. En su caso, religión y política van juntos, aunque no el licor. Lo que Blair intenta en su liderazgo es resucitar la Inglaterra liberal tras su muerte en los años veinte del siglo XX, en la que confluyeron la crisis constitucional sobre el autogobierno irlandés, la victoria del terrorismo leve de las sufragistas y una cadena imprevista de huelgas.
La gran paradoja de Anthony Charles Lynton Blair es que, al intentar evitar que el siglo XXI sea, como el anterior, «una narración de otros en la que nosotros aparecemos», es decir, una larga era de hegemonía tory, lo que estaba diciendo es que lamenta la existencia de su propio partido, el laborista.
Blair no se inspira en Karl Marx, sino en Herbert Asquith, primer ministro de 1908 a 1916. Era un liberal, con mayúsculas y minúsculas, gestor de la gran coalición reformista que murió en el principio del siglo XX por la crisis arriba descrita y la emergencia del partido obrerista, creado por los sindicatos. En la sociedad británica el siglo XXI, en la que los empleados industriales no llegan ya al 20% de la población, Blair intentó regenerar esa gran coalición liberal-reformista.
Y este ayer anunció su marcha. Se escribirán toda clase de epitafios. Se discutirá la devolución autonómica, la guerra de Irak, la reforma de los servicios públicos. Se debatirá sobre si realmente tuvo alguna influencia en la larga expansión de la economía británica durante su mandato. Se hablará de personalidades. De su uso y abuso de los medios de comunicación para crear una burbuja de encanto y ensimismamiento. Habrá quienes critiquen su conducción del proceso de paz en Irlanda y quedarán en ínfima minoría, excéntricos de la sublime paz.
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