SAN SEBASTIÁN. DV. Unas alcachofas contaminadas con toxina botulínica le llevaron al borde de la muerte la víspera de Nochevieja y desde entonces todo ha sido una pesadilla para la lazkaotarra Raquel Dávila y su familia. El último episodio, el miércoles, cinco días después de haber abandonado la UCI, cuando perdió el conocimiento y empezó a adquirir una coloración morada tras sufrir una parálisis respiratoria. Los familiares pensaron que «se nos iba», pero la diligente intervención de los médicos y enfermeras evitó un desenlace fatal.
Raquel fue sometida a un escáner que descartó una embolia pulmonar. Su hermana Mari Carmen señaló ayer a este diario que «lo que ocurrió fue que un pulmón no le funcionaba, se ahogaba». Trasladada de nuevo a la UCI, Raquel vuelve a tener respiración asistida, una situación que para ella comenzó a ser cotidiana en Nochevieja.
Permaneció durante más de cuatro meses en una UCI, absolutamente inmovilizada -apenas puede mover un brazo para echar una firma- y sin habla, por la parálisis de la musculatura. Su marido, también intoxicado, salió antes de cuidados intensivos, pero no ha restablecido su tono vital, estará de baja por lo menos hasta julio, y todas las noches vela el sueño de su esposa en el Hospital Donostia.
Raquel Dávila, de 46 años y empleada de limpieza, sufrió una severísima intoxicación por bacilo botulínico -uno de los venenos más potentes que hay en la naturaleza- tras comer el 29 y 30 de diciembre una conserva envasada de alcachofas importadas de Perú de Mendavia Conservas Artesanas (Mecoar). Al día siguiente, cuando la parca ya le tiraba de un pie, fue ingresada de urgencias en el Hospital Donostia. Su marido José Luis Cid, trabajador de la construcción, también resultó intoxicado, pero en menor grado.
El viernes de la semana pasada Raquel salió por fin de la Unidad de Cuidados Intensivos. 125 días eternos que parecían concluir con un punto y aparte, hasta que anteayer la incertidumbre y los más negros presagios se reactivaron. «¿Morirse? Ya no sabes ni qué pensar. Ella perdió el conocimiento, el susto fue tan grande...».
Raquel sólo ha vivido un episodio agradable durante esta durísima convalecencia, todas las horas, todos los días, acostada, sin moverse: el nacimiento de Thessa, su primera nieta, el pasado 8 de abril.
«Lo que la ama lamentaba era no poder haber vivido el embarazo de Maira, pero cuando el domingo por fin pudo ver y tocar a Thessa, la emoción fue tan intensa que todos rompimos a llorar», relata la hija mayor. Raquel, que no puede contener las lágrimas: «Todos esto que nos está pasando nos ha destrozado, estamos sufriendo muchísimo».
Consumida por el veneno
El pasado martes, Raquel, postrada en su habitación de la planta de Neurología, traslucía un cuerpo escuálido, consumido por el veneno, pero su mirada era penetrante, escrutadora. Apenas podía esbozar una sonrisa. Su sistema muscular está tan debilitado que tiene que seguir siendo alimentada por sonda, tiene hecha una traqueotomía, no puede hablar y apenas consigue mover un brazo.
«Hablamos con ella sin ningún problema, le leemos los labios», contaba su hermana Mari Carmen, que comparte turnos con las hijas Miriam, Raquel y Maira. Por las noches, siempre se queda José Luis, que todavía sufre una «leve» pérdida de visión y que ya puede hablar «aunque a veces se atraganta». Si el amor de madre es incondicional, el que ellas le brindan tiene igual amplitud, sin límites. «Procuramos no hablar de la intoxicación y le animamos todo lo que podemos, sabe que tiene que estar tranquila».
En este sinvivir de cómo transcurrirá cada día, salir de la UCI, donde el contacto con los familiares estaba tasado cada día, supuso un alivio para todos «porque demostraba que su evolución era buena», pero para la enferma no era así del todo, reconocía su hermana Mari Carmen, que no tiene palabras para la «extraordinaria atención» que les han prestado la doctora Marta Iriarte y las enfermeras y celadores de la UCI.
«Notamos que estos días en planta estaba más nerviosa, se sentía insegura. En la UCI estaba bajo vigilancia médica las 24 horas. y ocurre que con cierta frecuencia se siente ahogar, porque tiene flemas que hay que sacárselas mecánicamente». De vuelta en cuidados intensivos, la sensación de volver a empezar es inevitable.
«Nunca la dejamos sola»
Sobre todo para ella, cuya angustia se había acrecentado porque «ve que todo se alarga, han pasado más de cuatro meses y ahora mismo no hay perspectiva de cuándo podremos regresar a casa».
Hermana e hijas han adaptado sus horarios laborales, incluso con reducción de jornada, para atender a Raquel en todo momento. El trastorno es inevitable y sobrellevan la situación con un elevado estrés, porque tienen que casar horarios, ajustarse a cualquier circunstancia imprevista, regresar a Lazkao para dormir, madrugar para entrar antes al trabajo y librar.... «Nunca la dejamos sola, porque hay que ayudarle en todo».
Durante los cinco días que estuvo en planta hizo pasillos en una silla de ruedas, pero la inmovilidad es absoluta. «Como está permanentemente acostada, le movemos mucho las piernas, le damos masajes y cremas para que no se llague», cuenta Miriam.
La limitada capacidad de interlocución de Raquel no ha sido óbice, en todo caso, para que sus familiares hayan entretenido en la medida de los posible el calvario de estos meses con todo el cariño y afecto que pueden expresarle.
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