Entre todas las virtudes catalogadas, ninguna, en mi opinión, más admirable que la paciencia. Al menos forma parte de todas las demás. En ciertas civilizaciones, que todavía creen en la existencia del paraíso, se dice que ella es la llave para entrar en tan confortable mansión. Tienen que tener paciencia nuestros vecinos franceses y darle tiempo a Sarkozy para que cumpla sus promesas, que han sido numerosísimas. Está claro que sus compatriotas han experimentado una cierta nostalgia del orden, quizá un poco hartos de desmanes callejeros y de la demagógica infravaloración del mérito y del trabajo. No sé, pero me hubiera gustado que ganara la guapa. No por nada, sino por verla habitualmente explicando por qué no se cumplían las promesas que ella hizo. En el divertido libro de Marcos Ordóñez titulado Ronda del Gijón, se cuenta parte de la historia de aquel personaje, tan increíble como cierto, que era Perico Beltrán. Fue muchas cosas, casi todas: lentísimo estudiante, bailarín de claqué, torero, poeta, flamencólogo, guionista de cine... Una vez, presentando en un pueblo un paupérrimo espectáculo donde salía una gorda que cantaba y una delgaducha que bailando la muerte del cisne, las pasó canutas. La gorda gustaba mucho y un palurdo le gritó: «¿Que salga otra vez la recia!»
A mí me pasa igual que al exigente cateto. Quiero que salga otra vez en la tele la guapa Ségolene Royal. Evidentemente influido por el agnosticismo político, no creo que un país, aunque esté tan evolucionado como Francia, cambie cuando cambia de presidente. La biología es más lenta que la política y además los dioses varían muy poco. Hay que saber esperar. Sólo desesperan los que esperan cosas inmediatas. Son los desilusionados de mañana. En un futuro bastante cercano veremos a media Francia abuchear al victorioso presidente Sarkozy.