En mayo de 1977 publicaba DV una entrevista con José María Donosty, cronista oficial de la ciudad. Aquel mismo año, en setiembre, poco antes de cumplir los noventa años, fallecería el autor de libros como Marinos guipuzcoanos en los siete mares o San Sebastián en color.
Lo de José María Donosty, así, con y griega, era un apodo. El de Leonardo Fernández Eleicegui. Fue director de ese interesante Boletín de Información Municipal que alguna vez hemos hojeado por la calle de la Memoria. Y colaborador en La Voz de España, El Pueblo Vasco, El Imparcial, La Hoja del Lunes, ABC y tantos y tantos medios.
José María Donosty nació en noviembre de 1887 «en el piso primero del nº 17 de la Avenida, en una de las casas destruidas por el Banco de San Sebastián para la construcción de su actual sede», explicaba en otra entrevista, que encontramos en la revista San Sebastián de 1957. Resultan curiosas las contestaciones que aquel erudito, antecesor de nuestro Sada, daba hace medio siglo.
« - ¿Qué es, a su entender, lo más bello e interesante de San Sebastián?
- El paisaje y sus alrededores, su situación respecto el resto de la provincia y del país vasco-francés; y su proximidad a la frontera.
- ¿Qué le gusta más del San Sebastián de hoy?
- Lo que queda del San Sebastián de ayer.
- ¿Quién, y por qué, es el más ilustre donostiarra de todos los tiempos?
- El donostiarra desconocido, colectivo y anónimo que en 1813 afrontó la reconstrucción de la ciudad en ruinas y la llevó a feliz término en cincuenta años.
- ¿Cree usted que está debidamente atendida y orientada en los diarios locales la sección local?
- Creo que podría mejorar y ampliarse.
- El reporter local, ¿debe ser necesariamente donostiarra o, por lo menos, poseer una cultura local bastante extensa?
- El ideal sería, naturalmente, que, además de ser donostiarra auténtico, tuviese la cultura local indispensable y inexcusable en funcionario tal».
José María Donosty, sin duda «donostiarra auténtico», era amigo de José María Salaverría, Mourlane Michelena, Felipe Urcola y Manuel Munoa, y se trató con Baroja y Azorín. Un hombre de los viejos tiempos y ya nostálgico de «lo que queda del San Sebastián de ayer».