Miércoles, 2 de mayo de 2007
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EDICIÓN IMPRESA

CRÍTICA | 'LA MALDICIÓN DE LA FLOR DORADA'
Atracón de belleza
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Título: La maldición de la flor dorada. (China-Hong Kong, 2006). Dirección: Zhang Yimou. Guión: Zhang Yimou y Cao Yu. Fotografía: Zhao Xiaoding. Música: Shigeru Umebayashi. Intérpretes: Chow Yun Fat, Gong Li, Chou Jay, Ye Liu. Duración:114'. Cine de estreno: Antiguo Berri, Príncipe, Txingudi.

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Por la exhuberancia de las imágenes y la inclusión de escenas de acción con artes marciales, La maldición de la flor dorada continúa en la línea intermitente que Zhang Yimou ya se marcó con Héroe y La casa de las dagas voladoras. Pero frente a esos dos títulos, La maldición de la flor dorada es mucho menos aventurera, menos dada a los saltos y las patadas coreografiadas, y más volcada en la tragedia familiar con evidentes referencias a Shakespeare y, sobre todo, a El rey Lear. Y, por tanto, más cercana al Kurosawa de Ran que a las películas de consumo popular a las que Héroe hacía de réplica elegante y artística.

En lo que Zhang Yimou ha ido más allá, y tanto que a veces se pasa, es en el derroche visual y decorativo. Si La casa de las dagas voladoras era un festival de colores, La maldición de la flor dorada es un delirio psicodélico, una multiplicación al infinito de la ornamentación y las coreografías de masas.

En realidad se trata de narrar una historia bastante simple: la carambola de celos, venganzas y traciones que se da en la familia del emperador, ya de por sí bastante liada, con una mujer y una ex, más los respectivos hijos, en relaciones de amor y odio. El imperio que hay detrás aflora en forma de ejército interminable (miles y miles de extras diríamos antaño, ahora un ingenioso uso del recorta y pega en el ordenador) cuando la sangre llega a los campos de flores.

De gran belleza formal, sin ningún miedo de traspasar la frontera hacia el kitsch, La maldición de la flor dorada es apabullante: no hay un milímetro cuadrado sin un estadillo de color y pedrería, de vestuario pomposo y decorado mastodóntico hasta el delirio. A veces, los actores quedan literalmente perdidos entre la maraña decorativa de su entorno, en dos sentidos: resulta trabajoso distinguirlos visualmente y parecen un poco ahogados por la minuciosa y fastuosa composición de cada encuadre que Zhang Yimou persigue obsesivamente. Pero con todos sus excesos, La maldición de la flor dorada es una tragedia familiar convertida en espectáculo arrebatado, un atracón de belleza.

 
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