De todas las visitas reales es, quizá, la reina Natalia el personaje del que más curiosidades se reflejaron en la prensa local por tratarse de una persona que escapaba del protocolo e intentaba «hacer su vida». Hija de un coronel ruso y de una princesa rumana, fue reina de Servia tras su matrimonio, en 1885, con Milano, rey de dicho país, del que se separó tres años más tarde. Su hijo Alejandro llegó a suceder al rey Milano pero fue asesinado junto a su mujer el año 1903. Corresponden a estas épocas de su vida los distintos viajes que realizó a San Sebastián.
Cuéntase que durante su visita en octubre de 1894 sorprendió a las autoridades que fueron a esperarla a Irún, diciéndoles que quería llegar a San Sebastián en lancha, en lugar de hacerlo en carruaje. Es de suponer rompió todo el protocolo preparado al efecto y que el viaje siguió por derroteros no previstos. Así llegaron hasta Alza, Villa que quiso visitar, parándose «a tomar un bocado» en la arboleda que existía junto al caserío Escalantegui.
Más tarde, a la hora del almuerzo, se acercaron a la refinería de petróleo, junto al puerto, y acompañada de uno de sus ministros recogieron leña del monte para calentar la comida, cosa que hicieron en las escalerillas del lugar, si bien es cierto que de un bar cercano les acercaron unas sillas.
En el muelle le esperó la trainera a vela que le traería hasta San Sebastián, tripulada por el patrón de falúa de sanidad de Pasajes, Ramón Basquezaux, un marino de dicho cuerpo «y tres vecinos de San Juan de los que se dedican a la pesca». Recibida en el puerto donostiarra se trasladó en landó hasta el Hotel Londres, lugar en el que se hospedaba siempre que venía y luego quiso visitar otro lugar poco común: el faro de Igueldo. Terminó la jornada en la plaza de toros y en el frontón Beti Jai.