NUEVA YORK. DV. Para el máximo comandante en Irak, el general David Petraeus, llamado a Washington por el presidente para convencer al Congreso de la necesidad de seguir luchando, Al-Qaida es el principal enemigo de las fuerzas estadounidenses en el país pérsico. A esa organización, y a las «varias docenas» de 'yihadistas' extranjeros que entran cada mes por Siria, le atribuye «el 80% o 90% de los atentados suicidas». Los expertos opinan que Al-Qaida es ahora «más fuerte que nunca», y desde luego mucho más que antes del 11-S. «Estamos precisamente donde querían, en un lugar donde nos pueden desangrar lentamente».
Quien así lo considera es el ex agente de la CIA Bruce Riedel, que ha trabajado durante treinta años en la lucha antiterrorista y fue asesor presidencial y del Pentágono en esa materia. En su opinión, Al-Qaida se ha hecho fuerte en Pakistán y recompone sus bases en Afganistán, gracias a que el Gobierno de Bush dejó incompleta la tarea «para acometer una guerra en Irak en la que no pintábamos nada». Un error que Al-Qaida «ha sabido explotar» para convertir ese país en un Estado islamista.
«Ya es hora de que reconozcamos que Irak es más una trampa que una oportunidad», sugirió ayer en teleconferencia. «Nuestra cúpula sigue la estrategia equivocada, el verdadero enemigo es Al Qaida en Pakistán».
«Franquicias» terroristas
Su fortaleza le ha permitido crear «franquicias» terroristas como la que ha desatado el terror en el norte de África, que según augura aprovechará la diáspora magrebí para abrir una avenida en Europa. Pronto espera ver otra franquicia semejante en Líbano, porque «Al-Qaida se crece con los estados caídos». Pero lo que verdad le gustaría ver al grupo fundamentalista es una guerra entre sus dos mayores enemigos, Irán y EE UU, por lo que advierte de la posibilidad de un atentado trampa que espolee a Washington.
El comandante Petraeus cree que la estrategia de su país en Irak también es la adecuada. Asegura que en los últimos tres meses la violencia en Bagdad ha descendido un 30%, lo que ha permitido el regreso de parte de la población, la reapertura de negocios y la vuelta a la vida cotidiana para muchos. Progresos que, lamentó, «a menudo se ven eclipsados por la espectacularidad de ataques sensacionalistas que ensombrecen nuestro trabajo diario» y dejan las calles regadas de cadáveres.