Viernes, 27 de abril de 2007
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SEVILLA FERIA DE ABRIL
Castella redondea la feria
Castella redondea la feria
El torero francés Sebastián Castella toreando a su segundo toro. [AFP]
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Decimoquinta de abono: Seis toros de Juan Pedro Domecq. Tres terciados y tres con más plaza. Fue corrida desigual. Muy noble el primero; buenos cuarto y quinto. Hundido el segundo; sin entrega ni empleo el tercero; brusco el sexto.

Finito de Córdoba, de escarlata y azabache, saludos y ovación. Sebastián Castella, de añil y oro, silencio y una oreja con petición de otra. José María Manzanares, silencio y saludos. Lleno. Caluroso.

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Pastueño como una mecedora fue el primer juanpedro, que salió frío porque fue tarde de mucho calor.

Lo que hizo Finito fue templar y retemplar cada una de las embestidas que el toro tuvo.Cinco muletazos cambiados antes de la igualada fueron primorosos. Pero Finito no pasó con la espada.

La falta de final y fondo del primer toro de Juan Pedro se agravó con los dos toros que se soltaron después. Un segundo gordito y colorado, bueno pero desvanecido, desganado, rendido, casi inocuo. Y un tercero de otro estilo: a la espera, la cara arriba en varas, brusco cuando tocó trabajar sin red. Castella le hizo al segundo un quite por chicuelinas escalofriante. Por el ajuste, por la manera de tocar al toro en el mismo embroque y porque el remate fueron tres largas por debajo de soberbia languidez. La ovación fue de gala. Castella lo mató por arriba de excelente estocada. Manzanares, que toreó al lance con la mano de salida altísima, se puso insistente con el ingrato tercero, pero se puso por fuera y al toro, reservón de natural, se negó del todo.

El cuarto fue bastante más combativo que los tres primeros. Finito volvió a animarse con tres embraguetadas verónicas de recibo. El toro iba a durar, sin embargo, demasiado poco. A Finito debió parecerle que consentir era tanto como descomponer la figura. Fría la escritura. Una estocada trasera.

Con el quinto vino a ocurrir lo que se llevaba esperando desde el paseo: que rompiera, si no un toro, por lo menos un torero. Ese torero, estaba cantado, fue Castella.

El ajuste por la espalda del primer cambiado fue mayúsculo. En las repeticiones, Castella dibujó por abajo, templadísimo cuatro pases más de trinchera y la firma en gavilla. Precioso el ritmo. Se caía la plaza. Música. Un pasodoble inadecuado y nada solemne: La entrada. La faena de Castella, a contracompás de la marcha, fue de formidable ambición. Que no se fuera el toro sin triunfos, que resistiera. Cuando el toro se paró, que fue pronto, Castella se metió no entre pitones sino dentro del cacho del toro y ahí se puso a hacer péndulos, a esconder y sacar la muleta como en un juego de manos. Exhibición de poder, valor y dominio. No era fácil templar por arriba al toro cuando lo tuvo Castella tan encima y tan cerca del vientre. Un alarde. Y una estocada en los medios también. Si el toro rueda, habrían sido dos orejas y no una y media.

El sexto, el más ofensivo de la corrida, salió apagado y acalambrado pero arreó en varas. Tras tanteo de prueba en tablas, Manzanares le aguantó con buen compás. El toro se estrelló por sistema en los remates de tanda. Abrevió Manzanares, que en un exceso de optimismo, había brindado al público uno de esos toros que vuelve humilde a cualquier torero.



LA CORRIDA DE HOY Seis toros de El Ventorrillo para César Jiménez, Miguel Ángel Perera y Matías Tejela

 
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