Viernes, 27 de abril de 2007
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La República Francesa
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Ahora que los ciudadanos franceses han ejercido, una vez más de manera ejemplar, su derecho al voto acudiendo a las urnas de manera masiva -prácticamente la totalidad de los franceses lo han hecho- me vienen a la memoria las impresionantes imágenes que nos dejó el denominado «conflicto de las periferias urbanas».

Han pasado dos años desde que, de una manera absolutamente imprevista, sectores juveniles, habitantes de los suburbios, se levantaron airados contra el estado de las cosas y se lanzaron a la calle en una carrera desaforada de destrucción y caos.

En una Francia orgullosa de sí misma, de su sentimiento republicano y de sus políticas de integración, nadie esperaba algo parecido. Sin embargo, ocurrió. Una parte significativa de la población que tomó las calles, quemó coches, destruyó mobiliario urbano y sembró el miedo, se alzó contra el sistema porque con su actitud señalaban el rechazo frontal a la participación democrática y proclamaban, a voces, su condición de excluidos del sistema social.

Aquellas imágenes que circularon por todo el mundo y fueron testigo de una realidad que adquirió de pronto tintes de drama humano y tragedia social se han contrapuesto con las que, en los mismos escenarios, han producido los dos candidatos más importantes del espectro político. Royal y Sarkozy han escenificado sus correspondientes programas de integración y políticas de inmigración en aquellos mismos lugares, conscientes del significado que adquiere cualquier gesto en el mismo contexto donde Francia sintió tambalear su República. De hecho, muchos de los nuevos votantes que se han sumado al juego democrático proceden de aquellos sectores que se sintieron marginados como sujetos políticos.

Hace tiempo que la clase política descubrió la importancia de la imagen y su repercusión en el electorado. Conscientes del significado y de la trascendencia de la representación, han convertido los procesos electorales en campañas de publicidad, donde lo que más cuenta es el continente o la forma y lo de menos el contenido, los conceptos o las ideas. Es decir, han optado por la estética, abandonando la ética y olvidándose de que una y otra son parte de un engranaje complejo que las hace indisociables.

El filósofo francés Jacques Rancière afirma que el arte y la estética pueden contribuir a cambiar el mundo, instaurando nuevas relaciones en el seno de los signos y del lenguaje pero también señala que si la obra de arte o la representación se convierten en mera ilustración dejan de tener sentido. Así pues, toda obra de arte lo es en la medida que lleva implícita una significación política, ya que si se trata solo de la representación formal, las obras son esencialmente ornamentales y por tanto, como máximo, poseen rasgos ideológicos de carácter secundario.

 
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