Prácticos, seductores, fiables y, sobre todo, baratos, muy baratos. Fabricados para gente sin complejos, que compra lo que necesita y no quiere o no puede gastarse más de 10.000 euros en un automóvil. Éstas son, entre otras, las principales motivaciones de aquellos que a la hora de comprar un coche, se inclinan por adquirir uno de bajo costo. Están fabricados en países emergentes y pensados para motorizar a esos cientos de millones de ciudadanos de Asia, África, Europa del Este y América Latina. Algo parecido a lo que ocurrió con el Seat 600 en España hace 50 años.
Esta filosofía de acercar el automóvil a los bolsillos más modestos atrae también a los clientes de Occidente y está convirtiéndose, sorprendentemente, en un prometedor negocio para la mayoría de las marcas.
Louis Schweitzer, el antecesor de Ghosn en la presidencia de Renault, inició el camino con su famoso proyecto del coche del pueblo del siglo XXI por 5.000 euros. Adquirió la vieja fábrica de Dacia, en Rumanía, donde los trabajadores ganaban 200 euros al mes y creó el Logan con una versión básica que no llega a costar los 7.000 euros y de la que se han vendido -desde que lo lanzaron hace dos años- 400.000 unidades en 51 países de tres continentes.
Ahora Toyota, Volkswagen, Fiat, Tata, Chevrolet, Hyundai y Kia, entre otras, están dispuestos a apostar por este mercado en permanente expansión. De hecho, están convencidos de que el concepto de bajo coste va a revolucionar el sector del automóvil, exactamente igual que ha ocurrido con las aerolíneas.
A esto hay que añadir que, en un tiempo en el que algunos gobiernos consideran al automóvil como el gran culpable de todos los males de la sociedad, por la congestión del tráfico, los accidentes y la contaminación, esta opción puede mejorar las cosas en nuestras ciudades. Especialmente si pensamos en esos mileuristas jóvenes -y menos jóvenes- que no tienen más remedio que medir lo que invierten cuando tienen la intención de comprarse un vehículo.