E n la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas se ha resuelto sin sorpresas. La predicción generalizada en los sondeos se vio confirmada con el pase de Nicolas Sarkozy y Ségolêne Royal a la segunda y definitiva ronda. Uno de los dos, con la histórica posibilidad de que una mujer llegue al Eliseo por vez primera, sucederá a Jacques Chirac; pero es imposible a día de hoy sugerir siquiera quién es el favorito de los franceses.
La pequeña diferencia porcentual entre Sarkozy y Royal, y el hecho de que los otros tres aspirantes más respaldados -Bayrou, Le Pen y Besancenot- hayan sumado un tercio del total de votos, indica hasta qué punto van a ser precisamente los seguidores de estos candidatos fallidos los que tengan la clave del desenlace final. Conocidos quienes disputarán la Presidencia de Francia, ahora todas las miradas están puestas en el posible apoyo que Bayrou y Le Pen le den a Sarkozy o Royal, si es que oficialmente se deciden por alguno. Por el momento, toda especulación lógica, la de cierta cercanía ideológica o simpatía, carece de sentido porque desde hoy mismo ha comenzado una segunda campaña de captación de votos en la que la automática ampliación del espectro de votantes para los dos contendientes en liza traerá seguro toda una cascada de nuevos estímulos y propósitos imaginables. Pero ayer sí hubo un ganador indiscutible, y este fue el propio país, que vivió una ejemplar jornada electoral con una altísima participación en torno al 85 %. Francia afronta un momento crucial y crítico que sus ciudadanos han interiorizado como de responsabilidad ineludible.