No hay felicidad sin renuncia, por pequeña que ésta sea. Lo primero a lo que hay que decir adiós es a las preocupaciones inútiles. Yo, por ejemplo, y sin que este quiera servir de molde para nadie, porque en esto de sacarle jugo a la vida cada uno ostenta el mismo título que Juan Palomo, he tenido que ir dejando atrás muchas preocupaciones que a lo largo de la vida se han ido revelando inútiles, perfectamente inútiles.
- Diga, pues, Vuestra Merced, porque lo que soy yo, y lo expreso así, como quien dice al bote pronto de la pelota, me juzgo incompetente para saber qué preocupaciones son inútiles y cuáles son legítimos, inevitables y leales reflejos de mi propio sentido de la responsabilidad.
- Pues digo. Lo primero de todo, ha sido dejar de preocuparme por el tiempo.
- Pero ¿cómo puede un hombre, dotado como está de fecha de caducidad, despreocuparse del tiempo?
- Pues desprendiéndose de las preocupaciones que de él se derivan. Por supuesto, me estoy refiriendo al tiempo atmosférico, no al del reloj. En ese sentido mi desprendimiento ha sido total.
- ¿Cómo lo ha conseguido?
- Tomando los pronósticos del tiempo como lo que son. Nada de atribuirles la firmeza de proposiciones dogmáticas; ni, por el contrario, dar luz verde al pensamiento de que son producto de la confabulación de las autoridades para amolar al ciudadano. Me atengo a considerar los partes meteorológicos como lo que son: previsiones razonablemente fiables -yo me atengo a los usados en aviación- y procedo en consecuencia, ya suspendiendo mis viajes, ya acortando las estancias, ya adelantando la fecha de partida, ya posponiendo la de llegada, ya calándome la gorra, ya poniéndome la bufanda o quedándome en mangas de camisa para disgusto de mi mujer que siempre teme que pille un catarro pese a que no me vacuno de nada.
- ¿Eso debe costarle grandes esfuerzos!
- No se crea. Lo hago como quien obedece un reglamento: para evitarse dificultades, por puro interés y como de oficio. Lo que se dice una rutina que resulta casi agradable por acostumbrada.
- ¿Y si el pronóstico se equivoca y arrastra a Vuestra Merced en su error?
- Me permito recordarle lo que ya he dicho. Nunca he pensado que las previsiones vayan más allá de lo que son. Ya se sabe que al prever siempre subsiste alguna posibilidad de equivocarse. Yo asumo esa posibilidad sin echarle la culpa al consejero.
- ¿Y si graniza, truena o nieva contra todo pronóstico?
- No me quejo. Y me atengo a las consecuencias, sean las que fueren.
- ¿Y si hace una jornada de sol habiendo anunciado previamente frío?
- Tampoco me quejo.
- ¿Y si amenaza negra tempestad cuando los pronosticadores han dicho que vendría tiempo de bonanza?
- Me da lo mismo que la tempestad sea del color que sea. No me quejo.
- ¿Y si es el sirimiri, orvallo o calabobos lo que se presenta sin haber sido anunciado?
- Me da igual que las nubes meen su sirimiri antiguo y costumbrista sobre las previsoras boinas o, al contrario, suelten toda el agua de un golpe como si se les hubiese administrado un enérgico diurético. Se que nunca llueve a satisfacción de todos, y que las nubes no se resignan a levar pañales.Yo doy gracias a Dios por el hecho de que fenómenos como los descritos no tengan que ser sometidos al ritual del sufragio universal, incluidos en los términos de una negociación, acuerdo o arbitraje; ni ser objeto de untadas, tangentes, coimas, sobornos, cohechos o fondo de reptiles. Sería horrible. Creo que para bien de todos es mucho mejor que nuestro únicos recursos en materia de previsión meteorológica sigan siendo precisamente los pronósticos y estos estén todavía despolitizados, desjudicializados y desconstitucionalizados.
- ¿De qué otras preocupaciones ha tenido que prescindir Vuestra Merced para conseguir su admirable estado de sosiego yan parecido a la felicidad?
- También he prescindido de toda preocupación, pregunta o pesquisa acerca de la inutilidad de la calderilla.
- Ponga Vuestra Merced algún ejemplo, que no consigo enterarme.
- He renunciado desde hace mucho a plantearme, por ejemplo, preguntas como ¿para qué sirven los cobres de uno y de dos céntimos? ¿Por qué tengo que llevar ese peso en el bolsillo? ¿A quién se le habrá ocurrido hacer tan miserables acuñaciones? Son preguntas que no alcanzo a formularme; ni me ocupo de ellas ni me preocupan. Pienso sencillamente que de monedita en monedita, por muy ruines que sean éstas, también se puede llegar al millón de euros. Y en eso me quedo, que es muy consolador. Ya lo dice la conseja china importada a través del Afganistán que, que traducida del mandarín al pashtun o patán y de éste al castellano, es «pon y repón y aumenta el montón». Así que guardo la calderilla hasta llenar un gran talego y después voy a cambiarla al banco o envío a un propio para que lo haga por mí. La calderilla, al cabo dinero es también, aunque menudo; y no pierdo mi tiempo en hacerme problemas con ella, aunque a veces llegue a pesar lo suyo en el bolsillo.
- ¿Y ha prescindido Vuestra Merced de alguna otra preocupación que no sea de la jaez de las que me ha comentado?
- Por supuesto. He renunciado a preocuparme por la paz de los sepulcros que, entre todas las paces posibles, es hoy la única que tenemos asegurada.
- ¿Lo dice vuestra merced por el Requiescat in pace y todo eso?
- No lo digo por el Requiescat in pace, sino por el simple hecho de que la superior tecnología de los hornos crematorios -iniciada por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial- terminará pronto por hacer caer en desuso tanto a los sepulcros individuales como a las fosas comunes. Y al faltar estos a nadie se le ocurrirá remover la tierra para contar cuantos muertos hay allí o para recoger muestras de ADN. Además, es evidente que reducir a cenizas un cadáver resulta más barato, más fachón e, incluso, un tantito más metafórico de las dos posibilidades maestras que ofrece la vida eterna que cubrirlo de tierra; aunque no más sea porque al entregarlo a las llamas, una parte del cuerpo sale por la chimenea del horno convertida en humo y asciende en el aire con pausado giro de volutas, como en el sacrificio de Abel o se precipita en tierra con la pesantez de un velo de tinieblas, como en el sacrificio de Caín, si la presión atmosférica no está para elevaciones. ¿Cosa bella¿ En mi testamento tengo estipulado que me inhumen, pero puede que algún día tenga que escribir el elogio del horno crematorio.
- Antes de despedirme, permítame Vuestra Merced la última pregunta: ¿Eso de fachón lo ha dicho por los fascistas.
- No. Lo digo por fashion.
- ¿Qué cosas dice Vuestra Merced¿
*mchavarria.blogspot.com