Sábado, 21 de abril de 2007
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Las cosas de Francia
La tradición democrática en Europa tiene dos fuentes, dos estilos, dos tradiciones principales: Inglaterra y Francia. Ambas ejemplares. Curiosamente, en la construcción de las naciones parece que Dios se ha divertido en diseñar dos prototipos completamente distintos, en todo: Francia e Inglaterra. ¿Qué países tan extraordinarios y sin embargo tan antagónicos! Inglaterra, monárquica, aristocrática, liberal, protestante, insular, asimétrica, romántica, teatral, flemática, creadora del sportman, empírica, experta en caballos, tabacos y whiskies, genio del humour Francia, republicana, continental, católica y/o librepensadora, racionalista, sanguínea, romancière, cultivadora del sprit, jacobina, simétrica, lujuriosa, bon vivante, clasicista, creadora del gourmet, experta en lencería, vinos y perfumes Sin embargo, en materia de influencia política siempre nos ha ido mejor inspirándonos en Inglaterra que en Francia.

Francia ya no es para nosotros la Meca de la democracia como lo fue en tiempos de la Dictadura, en la que todo viento de libertad parecía que venía de París; nuestras instituciones democráticas y la propia sociedad española se han adelantado en muchos aspectos a la sociedad francesa y a la jacobina V República, pero de todos modos Francia sigue siendo un vecino imponente y las cosas de Francia gravitan sobre todos nosotros, como vascos, españoles y europeos, de una manera especial. Por ese motivo las elecciones presidenciales de mañana en nuestro querido país vecino -douce France- tienen siempre interés y en ocasiones sus debates se trasladan a nuestra sociedad (casi) como una cosa nuestra.

Dice la ley que para ser candidato a la Presidencia de la República hay que tener la nacionalidad francesa, ser elector, y contar con una edad de por lo menos 23 años, haber cumplido con las obligaciones legalmente establecidas en relación con el servicio militar y acreditar dignidad moral. Este último requisito se presta a controversia -¿tiene Le Pen dignidad moral para ser presidente?-, pero de todas maneras su determinación en cada caso corresponde al Consejo Constitucional.

En esta ocasión se han multiplicado las candidaturas. El sistema de doble vuelta permite un primer turno de votos en el que se multiplican las alternativas y se tantean los candidatos, para en una segunda ronda centrar la elección entre los dos más votados: la primera vuelta tendrá lugar mañana y la segunda, el 6 de mayo. Los nueve candidatos principales -los demás no son sino anecdóticos- representan un arco ideológico de lo más variado, a saber: François Bayrou -Unión por la Democracia Francesa-, que se define como un combinado democristiano y social-liberal; Olivier Besancenot -Liga Comunista Revolucionaria-, ¿todavía hay trotskistas en Francia!; Marie-George Buffet -Partido Comunista de Francia-; Arlette Laguillier -Liga Obrera: otra escisión trotskista-; Jean-Marie Le Pen -Frente Nacional-, con 79 años y candidato por quinta vez, heredero de la más rancia ultraderecha francesa -pujadismo-; Ségolène Royal -Partido Socialista de Francia- presidenta de la Región Poitou-Charentes; Nicolas Sarkozy -Unión por un Movimiento Popular, amalgama de gaullismo y liberalismo económico, asociado al Partido Popular Europeo-, el candidato que parte como favorito; Philippe de Villiers -Movimiento por Francia-, que representa un nacionalismo francés clásico vinculado a la derecha 'gaullista'; Dominique Voynet -Los Verdes-. Como se ve, no faltan las alternativas y movimientos: sólo el Partido Comunista se llama partido. Se puede decir con justicia que en materia de variedad política los franceses son verdaderos gourmets.

Todos los analistas dan como más probable que los dos candidatos que competirán en la segunda vuelta serán Sarkozy y Royal. Pero la experiencia obliga a ser cautos. En la última elección presidencial el candidato ultraderechista, Le Pen, logró desbancar al candidato socialista, Lionel Jospin, y el duelo final lo fue entre Chirac y Le Pen. El populismo visceral y extremista de Le Pen encandila a ciertos sectores del voto de izquierda: uno de cada tres que votan por él en primera vuelta se calcula que lo hacen en segunda por la izquierda. Los otros dos, por la derecha. ¿Cómo se puede interpretar esto? Quizá como decía Laurent Faubius: Le Pen hace buenas preguntas, aunque da muy malas respuestas.

El sistema político de la V República, hecho a imagen y semejanza de su fundador, el general De Gaulle, es presidencialista, aunque la función ejecutiva corresponde en realidad al primer ministro que sale elegido de la Asamblea Nacional. El presidente, sin embargo, conserva importantes poderes de intervención en materia de Defensa y Relaciones Exteriores y es el depositario de los poderes de excepción que le otorga el artículo 19 de la Constitución, por lo que su elección es de gran relevancia, además de por el hecho de que normalmente prefigura la mayoría política parlamentaria, aunque eso no ha sido siempre así, y de hecho Francia ha conocido periodos de cohabitación en los que la mayoría parlamentaria ha sido contraria a la mayoría presidencial.

No se nos escapa que la elección entre Sarkozy y Royal será vista en España como una trasposición de la confrontación Rajoy-Zapatero, aunque no podemos perder de vista que en Francia los socialistas son los aspirantes y en España en cambio son los titulares, lo que supone dos posiciones de partida muy diferentes. Por otro lado tenemos que reconocer que la cultura política francesa y la nuestra no son las mismas, para muestra un botón: cuando le preguntaron a Nicolas Sarkozy qué opinión tenía de los demás candidatos contestó que pensaba que todos ellos eran personas excelentes porque para ser candidato a la Presidencia de un país excelente como Francia la sociedad francesa no admite sino a personas excelentes. Una respuesta de esa naturaleza marca un estilo -y ya sabemos que el estilo es el hombre-, pero además presupone una idea nacional segura de sí misma, alejada de todo agonismo y confiada en las fuerzas sociales que componen la Nación, una nación de ciudadanos conscientes de sus derechos y deberes, que, a pesar de los problemas, y de las decepciones, creen en sus instituciones. ¿Chapeau!

 
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