ROMA. DV. El limbo, como se preveía, ha pasado a mejor vida. La comisión teológica del Vaticano que estudiaba desde 2004 la validez de este etéreo espacio ha concluido que debe ser abolido oficialmente. Después de tres años de reuniones los 30 expertos de esta comisión, que era presidida por Ratzinger hasta su elección como pontífice, han concluido que este lugar, donde la Iglesia ha mantenido durante siglos que iban a parar los niños muertos sin bautizar, refleja «una visión excesivamente restrictiva de la salvación». «Dios quiere que todos los seres humanos se salven», sostiene el documento final de 41 páginas, ya firmado por Benedicto XVI, que ayer fue filtrado por la agencia de lo obispos norteamericanos.
«Nuestra conclusión es que los muchos factores que hemos considerado dan una seria base teológica y litúrgica a la esperanza de que los niños muertos sin bautismo se salvan y gozan de la visión beatífica», dice el párrafo decisivo del texto. Pese a que hace décadas que nadie se lo creía y tanto Juan Pablo II como Ratzinger en sus tiempos de cardenal habían puesto en duda su existencia, el documento se lo toma muy en serio y define el dilema del limbo como «un problema pastoral urgente». La razón, según argumenta, es que está aumentando el número de niños muertos sin bautismo, tanto porque sus padres no son creyentes como por las «víctimas de abortos».
De este modo desaparece un invento de la Iglesia católica que, en realidad, nunca fue doctrina ni dogma sino un problema teológico borroso que papas y concilios han ido dejando en el aire. En su intento de encajar las piezas para dar una explicación lógica al pecado original y la redención, la Iglesia había echado mano de un limbo para los niños muertos sin bautizar, aunque ya había habido otro, el de los hombres buenos anteriores a la muerte de Cristo que aguardaron la salvación en esa misteriosa tierra de nadie.
«No hay respuesta»
La comisión de expertos señala que no hay «ninguna respuesta explícita» al problema ni en las Escrituras ni en la tradición. San Agustín, más cuadriculado, concluyó en el siglo V que los niños fallecidos sin bautizar iban al infierno, pero desde el siglo XIII se empezó a ubicarlos en el limbo. Allí, elucubraban los sabios, estarían privados de la visión de Dios pero no sufrirían porque no eran conscientes de ello.
El catecismo de Pío X, de 1905, lo explicaba así: «Los niños muertos sin bautizar van al limbo, donde no gozan de Dios pero no sufren, porque teniendo el pecado original, y sólo ése, no merecen el cielo, pero tampoco el infierno o el purgatorio». Ahora, como admite el documento de ayer, «la gente encuentra cada vez más difícil aceptar que Dios sea justo y misericordioso y excluya a los niños, que no tienen pecados personales, de la vida eterna». Así que el limbo, local histórico, echa la persiana para siempre. En esta recalificación de terrenos sobrenaturales, el purgatorio ya quedó definido como «un estado de purificación» y no un lugar por Juan Pablo II en 1999. Pero el infierno, según dijo el Papa hace poco, ese sí que seguiría existiendo.