La palabra provocación ha estado presente al describir y valorar lo sucedido en la última comparecencia del lehendakari Ibarretxe en el TSJPV. No es mi intención entrar en ese debate. En todo caso, nadie debiera olvidar que en nuestra historia el argumento de que lo que sucedía de violencia y terror se debía a la provocación de los Estados francés y español tiene demasiada tradición. Pero ese pequeño debate me ha traído a la memoria otro tipo de provocaciones que han jalonado la historia estatutaria de Euskadi y que han conformado tanto el panorama político como la sociología conceptual de la sociedad vasca.
Se puede ilustrar lo que quiero decir con un ejemplo: ya hace bastantes años que un articulista de un medio de comunicación de Euskadi se expresaba sorprendidamente diciendo que los no nacionalistas estaban perdiendo la vergüenza, se estaban convirtiendo en desvergonzados por hacer patente su no nacionalismo, por confesar sin pudor su no nacionalismo. La sorpresa le venía del hecho de que, aunque hubiera voto no nacionalista, y su porcentaje haya estado presente de una manera u otra desde el inicio de la historia estatutaria, el contenido ideológico, conceptual y sentimental de dicho voto no era algo que se pudiera poner de manifiesto tan tranquilamente, no era algo que se pudiera expresar de forma explícita. Hacerlo le suponía, pues, al articulista una provocación.
De la misma forma que en el debate reciente sobre los modelos lingüísticos y la lengua vehicular en la escuela vasca nadie se atreve a poner en duda manifiestamente el pluralismo lingüístico que caracteriza a la sociedad vasca, pero lo oficialmente correcto es reconducir esa pluralidad a la integración en el euskera como única o principal lengua vehicular en la escuela, de la misma manera aunque hubiera pluralidad de voto, lo oficialmente correcto ha sido durante mucho tiempo la integración en la simbología pública, en las manifestaciones públicas, del nacionalismo vehicular. Todo lo demás era una provocación.
Así se puede llegar a que el nacionalismo oficial que define lo políticamente correcto en Euskadi perciba la presencia de la bandera española en sedes institucionales en las que el residente es un político nacionalista como una provocación, mientras que su ausencia es manifestación de la identificación exclusiva con la nación vasca y algo positivo y normal sin más.
Una muestra de esta percepción de provocación que va en contra de la supuesta aceptación del pluralismo de la sociedad vasca es la caracterización del acuerdo preelectoral para formar un gobierno de cambio en Euskadi entre el PP y el PSE, hace algunos años, como un frente. ¿Cuántas veces no se habrá hecho referencia a ese frentismo, que respondía al frentismo real del acuerdo excluyente nacionalista de Estella-Lizarra, en comentarios y análisis políticos en Euskadi y en toda España como algo indebido, como una provocación, como algo que ocasionó la reacción natural de los nacionalistas que se sintieron perseguidos y cuyo grito de «vienen a por nosotros» tanta comprensión provocaron! Y soy consciente de que en aquel entonces no pocas cosas se hicieron mal por parte de los constitucionalistas.
El no nacionalismo es tolerado en Euskadi, en la sociedad vasca, pero no es asumido como elemento conformador de la identidad vasca. La identidad vasca se conforma sólo de elementos propios, diferenciados. Y los comunes con otros territorios y con el resto de España son, como el pluralismo, un añadido más o menos engorroso que hay que saber sobrellevar con un mínimo de elegancia. Y a ese sobrellevar se le llama pragmatismo y moderación, si es que se manifiesta con suficiente elegancia.
Analicemos con más detenimiento la comparación entre los dos frentes, el nacionalista de Estella-Lizarra, y el constitucionalista como respuesta. El frente de Estella-Lizarra era un frente dirigido a la definición institucional de Euskadi sólo desde el nacionalismo, era un frente de unidad de acción nacionalista con vistas a la definición institucional de Euskadi, de la sociedad vasca como un todo exclusivamente nacionalista. El llamado frente constitucionalista no pretendía en absoluto definir el todo de la sociedad vasca desde ninguna exclusividad, sino que trataba de cambiar de gobierno. Y cambiar de gobierno no tiene por qué ser frentista. El frentismo peligroso es el que afecta al momento definitorio, institucional-jurídico-político de una sociedad. Eso era el Pacto de Estella. El acuerdo PP-PSE sólo trataba de formar un gobierno que no fuera nacionalista. Si no se entiende la diferencia, seguimos reforzando la idea de que la manifestación pública del no nacionalismo, la expresión pública sin cortapisas del constitucionalismo es simple provocación del nacionalismo oficial y políticamente correcto.
Y todo esto me lleva a repasar lo que puede significar la transversalidad en Euskadi. Se ha acuñado la expresión de que los ocho años de gobierno de coalición PNV-PSE fueron años de gobierno transversal, años en los que la institución Gobierno Vasco reflejó el pluralismo que caracteriza a la sociedad vasca. Y no cabe duda de que fueron gobiernos de coalición, y que la coalición se daba entre un partido de confesión nacionalista y otro no nacionalista. Pero plantear la transversalidad que necesita la sociedad vasca en el plano institucional por ser una sociedad plural y compleja en el plano de los partidos que conforman el gobierno es equivocar radicalmente la cuestión. La verdadera trasnversalidad que necesita la sociedad vasca es la que se debe dar en su definición institucional. Y entiendo por institución la fundamental de cualquier sociedad, aquélla que recoge su acuerdo básico, en nuestro caso el Estatuto de Gernika, que tiene como marco la Constitución de 1978.
El Estatuto de Gernika fue fruto y expresión de un acuerdo transversal. Los nacionalistas y los no nacionalistas se reconocieron mutuamente en su legitimidad. Tanto los unos como los otros se reconocieron como igualmente vascos, en sus diferentes maneras de concebir ser vasco, de imaginar Euskadi, de sentir la sociedad vasca. Es en ese fundamento institucional de la sociedad vasca en el que debe seguir existiendo transversalidad si no se quiere dañar radicalmente, de raíz, el pluralismo y la complejidad de la sociedad vasca. Si la transversalidad está asegurada en ese nivel fundamental, ya no es necesario que vuelva a aparecer en los niveles más superficiales. Una vez asegurada la transversalidad en el nivel fundamental, los gobiernos que se asienten en ella pueden ser monocolores nacionalistas o monocolores no nacionalistas. Ninguno de ellos pone en peligro el pluralismo y la complejidad de la sociedad vasca, pues ésta está asegurada donde corresponde, en la propia definición básica de la misma sociedad.
Grave sería que se busque la conformación de gobiernos de coalición transversal como sustitutos de la necesaria transversalidad en el nivel necesario de la definición jurídica y política de Euskadi. Ningún gobierno de coalición de nacionalistas y no nacionalistas podría escamotear la incapacidad de reformar transversalmente el Estatuto de Gernika, ni ocultar el intento de reconducir la interpretación del Estatuto vigente hacia una hegemonía conceptual, lingüística y simbólica nacionalista del conjunto de la sociedad vasca en cuyo contexto cualquier expresión normal de no nacionalismo, de constitucionalismo, fuera percibida como provocación.
A determinado nacionalismo todavía le cuesta entender que si es necesario pactar hacia fuera lo es porque existe la necesidad de pactar primero dentro de la propia sociedad vasca.
Llama poderosamente la atención lo dispuestos que parecemos a interpretar las palabras de la necesidad de cautivar y seducir a España que proclama el PNV actualmente como prueba de moderación y pragmatismo, cuando en realidad lo que se debiera exigir es el reconocimiento de que España y lo español es elemento integrante de la identidad vasca, que de otra manera dejaría de ser plural y pasaría a ser homogénea. No se trata de cautivar al de fuera. Se trata de reconocer al de dentro, y no sentirlo como provocación.