La publicación por el Instituto Nacional de Estadística del censo para las elecciones municipales y forales del próximo 27 de mayo revela una rebaja de 23.923 electores vascos con respecto a los llamados a votar en las generales de 2004. Este descenso, a un ritmo de 8.000 personas por año, se ha fraguado en sólo tres pero la debilidad demográfica de Euskadi lleva manifestándose desde mucho tiempo antes; de hecho, en 1993 produjo uno de sus efectos más indeseables: la pérdida por parte de Vizcaya de un escaño en el Congreso de los Diputados. El peso electoral vasco en el conjunto es hoy del 5,1%, seis décimas menos que 20 años atrás para un País Vasco que se mueve en dirección contraria a la que siguen autonomías en crecimiento como Madrid, Comunidad Valenciana o Andalucía. La gravedad de la situación, por lo que implica de pérdida de relevancia, influencia y poder de atracción, por lo que supone de ir a menos tanto en el ámbito nacional como en el europeo y en el resto del mundo, debería centrar la preocupación de instituciones y fuerzas políticas. ¿Cómo entender una comunidad autónoma que realiza y publicita denodados esfuerzos para conseguir que los turistas se queden unas pocas horas más y, mientras, asiste impasible a una pérdida de población que amenaza con hacerse aún mayor? Un análisis de las causas de la sangría demográfica, sobre todo en Gipouzkoa y Vizcaya, apunta las vías para tratar de revertir la tendencia, sin perder de vista la urgencia de acometer una tarea que, incluso con acierto, llevará décadas. Porque Euskadi tiene una de las tasas de natalidad más bajas de Europa, lo que impide que los nuevos electores reemplacen a los fallecidos. Pierde al año entre 3.500 y 4.000 habitantes en favor de otras regiones, apenas recibe inmigrantes y mantiene unas dificultades de acceso a la vivienda que, sumadas a otras razones, expulsan a miles de ciudadanos hacia comunidades limítrofes. Pese a tener una de las rentas familiares disponibles más elevadas y un paro técnico -asunto aparte es la calidad del empleo, sobre todo para los jóvenes-, el País Vasco no resulta hoy lo suficientemente atractivo para retener a su población o disputarle residentes a la emergente costa mediterránea. La ya cercana campaña electoral ofrece una buena oportunidad para medir el compromiso de instituciones y partidos en la inaplazable tarea de comenzar a recuperar poder demográfico.