Viernes, 13 de abril de 2007
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PLAZA DE GIPUZKOA
Crispación
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Se ha formado un considerable alboroto en el mercado. Las mujeres gritan y vociferan entre sí, porque alguna de ellas, por lo visto, ha intentado colarse y usurpar un lugar que por rango horario no le correspondía. La infortunada mujer que por su poca paciencia y menor respeto a las reglas nunca escritas, pero siempre recordadas, de la jerarquía en la espera, escucha impávida las imprecaciones de sus compañeras de compra, ahora convertidas en enemigas.

El carnicero, un hombre grueso y de espaldas fornidas, de aspecto manso, con manos tan anchas como aspas de molino, debido a que el guirigay le ahuyenta la posible clientela y atrae las miradas de la competencia, eleva su vozarrón sobre las otras femeninas y lanza un grito que destaca enseguida sobre los demás. «¿Por favor, dejen de crisparme los nervios!».

No sólo no se han apaciguado los gritos sino que se han elevado un poco más en su sonoridad y han adquirido otra dimensión, más caótica.

La mujer marginada y vilipendiada se une a sus detractoras, y todas ellas, solidarias en el improperio, comienzan a injuriar e insultar al osado carnicero que, sin saber bien qué hacer en estos trances, se resguarda detrás de la muralla de sus manos, pensando que lo defenderán de las palabras arrojadas contra él.

«¿Metomentodo! ¿Por qué no se dedica a lo suyo y nos deja en paz?».

Y entonces he visto a un hombretón llorar de impotencia y de rabia, he contemplado cómo un hombre grande se empequeñecía hasta hacerse casi invisible.

 
Vocento

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