Con su talante mediático habitual, a medio camino entre quien se cree un gran comunicador y un extraordinario gestor, el director general de Tráfico, Pere Navarro, aseguró en vísperas de Semana Santa que «sería un gran fracaso terminar el periodo vacacional con un centenar de muertos». Ciertamente, los ciento diez del año pasado fueron un escándalo y se esperaba de la instauración del carnet por puntos una notable corrección de la siniestralidad. No obstante, una vez que el presente ejercicio se ha cerrado dejando practicamente la misma suma de cadáveres sobre las carreteras españolas -ciento seis-, conviene comenzar a preguntarse cómo interpreta el señor Navarro la palabra fracaso.
¿El fracaso es de todos o es más suyo que de ningún otro? Es decir, además de los conductores que cometen errores, la responsabilidad, ¿no afecta en mayor grado a los que dictan las normas y dicen velar por el buen estado de las vías principales y secundarias?
Cien muertos en una semana es un balance inaceptable para cualquier país que se precie de circular por la red europea del siglo XXI, y, en nuestro caso, delata un grave desconocimiento de la relación entre la realidad y el presunto poder taumatúrgico de las normas.
El carnet por puntos se instituyó con la presunción de quien cree haber hallado la piedra filosofal, pues el mismo director general de Tráfico daba por seguro que las muertes en carretera se reducirían en un 40%. Un año después, la realidad parece circular por esa Autopista al Infierno que atronaba en los conciertos de AC/DC, mientras los responsables directos de su planificación siguen cantándonos el coro de El Mago de Oz, donde nos prometen desdoblamientos prodigiosos de la N-1, trenes de alta velocidad que se eternizan y eso sí, la posibilidad de establecer nuevos peajes «en las carreteras transeuropeas» para solventar una evidencia que, en el País Vasco, adquiere connotaciones alarmantes: nuestra red viaria está al borde del colapso, y el mismo Gobierno Vasco reconoce que para una fecha tan cercana como el 2010 ese colapso puede llegar a ser total.
El conductor que paga puntualmente sus impuestos no acaba de entender que en vísperas de elecciones se hable tanto de grandes inversiones en infraestructuras, mientras él sigue circulando bien por la calamitosa A-8, bien por la superobsoleta N-1. Con más de diez mil camiones cruzándola a diario -que serán quince mil en el 2008-, ya es raro el día en que no se produce un percance importante antes de coronar Etxegarate y, con vacaciones o sin ellas, las retenciones en la frontera son un factor que aceptamos como una suerte de fatalismo bíblico.
Ahora bien, ¿ no va llegando ya el tiempo de exigir a los directores generales de Tráfico mayor eficacia en su gestión, la asunción de las responsabilidades propias de su cargo, y, en definitiva, la inversión de su lógica habitual, que es vendernos promesas mientras se demoran infinitamente las soluciones?
El triángulo de oro de la seguridad vial se sostiene sobre la actitud del conductor, el estado del parque automovilístico y el de las infraestructuras. En fechas vacacionales cabe añadir dos vectores más: la saturación carente de planificación suficiente por parte de nuestras instituciones y la urgencia artificial, o la temeridad de muchos conductores.
Es cierto que, en gran medida, la educación vial que tanto reclamamos exige una revisión de nuestro modo de vida. Todavía hay conductores que se jactan de hacer un San Sebastián-Madrid en menos de tres horas, y lo cuentan así porque en lugar de la reprobación general saben que cosechan un cierto prestigio extensible a la potencia de su máquina. ¿Máquina para viajar o máquina para matar? Asimismo, el vasco y el español coinciden en algo sustancial: su manera de entender el ocio nocturno como algo que debe prolongarse hasta el amanecer, pues eso entre nosotros denota un aire de bon vivant que, sin embargo, mueve a la carcajada en media Europa. Muchas de esas carcajadas de «buen rollito», sumadas al exceso de cansancio y de copas, acaban escribiendo el preámbulo de una tragedia que, no por anunciada, deja de repetirse cada madrugada festiva en nuestras carreteras.
Dicho esto, y sabiendo todos que estamos manejando ecuaciones muy previsibles, ¿ cuáles son las instancias implementadas por nuestras autoridades para mitigarlas? ¿Basta con el carnet por puntos y con sembrar las carreteras de radares, precisamente en los tramos que menos siniestralidad acreditan? ¿Basta con las habituales campañas tan sobreactuadas y asustantes como inútiles? ¿Basta con lanzar un vaticinio -«más de cien muertos sería un fracaso»-, y sentarse a esperar, hasta que se cumpla?
En ciertos países, como Alemania, hace ya tiempo que ante cualquier periodo vacacional se puso en práctica un plan de salidas escalonadas para terminar con los colapsos y reducir la siniestralidad. Son los ministros de Educación y Cultura de los diferentes länders quienes ordenan de una manera coordinada todas las vacaciones escolares anuales, de manera que el comienzo y el final no coincidan en ninguno de los dieciséis Estados federales. ¿ Tendrá algo que ver esa decisión con la constante «desaceleración» de los balances de víctimas en las carreteras alemanas ? Y, si es así, ¿a qué esperan nuestros responsables de Tráfico autonómicos y centrales para ensayar un nuevo calendario vacacional, consensuado, coherente y consecuente con este colapso nacional, tan pertinaz como las sequías de antaño, para el que no parece haber solución humana ni divina?
Dicen las estadísticas que más de un tercio de los fallecidos en carretera el año pasado presentaban una tasa de alcoholemia elevada. Pero también dicen que el 62% de los accidentes se producen en carreteras sin desdoblar. Y en nuestro territorio, que sustenta un paso transeuropeo de primera magnitud, llevamos ya demasiados años de retraso en esa homologación viaria cuando deberíamos ser vanguardia en esa y en todas las alternativas a un problema que nos afecta de una manera tan grave y tan decisiva.
La buena gestión de un bien escaso, como el de nuestros fatigadas arterias viales, debería ser el comienzo de una nueva política de Tráfico que se sustentara tanto en la concienciación de los conductores como en la coordinación de los responsables institucionales de las autonomías y el Estado. Y ésta, hoy, deja mucho que desear tanto en solvencia como en eficacia.
Digan lo que digan unos y otros, hoy por hoy una media de once seres humanos mueren en las carreteras españolas todos los días. Y estas vacaciones -insistamos en ello- han sido ciento seis los ciudadanos que han dejado su vida sobre el asfalto.
Si ante semejante sangría nuestras conclusiones se limitan a una mera constatación estadística, por más rojo que sea el trazo sobre la última tragedia vacacional, no habremos hecho absolutamente nada por evitar la siguiente.