CASABLANCA. DV. Con los atentados de ayer Al-Qaida ha logrado lo que llevaba intentando hace semanas: golpear el corazón de Argelia. Tres vehículos bomba, dirigidos por otros tantos conductores suicidas, hicieron explosión a media mañana, y casi de manera simultánea, junto a la sede de palacio del Gobierno y en una comisaría de Bab Ezzuar. El resultado provisional es de al menos 24 muertos y 222 heridos. La agencia Reuters, que citó fuentes hospitalarias, elevaba a 30 el número de fallecidos.
La rama de Al-Qaida en el norte de África reivindicó la responsabilidad de los atentados, precisando que fueron obra de tres terroristas suicidas a bordo de camiones cargados con explosivos, según informó la cadena de televisión Al-Yasira. La cadena afirmó haber recibido una llamada telefónica de un portavoz, identificado como Abú Mohamed Salah, que reivindicó la responsabilidad de ambos ataques.
Según aquél, las explosiones fueron perpetradas por tres miembros de la organización radical islámica que conducían «camiones repletos» de explosivos. «No descansaremos hasta que cada palmo de la tierra islámica sea liberado de las fuerzas extranjeras», indicó el portavoz, según la grabación de la llamada difundida por la cadena qatarí. Asimismo, reclamó la puesta en libertad de «los presos oprimidos en Argelia, Marruecos, Mauritania y en todas partes».
Se trata de los peores ataques en este país de los últimos años. De esta forma se confirman los deseos de los terroristas de elevar el grado de presión sobre el Presidente Abdelaziz Buteflika, en el poder desde 1999 y que ha hecho de la Carta por la Paz y la Reconciliación Nacional aprobada en 2005 uno de los pilares de su segundo quinquenio de mandato. Gracias a ella más de 2.600 presos han sido puestos en libertad aunque en las últimas semanas algunos de los amnistiados ya han sido detenidos formando parte de células vinculadas a Al-Qaida.
La capital argelina es un búnker que ha acabado por sucumbir a la amenaza terrorista. El fuerte despliegue de seguridad que de manera permanente rodea a todos los edificios públicos, sedes diplomáticas, hoteles, grandes empresas y otros intereses turísticos y económicos no impidió las explosiones de ayer. El primer ministro, Abdelaziz Belhadem, dijo en la radio pública que se trata de atentados «criminales y débiles cometidos en un momento en el que el pueblo reclama la reconciliación nacional».
Unos desarrapados
El Gobierno ha negado en varias ocasiones la capacidad operativa de los terroristas y varios de sus miembros han afirmado que no son más que unos cuantos desarrapados que malviven en las montañas. Algunos analistas negaron el pasado marzo también que los radicales tuvieran infraestructura suficiente para dar un gran golpe en el centro de la ciudad, como finalmente ocurrió ayer.
Los muertos en el gigante magrebí se suceden a diario, como una tragedia casi cotidiana, desde los años noventa. Pero esa guerra que libran el Estado y los radicales islámicos tiene como escenario principal los pueblos, las carreteras secundarias y las montañas de la región de la Kabilia y otras zonas del sur de Argel.
Buteflika intenta allanar el camino hacia la paz por medio de la Carta de Reconciliación Nacional y la administración de Justicia. Pero frente a aquellos que han aceptado el plan del presidente aún quedan algunos centenares de terroristas, los considerados de la rama dura, que siguen plantando cara al Estado.
Esta facción del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC) ha dado una última vuelta de tuerca desde que se oficializó el pasado noviembre su pertenencia a la franquicia terrorista fundada por Bin Laden en un anuncio que sorprendió a pocos. Desde entonces los salafistas, el grupo más fuerte e influyente del norte de África, ha pasado a denominarse Al-Qaida del Magreb Islámico.
Estrategia
En este tiempo su estrategia parece haber cambiado e intentan ir más allá de los ataques a patrullas de las fuerzas de seguridad y la instalación de falsos controles de carretera dirigidos desde los 'maquis'. Se sabía que estaban buscando golpear objetivos más ambiciosos, como ocurrió con los atentados en diciembre y marzo contra dos autobuses de empresas extranjeras, estadounidense y rusa respectivamente, vinculadas al sector de los hidrocarburos, pilar de la economía del país. «No creo que esto suponga un cambio de estrategia. Han pegado ahora igual que podían haber pegado hace dos o tres semanas», comenta un miembro de las fuerzas de seguridad españolas que sigue de cerca el terrorismo argelino.
La Policía y el Ejército vienen desarrollando desde mediados de marzo intensas operaciones, en las que ha habido una treintena de muertos por ambas partes, contra las células terroristas asentadas en diferentes comunas de la Kabilia y del suroeste de Argel.