Jueves, 12 de abril de 2007
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ANÁLISIS
ES LA GUERRA
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Cuenta Huntintong en su impagable 'Choque de civilizaciones' que a la guerra fría, sucedió una etapa de euforia que llevó a un verdadero desasistimiento de la política internacional y a un olvido consciente de los peligros futuros. A tal punto que el rector de la más importante universidad del mundo vetó el nombramiento de un profesor de estudios sobre seguridad porque su necesidad había desaparecido: «A principios de los años noventa, el mundo se modificó, pero no se hizo necesariamente más pacífico», dice Huntintong. E insiste: en los cinco años que siguieron a la caída del Muro de Berlín, la palabra genocidio se escuchó más y hemos puesto de la limpieza étnica mayor ahínco, haciendo brotar irresistibles fundamentalismos.

Hoy estamos donde nos dejó el analista con una inseguridad amplificada ante un enemigo desconocido e invisible, y en consecuencia ilocalizable, que se reproduce como un 'alien' y golpea de manera furiosa e indiscriminada sobre la parte de la sociedad civil más sensible e indefensa. Es el terror por el terror, que además produce unos réditos inimaginables al fanático: junto a la conquista del Paraíso, ha sido capaz de subvertir el rumbo de la civilización occidental, dando al traste con su fortaleza y estabilidad hasta quebrar su pensamiento, en el que ya no prima la libertad como destino sino la seguridad. Incluso, en el choque y su demencia hemos hemos reducido el mundo al partirlo en dos: somos mal vistos por los árabes -no digamos entre los islamistas- y ellos tampoco son especialmente bien acogidos en nuestro mundo, en donde al emigrante, como al gorrión, aplicamos mano dura y perdigón. Ha nacido, en consecuencia, una nueva 'guerra fría' para la que apenas hemos empezado a prepararnos, y los vopos del Este son ahora policías democráticos que nos desnudan en los aeropuertos, porque ya nadie es inocente hasta que demuestra lo contrario. El golpe de Marruecos, primero, y de Argelia, a continuación (compuertas artificiales al progreso del islamismo y protectorados autoritarios de un Occidente complaciente), nos demuestra hasta qué punto estos régimenes despóticos y corruptos son vulnerables. Y que en ese caldo, de un rigor policial asfixiante, los terroristas también campan por sus respetos. Entre Irak, Afganistán, Marruecos y Argelia, el número de kamikazes que se han inmolado en apenas 24 horas es incontable. La ONU denunciaba ayer la captación de niños discapacitados por el terrorismo suicida de Al-Qaida, inspiradora, en cascada, de una gran parte del horror. En el fondo, la recluta se produce fundamentalmente en el fondo del cubo de la basura y cualquier mutilación física o sicológica excita a los depredadores.

El mundo ya no es lugar seguro ni para la democracia.

 
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