LONDRES. DV. Faye Turney y Arthur Batchelor fueron los primeros y los últimos. Ninguno otro de los quince militares británicos capturados por Irán podrá vender sus historias a la prensa, según anunció ayer el Gobierno británico tras desautorizar a su Ministerio de Defensa que sí permitió las exclusivas, algo inusual en caso de personal en servicio. Las críticas de la oposición y de algunos medios de comunicación convencieron al Ejecutivo que encabeza Tony Blair de la necesidad de frenar la polémica.
Turney, de 25 años y madre de una niña, concedió ayer dos entrevistas, una a la televisión privada ITV y otra al diario 'The Sun', por las que podría haber percibido más de 150.000 euros. Primero temió ser violada cuando fue reconocida como mujer en el momento del apresamiento, luego se sintió humillada al tener que quedar casi desnuda para recibir una vestimenta islámica y después se convenció de que su muerte estaba próxima.
«Una mañana escuché el ruido de madera siendo serrada y clavos siendo amartillados cerca de mi celda. No podía hacerme una idea de lo que era. Entonces una mujer entró en mi celda para medirme de la cabeza a los pies con una cinta y gritó las medidas a un hombre que había fuera. Estaba convencida de que estaban haciendo mi ataúd», relataba ayer sus trece días de cautiverio
Turney, que manejaba uno de los dos botes apresados por los iraníes, temió ser descubierta como mujer cuando los miembros de la Guardia Revolucionaria les detuvieron. Según ella, éstos iban extremadamente armados y tuvieron una conducta «agresiva». «No había absolutamente nada que hacer más que obedecer -añadió-. Si hubiéramos abierto fuego, habría habido un baño de sangre que no habríamos ganado».
Primero intentó esconder la cola del pelo bajo su uniforme y evitar la mirada directa de los apresadores, mientras susurraba a su jefe inmediato su convencimiento de que la iban a violar. Cuando uno de los guardias finalmente le estiró del casco para comprobar que era una mujer, las lágrimas de Turney estuvieron a punto de saltar. «Pero estaba determinada a no darles la satisfacción de verme llorar e hice todo lo posible para reponerme», indicó la joven en su relato. Su momento «más bajo» fue cuando la separaron del grupo -todos ellos estuvieron aislados la mayor parte del tiempo, después de haberles vendado los ojos y ponerles contra la pared en un simulacro de fusilamiento-, y la convencieron de que sus compañeros habían sido liberados y que sólo ella quedaba retenida.
Presionada y obligada
Fue presionada para aparecer ante las cámaras y escribir tres cartas, que ella redactó con algunos extraños giros para dar a entender que no actuaba de modo voluntario. También le dijeron que quizás ya no vería a su hija pequeña y le preguntaron qué sentía al tener que «morir por su Gobierno». Por todo ello, Turney se prestó a admitir, como sus otros compañeros, que habían entrado en aguas de Irán. Cedió en eso, pero no ofreció ningún detalle estratégico sobre la presencia militar británica y norteamericana en el golfo Pérsico, según insistió ayer.
Tampoco en sus explicaciones a la prensa reveló nada comprometedor para la Armada, a pesar de que voces internas de la Royal Navy han admitido algunas deficiencias de seguridad en su labor de patrulla. Probablemente ésa ha sido una de las razones de Defensa para permitir que los marines vendan sus experiencias: poder controlar una información que igualmente se habría filtrado. Ayer también habló Arthur Batchelor, de 20 años, el más joven de los soldados. Reconoció haber «llorado como un niño» en su celda, después de que uno de los guardias le pasara varias veces el dedo por el cuello, como amenazándole con degollarle. Batcherlor sufrió burlas de sus captores, que se referían a él como Mr. Bean.