Martes, 10 de abril de 2007
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Perchas de segunda mano
Generar empleo entre gente necesitada y obtener verdaderas gangas es posible gracias a la ropa usada depositada en los más de trescientos contenedores distribuidos por Euskadi
SAN SEBASTIÁN. DV. Conseguir un traje original de Loewe por menos de 30 euros es posible. Sin piratear. Una ganga que de vez en cuando llega a uno de los más de 300 contenedores que cooperativas como Oldberri o Berohi tienen distribuidos por varios municipios vascos. Esas prendas que ya no combinan con las nuevas tendencias y acaban en la basura: pantalones de marca, abrigos de bebé, chamarras de firma y camisetas para todos los gustos... adquieren un nuevo valor en tiendas como Ekorropa o Aukera, en San Sebastián, que nacieron gracias al impulso de la Fundación Sarean de Cáritas o Rezikleta y que han supuesto un soplo de aire fresco en la vida de muchas personas.

¿Qué hago con todo este montón de ropa vieja? Una elección decisiva para mucha gente necesitada, para el medio ambiente y para usted mismo, aunque no lo sepa. Con cada prenda que descartamos, porque se ha quedado pasada de moda o ya no gusta, se acaba con el ciclo de vida de un producto que puede generar empleo, ayudar en el ahorro familiar y cuidar la Naturaleza. Fácil. Tan sólo hay que depositar esa ropa, esos complementos y ese calzado, en uno de los más de 300 contenedores que hay distribuidos por el País Vasco. Un paso, optar por sacar provecho a ese jersey que ya no se quiere, con el que se colabora a sacar adelante una iniciativa solidaria.

Y es posible gracias a los 1,5 millones de kilos que se recogen al año en Gipuzkoa. En Vizcaya y Álava sumaron dos millones de kilos en 2006, un 23, 3% más que el año anterior. Este crecimiento «supera nuestras expectativas y muestra que la ciudadanía se está concienciando», comenta orgullosa la coordinadora comercial de Berohi, Cristina Larrayoz. Pero queda mucho por recorrer. De hecho, el 3,6% de los desechos generados en Vizcaya corresponden aún a residuos textiles. «Si este porcentaje se redujese casi a cero» contribuiría tanto a cuidar el medio ambiente, como a mejorar la autoestima de personas con algún grado de exclusión social.

«Con esta cooperativa buscábamos atender a una realidad social, ya que cada vez se acumulaba más ropa de segunda mano en las iglesias. Además, permite dar un salto en la dignificación de las personas que requieren de ayudas», explica Larrayoz. ¿Para qué sirven estos contenedores? Situados en diferentes puntos y centros cívicos, la gente puede depositar en ellos la ropa de la que quiere desprenderse. Unos camiones la recogen -una o dos veces por semana- y la trasladan a Errenteria o a Zamudio, donde las prendas son clasificadas, higienizadas y planchadas.

«No todo es digno»

También se envía toda la ropa que se deja en parroquias, los roperos tradicionales y de las campañas puntuales de recogida en los colegios. En el centro de manipulación comienza el proceso de clasificación. «Pedimos que no se tiren cosas que nadie se va a poner. No todo es digno. Y eso al final lo tenemos que mandar nosotros al vertedero», reclama Guillermo López-Arustegui, responsable de planta. Ni calcetines rotos, ni plumíferos descosidos, ni zapatos destartalados... No son útiles. En cambio, los materiales originales sí lo son, pues la ropa de algodón se corta para comercializarla como trapo. Una cuestión más medioambiental. Pero detrás de cada prenda se esconde una historia humana, ya que este proyecto ha generado puestos de trabajo entre personas que realmente lo necesitaban.

Tras un periodo de formación, mujeres con cargas familiares, inmigrantes o parados de más de 45 años han conseguido un empleo. Ellos son los que se encargan de todo el proceso. La ropa y complementos, que tienen mejor salida comercial pasan en Zamudio por las manos de Tere Gil, especialista en clasificación y socia fundadora. «Llegan cosas de temporada y algunas incluso con la etiqueta». Ella y otros compañeros se convierten en cazadores de tendencias que deciden el punto de venta de cada una de ellas. Camisas, pantalones, calzado, chaquetas y vestuario de bebé, entre otras cosas, son etiquetados con la marca Ekorropa. Una tienda diferente por su económico precio.

En cada una de las nueve tiendas de Ekorropa en Vizcaya se pueden encontrar vaqueros Levi's por 12 euros -«nos los quitan de las manos»- y vestirse de los pies a la cabeza por 40 euros. En la tienda Aukera, ubicada en la calle Moraza de Donostia, se ofrecen camisas a poco más de 6 euros.

Diferentes ONG's llevan proyectos similares en el resto de España. Pero no todo se queda aquí. Berohi ha llegado a Chile, donde se reproduce el mismo modelo social y medioambiental. Así que mucha de esa ropa depositada en los contenedores parte hacia este país suramericano, donde se ha creado una planta similar a la de Zamudio, además de varias tiendas en las que sacarle partido a los residuos textiles. Allí ya se han colocado 49 personas y otras tantas salen adelante por los chollos adquiridos en sus locales.

«El bolsillo lo nota»

Todo esto es posible gracias a las ventas de las tiendas. El dinero que se obtiene de cada prenda se reinvierte en la empresa. Sin ánimo de lucro. Ropa de segunda mano, intereses sociales y medio ambientales se combinan tras un escaparate corriente. Una vez dentro, es otro mundo. «Somos únicos», señala satisfecha Mila Rodrigo, encargada de la tienda de Deusto, que con más de 45 años tiene la oportunidad de demostrar su valía detrás del mostrador hace cuatro.

A estas tiendas no les afecta que las estaciones se alarguen. Tampoco las modas. En la variedad y la diferencia se basa su estrategia. Eso implica que todo tipo de gente acude al local por si cae algo. ¿A quién no le merece la pena comprar ropa en rebajas permanentes? «Hay un abanico de clientes increíble», desvela Mila. Desde ejecutivos que compran los trajes y las corbatas por menos de 30 euros, a chicas que se hacen con un visón por cien euros. Una tentación para el armario y para la cartera. «Eso no significa que por seis euros vayamos a darles un pantalón que no se puede usar. Yo estoy vestida por 50 euros. Merece la pena», dice Mila, que cree en el proyecto.

Todos ganan al reciclar las prendas usadas. Los que ya no reciben la ropa como una limosna porque pueden ir ellos a la tienda y elegir como quieren vestir. Dignidad. Los que ya llegan a fin de mes porque no tienen en cuenta sus condiciones personales para darles un empleo. Oportunidad. Y también los que quieren ahorrar y, por qué no, llevarse una ganga. Interés.

 
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