Se entiende la razon de que Un cuento de invierno sea una de las obras de Shakespeare menos representadas. No tiene, ni de lejos, la importancia de sus grandes textos, sean éstos tragedias o comedias. De hecho esta obra, que fue la penúltima que escribiera el genio inglés, queda para los expertos fuera de la categoría de las comedias para considerarse una especie de fantasía poética.
Cierto que en mayores o menores dosis por aquí camina el Shakespeare de siempre: el poder desbocado del gobernante, los celos salvajes, las intrigas de palacio, la desnudez del hombre ante el destino y, también, la fuerza de los elementos mágicos o del juego de la casualidad como elementos narrativos.
Un cuento de invierno tiene dos partes bien diferenciadas. En la primera, sin duda la más interesante, vemos al rey Leontes de Sicilia destruyendo todo lo que ama por culpa de una locura. El veneno, la pócima que usa el autor esta vez son los celos, unos celos absolutamente infundados capaces de hacer negro lo blanco y de sembrar la muerte donde solo parecía que podía haber felicidad. En esta primera hora larga de función reina Leontes en su furia y lo hace también el actor Will Keen desplegando un trabajo fantástico, creando un personaje en el que el horror trae consigo siempre la humanidad de un hombre destrozado por sí mismo. Este Leontes de Keen puede ser condenado por su rabia destructora, pero nunca despreciado. Podrá horrorizar su crueldad, pero compartiremos también su abismo.
La obra cambia a un juego casi pastoril en su segunda parte. Leontes pasa a un segundo término y son los personajes secundarios los que se hacen con la trama. La relación entre Perdita y Florisel centra la acción y provoca, tras un breve asomo de una nueva tragedia, la reconciliación de todo lo roto anteriormente. Es más tiempo de primavera que de invierno. Vemos a Lucía Jiménez, que antes fue la reina Herminona y ahora su hija, Perdita. En ambos papeles cumple bien. Como el resto de sus compañeros mantiene un estilo sobrio y ágil al mismo tiempo. Esta mezcla es también un seña de identidad de todo el montaje, una huella de la dirección.
La directora es Magüi Mira, reconocida actriz que desde hace pocos años también dirige. Ha realizado aquí un montaje de formas limpias, dejando ver las tripas del escenario a los espectadores. La aparición de elementos como una lámpara, una tela o unos pocos copos de nieve le sirven para vestir un espacio despejado pero nunca vacío. Buen movimiento de actores y buena selección del elenco. La limpieza en las interpretaciones y en el movimiento escénico es una de las cualidades de este acertado montaje. Un Shakespeare si se quiere menor (lo menor en él es lo inalcanzable en muchos), pero una pieza que se ve con mucho agrado.