Domingo, 8 de abril de 2007
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CRÍTICA LA FLAUTA MÁGICA
El flautista gozoso
El flautista gozoso
Kenneth Branagh. [EFE]
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Título: La flauta mágica (The Magic Flute, Gran Bretaña, Francia, 2006) Dirección: Kenneth Branagh. Guión: Branagh y Stephen Fry sobre la ópera de Mozart y el libreto de Emanuel Schikaneder. Fotografía: Roger Lanser. Intérpretes: Joseph Kaiser, Amy Carson, Lyubov Petrova, Benjamin Jay Davis, René Pape. Duración: 139'. Cine de estreno: Trueba.

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Ya la hemos armado. Ya se mesan algunos los cabellos y ya se cubren de ceniza otros. Ya maldicen unos y anatemizan los demás. Dicen éstos que Branagh ha fracasado y que su La flauta mágica de Mozart naufraga. Añaden éstos que el vuelo de la Reina de la Noche recuerda a los de Mary Poppins (como si eso fuera malo y todos tuvieran que volar como Spiderman) y que sus ocurrencias de color, sus opciones visuales y vitales, no son sino excentricidades y estrambotes.

Cuentan éstos que Branagh y su guionista (el siempre magnificiente hombre de cine, teatro y literatura Stephen Fry) han convertido una historia en el que El Bien se enfrenta al Mal en un cuentecito sobre un chico que salva a su chica de las garras de la Oscuridad. Como si eso no fuera poco. Como si así no fuera ya bastante. Aparte del pequeñísimo pero a la vez soberbio detalle de que todo los personajes se pasan la ópera de Mozart versioneada por Kenneth y Fry cantando a la libertad y al amor universal, a la paz y no a la guerra. Crujen los huesos de los hipócritas pues esta Flauta mágica está cantada en inglés. Señor, ¿qué ignorancia cruel! En la English National Opera se oyen soberbios Rigolettos en la lengua de Shakespeare y en la ciudad de Berlín, más de una vez y de mil, Mimí y Carmen aman y mueren en alemán. Porque así es si así gustáis. Poco le habría importado a Amadeus (que la estrenó en una cervecería) el idioma, el formato, el color en los que se ofrecía. Le bastaba con que la viésemos, oyésemos y sintiésemos libre, liberadora, anti toda guerra, enamorada, sexy, joven, extravagante, con un toque masónico, otro kitsch, y unas gotas de delirio, un delirio entre pop y art decó guapamente cercano a las diabluras del olvidado pero a ratos aún amado Ken Russell. Les tiemblan las carnes a muchos y se les llena la boca de falsos elogios a la versión de La flauta de Bergman. Pena. No son capaces de gozar. De gozar con los colores, con los desplantes digitalizados, con la ingenuidad de un creador que nunca había dirigido una ópera en cine. Ni con las voces. Ni con la orquesta. ¿Qué aburridos!

 
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