El viejo mago del articulismo ha escrito más de quince mil valses. Recientemente, en un homenaje brindado por la Asociación de la Prensa de Madrid fue definido como el decano de la columna diaria en España. La vida de Manuel Alcántara (Málaga, 1928), cabe en un cartucho de papel prensa: medio siglo sostenido sobre columnas. La misma semana del homenaje, una muerte en la familia le hacía desistir durante unos días, por primera vez en varias décadas, de su cita con el lector.
- ¿Vislumbró entonces la retirada?
- No. A mí me retira un infarto cerebral, pero ni siquiera que me corten las dos piernas. Y esto lo digo para demostrar que no escribo con los pies. Bueno, tampoco tengo el prurito de escribir hasta el último día. Eso de soñar con no hacer nada -incluso a mí, que lo que más me gusta es no hacer nada- me dejaría en el vacío.
- ¿No se siente cansado?
- No, y además no puedo estarlo. El cansancio sería el prólogo del final. Pero eso del decano es el resultado de la muerte dolorosa de queridísimos amigos, Carlos Luis Álvarez y Jaime Campmany. La denominación de decano de la columna diaria no tiene más mérito que el paso de los años. Yo preferiría que me dieran un homenaje por ser el más joven de la columna diaria.
- La piel de sus columnas sigue llena de frescura. ¿Cuál es el secreto?
- A mí siempre me han reconocido no ser un conversador aburrido, y yo siempre he defendido que el artículo debe ser una conversación por escrito con el lector. El artículo participa de varios género, pero no un pequeño ensayo, y menos un sermón. Detesto a los predicadores y a los pesados.
- ¿Qué es imprescindible en la despensa del articulista?
- La libertad. Eso hay que subrayarlo. De ahí mi gratitud con Vocento. A mí jamás me han corregido una coma, y eso que no todas las pongo bien. Esa confianza es fundamental. Y partiendo de la libertad, el articulista no puede olvidar que el lector quizá esté en un lugar incómodo u oscuro, a lo mejor en el autobús camino del trabajo, y por eso el articulista debe tener una cierta amenidad, sin confundir ésta con frivolidad. Un articulista puede ser a la vez trascendente y escribir con ligereza; está obligado a una cierta reducción de léxico..
- Se diría que en el artículo encontró usted el género a su medida.
- Los cien metros son mi distancia. No es que me aburran las cosas más largas, pero nunca he intentado la novela o el teatro.. Decía Baroja que no le gustaba ir a ningún sitio del que no pudiera volver andando. Pues eso. Por otra parte, no creo mucho en manosear el texto, ni en que éste mejore si se manosea mucho.
- Su afinidad por este género ¿está relacionada con su desdén por la posteridad?
-Creo que es así. A veces la gente te dice «te has dejado la vida en los periódicos», pero, claro, en algún lugar había que dejársela. Yo tengo un entendimiento artesano de lo mío. No me importa entender el artículo como un servicio diario, como el del panadero, que por cierto tienen los mismos días de vacaciones al año que los periodistas. No me importa la trascendencia. A todo el mundo le gusta esa cosa incierta de la Gloria con mayúscula. Quizá he escrito poemas con la vanidosísima intención de que alguien los lea cuando yo no esté; pero el artículo muere. La inmortalidad debe disfrutarse en vida.
- ¿Cree que la literatura ha ido a menos en el articulismo español?
- No, hay una generación formidable. Leo a media docena de articulistas que me parecen de primera calidad. Algunos, no todos, quizá algo trabados por un empacho de política. Abres algunos periódicos y las siete primeras páginas son dicterios entrecruzados entre los líderes. Y eso me parece lo primero que nunca debería ser un periódico: aburrido.
- Usted ha escrito en dos tiempos, 17 años en el franquismo, 32 desde entonces. ¿El cambio político cambió el articulismo?
- Fue determinante. Uno no podía entrar en ciertas consideraciones, para empezar porque no salía el artículo hasta la llegada, en el argot de entonces, de 'el motorista de la censura'. El artículo no se imprimía hasta que él trajese las galeradas con el sello de autorización. Esta censura previa es lo que más determinaba el contenido de los periódicos y propicia toda una generación de maestros en el arte de escribir entre líneas.
- ¿Hay una cierta incomprensión hacia los articulistas de entonces?
- Sí. La única vez que yo aludí al general de alta graduación fue porque un ministro me contó que tenía la costumbre de decir «cuando yo dejé de ser persona » y él le preguntó el motivo, y le respondió «pues porque yo no puedo parar en la calle a tomarme una cerveza como cualquiera, o a ver un escaparate». Cuando murió, recordé esa frase. Y ésa es la única vez que lo mencioné. Pues todavía hay quien me lo reprocha. Hay un marchamo injusto, sin valorar las circunstancias ni la calidad de quienes escribían entonces.
- ¿El escepticismo protege del fanatismo?
- Creo en la tolerancia, en la posibilidad de que el de enfrente tenga razón. Eso es algo que no quiero perder de vista nunca. La seguridad es algo muy irritante; la duda te ensancha. Algunos están tan seguros de sus ideas que tienen incluso una cartografía del cielo al detalle. Eso me produce extrañeza, y a veces envidia sana. Verles tan seguros de que se van a sentar a la diestra de Dios Padre, donde debe de haber overbooking, un barullo a falta de acomodadores. Otros no estamos seguros de nuestro lugar ni antes de morir.
- En sus temáticas recientes aparece la vejez, ¿en defensa propia?
- Y por solidaridad. Hay civilizaciones más respetuosas con los seniors, incluso ésta antes, aunque ahora se haya perdido en parte. «Madurez, divino tesoro», dice Eugenio D'Ors; pero lo joven se impone, y la agresividad asociada a esos años, como si hubiese que morder. La acumulación de años, por otra parte involuntaria, es una crisis de la esperanza. Un viejo espera menos cosas. Pero alguien que ha pasado por aquí, con sus sufrimientos, merece respeto. Por supuesto, también hay mucho viejo tonto, que no haya equívocos. Quien nace tonto, con los años se perfecciona y al final es aún más tonto.