ARRASATE. DV. La romántica imagen de los legendarios bandoleros que asaltaban a los viajeros acaudalados para distribuir su riqueza entre los más necesitados, constituye un estereotipo recurrente en la literatura y en el cine. Pero la realidad, como constataba Juan Bengoa, párroco de Garagartza a finales del siglo XVIII, era mucho más prosaica y cruel.
El robo y asesinato del boticario de Aramaio en abril de 1803 debió ser la gota que colmó la paciencia de este sacerdote. Como recoge el historiador David Zapirain (Trintxerpe, 1968) en su libro Bandoleros vascos (Ed. Ttarttalo), el padre Bengoa remitió un escrito a las autoridades denunciando la impunidad y la osadía con la que operaban estos salteadores a quienes llama «hijos espurios de la provincia».
«La poca vigilancia, la ligereza con que son castigados y los altos gastos que acarrea su detención y juicio» alentaron un fenómeno que convirtió al valle de Leintz en la «zona de mayor densidad de ladrones de la provincia».
El cura de Garagartza llegaba a aseverar que los asesinos del boticario de Aramaio «son de sobra conocidos por ser la cuadrilla que anda constantemente recorriendo los altos de Gatzaga, Urkiola, Deskarga, Saldropo y Elosua, llegando al extremo de hospedarse en la venta de este último lugar uno de los integrantes de la banda, donde vive en completa tranquilidad».
Nadie sabe los efectos que los duros términos de la denuncia interpuesta por el párroco de Garagartza tuvieron sobre las autoridades de la época. Pero sí se conoce que a los denunciados, es decir a los bandoleros, no les hizo gracia. Y se vengaron del cura. El historiador David Zapirain señala en su investigación que, meses más tarde, robaron en la parroquia de San Miguel de Garagartza «tres crismeras, tres lámparas, seis candeleros pequeños y un atril de plata».
Gran golpe en Eskoriatza
El asalto a la parroquia de San Miguel sería un minucia si la comparamos con el gran golpe que tuvo lugar en Eskoriatza en 1769. Para el historiador Zapirain se trata del «crimen perfecto».
El autor de «Bandoleros vascos» clasifica este atraco como «uno de los más sorprendentes que hemos encontrado, tanto por el montante de los robado como por el éxito con que se saldó la operación, pues los autores no fueron jamás hallados a pesar de las duras investigaciones desarrolladas».
Se trata, según recoge Zapirain, del robo sufrido por una arriero navarro, Martín Iraizoz Polit, correo que realizaba la ruta Madrid-Pasaia-Baiona, y que paró a descansar en la posada de Juan Goikoa en Eskoriatza. Su trayecto se había iniciado en la corte madrileña, desde donde transportaba, en recua y con sus ayudantes, 16 cargas de plata en pesos columnarios (monedas de plata acuñadas en América durante el siglo XVIII), todo ello con destino a comerciantes de Gasteiz, Donostia y Baiona.
Una vez en la posada, se ocupó personalmente de acomodar su valiosa carga, encargándose también de la seguridad de las habitaciones y zaguanes, cerrando con llave, colocando cencerros en las puertas a modo de alarma y durmiendo con la luz encendida. Pero al despertar para ocuparse de sus caballerías y ver la luz apagada, se temió lo peor, y en el recuento constató que le faltaba una de las cajas, con un total de 2.500 pesos de plata acuñados en Potosí.
Polit se queja de la desidia de las autoridades de Eskoriatza y Gatzaga en la investigación de los hechos, así como del pacto de silencio y encubrimiento que cree ver entre los vecinos del lugar. Sus quejas motivarán la intervención directa del corregidor (representante del rey), que «ordena incomunicar y dispersar a todos los sospechosos por las cárceles de la provincia».
Además de los venteros, será una moza de Eskoriatza la principal acusada, Maritxu Umaran. Se le imputa haber espiado a Polit, haber partido inmediatamente hacia Araia en busca de Melchor Olasagasti, tamborilero de Eskoriatza, con quien habría dado el golpe.
Tras largos y duros interrogatorios y dos años de prisión preventiva, Polit retira las acusaciones porque la investigación no da frutos y lleva ya gastados 20.000 reales en mantener encarcelados a los seis encausados, gasto que corría por su cuenta.
Amante de 'Tetratxo'
La historia del bandolerismo vasco no es exclusivamente masculina. Mujeres como la arrasatearra María Antonia Basarte, protagonizan también las páginas redactadas por David Zapirain.
La mondragonesa Basarte, en palabras de Zapirain, pasó de «mujer aburrida a amante del peligroso facineroso Tetratxo».
En 1754, Basarte, de 24 años de edad, era detenida en Zizurkil por sus «aires de vida escandalosa». Ahí acababan la andanzas de esta joven malcasada con un herrero de Aramaio, al que abandonó a los seis meses de la boda harta de las palizas y borracheras de su esposo.
De vuelta a casa de su madre, aburrida, según el testimonio que ella misma dejó, volvió a salir de casa para acompañar a Hernani a la hija de una amiga que buscaba trabajo. La búsqueda resultó infructuosa. Donde sí tuvo éxito fue en Tolosa, donde Basarte se encuentra con otra amiga de Arrasate, Rosa Guridi, en cuya compañía emprende el regreso a su localidad natal.
Su nueva vida parece comenzar cuando emprenden el viaje de vuelta desde Tolosa a Arrasate, y al parar en la posada de Ormaiztegi a tomar un caldo coinciden en la misma con dos hombres, armados con trabucos, que se acercan a ellas con ánimo de conversar. Con la llegada de un tercer amigo, este trío invita a todos los presentes a un «refectorio», pagando chocolate para todos.
Las dos jóvenes arrasatearras, en su condición de mujeres frágiles, se sintieron obligadas a acompañar al trío. Y eso que, como recoge Zapirain, Basarte declaró posteriormente que, en la posada de Ordizia, donde sus acompañantes son sobradamente conocidos, fue introducida en una habitación cogida en brazos por uno de ellos, y mantuvieron relaciones sexuales pese a su desagrado. Guridi, según Zapirain, es más explícita, y afirma que el amante de Basarte no se anduvo por las ramas al expresar sus intenciones de buen grado o la fuerza. Sin embargo, el suyo dejó claro que no imponía la fuerza, solicitando los favores voluntariamente o pagando.
El trío, como Basarte no tardaría en descubrir, estaba formado por Bautista Landa Tetratxo, natural de Zeanuri y veterano de guerra; Esteban Díaz Arabarra, que a pesar de hacerse pasar al principio por vizcaíno no lo consigue debido a su entonación y manera de conjugar los verbos, claramente alavesa, y Felipe Imaz, quien lleva una doble vida, pues como molinero de Ataun vive en su casa, y se junta con los otros en distintas posadas que van recorriendo en sus correrías como contrabandistas y salteadores.
Incidente en Urkiola
El autor de Bandoleros vascos recoge el incidente que, seguramente, hizo desbaratar aquella banda. Ocurrió en Urkiola, cuando estando los cuatro miembros que la formaban a la sombra de un árbol cerca del santuario, dos de ellos interceptaron, parece más por pasar el tiempo que por necesidad, a un arriero. El robo acaba con un triste botín y un enfado monumental de los dos cuadrilleros que no participaron en el mismo, quienes recriminan a sus compañeros jugarse «la vergüenza» -el castigo en público- por semejante resultado.
Al poco rato, es un carbonero quien pasa por allí, y la cuadrilla de ladrones le encarga traer una jarra de vino de la venta, para lo que usan una de las escasas monedas del botín anterior. Sin embargo, la tardanza del carbonero les hace sospechar. Efectivamente, en la misma venta se encontraba el arriero robado y, sobre todo humillado, buscando revancha. Con el testimonio del carbonero, la reacción de los presentes no se hace esperar y salen todos ardorosamente de la taberna en busca de los ladrones. No tienen que andar mucho, pues precisamente uno de ellos estaba en ese momento espiando en la misma puerta de la posada. Será linchado allí mismo. Ante la impotencia de Landa y sus otros dos amigos, que desde la distancia y ante el gran número de contrincantes no pueden hacer nada. En un primer momento, intentan disparar contra el grupo, pero la mecha no prende: sin resignarse a abandonar a su campanero de andanzas, será precisamente uno de los participantes en el ridículo robo de antes quien se acerque hasta el grupo de linchadores y acuchille al arriero resentido. Tras esto, consigue salir del cerco y comunicar a los otros dos ladrones que su compañero está ya muerto.