Domingo, 8 de abril de 2007
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ALTO DEBA
Ahorcados y mutilados
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Los bandoleros y salteadores de caminos de la antigüedad se dedicaban a una actividad peligrosa, sobre todo si caían en manos de la justicia. Doscientos años atrás, el capítulo de los derechos humanos estaba aún algo verde. La tortura era, además de habitual, legítima, y los castigos a galeras u otros castigos forzados, frecuentes. Pero destino cruel fue el que sufrieron los osados autores del robo que tuvo lugar en el santuario de San Miguel de Aralar el 11 de mayo de 1797. De este hecho dice David Zapirain que fue el acto de bandolerismo que «mayor eco ha tenido en nuestra memoria colectiva. Tanta que Aita Donostia pudo recoger, a principios del siglo XX, hasta 26 estrofas que relataban estos acontecimientos».

Haciéndose pasar por carboneros, 8 ó 9 jóvenes asaltaron el monasterio a mano armada y mataron a los perros a hachazos. Robaron, entre otros objetos, la imagen del santo, pateando de paso el copón de las ostias. La persecución fue inmediata y eficaz.

De los cinco detenidos, tres son condenados a muerte, ahorcados y sus manos mutiladas expuestas en las inmediaciones del santuario. Pero no faltan testimonios de macabros rituales post-ejecución en los que se descuartizaban, desmembraban y destripaban los cadáveres de los ajusticiados.

 
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