El Masters es espectacular en todos los sentidos, incluso antes de empezar la competición. Aterricé en Augusta sobre las dos de la tarde (hora local) del miércoles y al mirar por la ventanilla de mi minúsculo avión vi en la pista del aeropuerto una flota de jets privados espectacular, mucho mayor que la de los aviones comerciales.
El miércoles por la tarde había un campeonato, muy divertido, de pares 3, y aunque no jugaban Tiger ni Chema ni Sergio, el ambiente era espectacular. Parecía la última ronda del domingo, con la chaqueta verde en juego y el público totalmente entregado, gritando cada vez que una bola se acercaba al hoyo. Es curioso porque, probablemente, la mayoría de la gente que estaba en el campo no tenga la suerte de volver durante el torneo.
La frase que más oí durante el día fue: «¿Pero cómo has conseguido la entrada?»; y con razón. Conseguir una entrada en Augusta es una auténtica locura: hay poquísimas a la venta, se reparten en sorteos y hay años de listas de espera.