De la panza viene la holganza, y de la holganza la danza, la del vientre, en general, que baila al ritmo impuesto por el continuo carillón de la mandíbula batiente. Todo se ha trastocado en este comienzo de siglo; en lugar de las visitas a iglesias, monasterios y capillas, para dar fe de la devoción debida, se va, en masa, en tribu, en alegre pasacalle, hacia bares, restaurantes y fogones, para dar rienda suelta cada cual a su hambre. El pincho (gastronómico) ha sustituido al cilicio, el gorro de cocinero ha desplazado el capuchón del nazareno. La penitencia se lleva dentro, entre pecho y espada, como las avituallas ingeridas confortablemente.
Vacación, vagancia, trashumancia, huelga decirlo, es condición efímera, ilusión de días que transcurren sin demasiado sentido. Pero la falta de sentido es quizá la postrera razón de nuestra existencia. Sólo que en los momentos de trabajo y actividad frenética no se piensa en ello, se desvía la atención hacia acontecimientos sólo aparentemente más importantes. Apenas quedan certezas. La huida es la salida, la escapada en el tiempo y en el espacio es la liberación posible.
Fragancia de los días que pasan en la vacuidad más absoluta, en alguna jauja lejana o cercana, qué más da, en el desierto de los sentidos, donde la mirada se pierde entrampada en espejismos. Territorio donde la nada busca afirmarse, verse como es. El ocio lo va llenando todo, va inundando todos los huecos, adentrándose por arterias y venas, como la sangre. Sangre vagabunda y sabia, sangre antigua.