Cada día comprendo mejor la risa floja de Ana Obregón. Y les aseguro que no es sólo porque Darek la hace feliz. Mira, hay un momento en la vida, un momento impredecible y sorprendente en el que descubres que pasas de todo. Un día te levantas por la mañana y decides que a partir de ese instante sólo vas a ir a tu bola y a tu rollo. O sea, a tu pedo, por decirlo de una manera coloquial. Es un momento maravilloso, un descubrimiento sublime, que te llena de plenitud, de seguridad en ti misma, que te reconcilia con el mundo (perdón por esta horrible expresión final, me he dejado llevar por la emoción) Quiero decir que elegir y decidir tu vida sin importarte lo que digan los demás, es mucho más que un momento maravilloso, es casi un estado de gracia, comparable al de Marie Simon-Pierre, la monja francesa que ha convocado una rueda de prensa para anunciar que se ha curado del Parkinson por intercesión del papa Wojtyla. No sé si me explico, pero seguro que Marie Simon-Pierre y Ana Obregón (No sé cuál de las dos me da más envidia) saben de lo que estoy hablando.
Lo siento, pero yo no creo en la intercesión de Papas y de santos. Respetuosa y cordialmente lo digo. Prefiero creer en Dios y en todo caso, en el inmenso y desconcertante poder de la mente humana. Tanto para superar una grave enfermedad, como para soportar la presión de las críticas a la que nos sometemos constantemente unos a otros de una manera inmisericorde. Lo malo es que ahora mismo no sé si convocar una rueda de prensa y decir que escucho voces, o apuntarme urgentemente a Cambio Radical para unos arreglillos.