Domingo, 1 de abril de 2007
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EL CANDELABRO
Temple
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Hace mucho que Bertín Osborne mudó la piel de señorito jerezano frívolo y mujeriego por otra de hombre hecho y derecho, más sereno y responsable. El cantante es desde hace años un tío templado y genuinamente campechano, que hasta ahora disfrutaba como un niño de su recién estrenado matrimonio, de sus tres encantadoras y bellas hijas, del campo, de la música, de sus vinos y de sus caballos.

A todo ello se había unido últimamente la llegada al mundo de su primer nieto y la espera ilusionada de su primer hijo con Fabiola, que para colmo de dichas iba a ser también varón.

Coincidí con Bertín en noviembre, y en Sevilla, en el Salón Internacional del Caballo, una noche de fiesta en una preciosa hacienda en la que sus dos hijas menores, Eugenia y Claudia, decidieron arrancarse por sevillanas dejando al respetable con la boca abierta ante semejante combinación de arte, poderío, gracia y belleza. Y no es exageración.

Había que ver a Bertín, en plan papá-perchero, sujetando en bandolera los dos enormes bolsos que sus hijas le habían encomendado mientras bailaban, y tratando de dominar el orgullo que se le escapaba por los ojos. Sus niñas por fin sonreían tras la muerte de su madre. A la mayor, Alejandra, y a su esposa, Fabiola, las había dejado en casa, embarazadas y felices. La cara de ese hombre estaba diciendo: «No puedo pedirle más a la vida».

En circunstancias como ésas es fácil resultar divertido y amable con la prensa. Lo difícil y admirable es que Bertín, que ahora mismo vive el infierno de haber tenido un hijo prematuro al que los médicos han detectado graves daños cerebrales, haya querido ir a la tele a explicarlo, serenamente, sin autocompasión ni aspavientos. Con la modesta certeza de ser solamente un padre que sufre. Uno de tantos...

 
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